Mientras algunas instalaciones deportivas reducen sus horarios o cierran durante la etapa estival, la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila —la más joven del país, pero ya un referente indiscutible en el judo cubano— mantiene sus puertas abiertas para los que buscan una forma diferente de divertimento.

En el tatami cada proyección, cada inmovilización y cada segundo de combate exigen años de sacrificio, caídas y levantadas. Pero hay historias que trascienden el deporte y se convierten en lecciones de vida.

Una de ellas es la de Amanda Remón Nodal, una joven habanera de 17 años que encontró, en Ciego de Ávila, no solo una segunda casa, sino también un camino marcial que muchos dudaron que pudiera recorrer.

Recién promovida a cinturón negro primer dan y una de las integrantes más jóvenes de la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila, Amanda encarna la esencia misma del judo: la perseverancia frente a la adversidad, la fuerza de voluntad que desafía los pronósticos médicos y la pasión que no entiende de límites.

Su trayectoria, marcada por rechazos iniciales, un accidente que casi le cuesta una pierna y un regreso triunfal al tatami, se entrelaza con la de otros protagonistas del judo avileño —desde maestros consagrados como, Jorge Lión Yera, hasta jóvenes promesas como Norman Rodríguez Echemendía— que conforman la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila.

En este reportaje, el tatami se convierte en escenario de sueños, sacrificios y una gran familia que, más allá de los grados y las medallas, comparte un mismo credo: el judo limpia el alma, enseña y une.

La Escuela no cierra las puertas este verano; las abre para todos los interesados que buscan una forma diferente de divertimento en la actual etapa estival, marcada por grandes sacrificios y vicisitudes.

Si hay una figura que encarna la historia viva del judo en Ciego de Ávila, esa es Jorge Alemán Carbonel, cinturón negro octavo dan —el grado más alto alcanzado por un avileño en esta disciplina—, director técnico de la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila.

Alemán Carbonel, con 78 años de edad, atesora un palmarés que lo ubica entre los grandes del deporte cubano. Fue el primer avileño en conquistar un título en Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en judo, hazaña que marcó un antes y un después para el desarrollo de este arte marcial en la provincia.

Pero lejos de reposar en sus laureles, hoy su misión trasciende la competencia: desde la dirección técnica de la escuela, dedica su vida a transmitir los valores del judo a las nuevas generaciones, convencido de que cada cinturón, cada técnica y cada caída en el tatami encierran lecciones que van mucho más allá del deporte.

Su presencia en la escuela no es solo un símbolo de autoridad marcial, sino un recordatorio constante de que el camino del judoca no tiene techo, y que la grandeza se forja con humildad, disciplina y entrega.

De izquierda a derecha: Deybi Guzmán Pedraja, cinturón negro, primer dan; David Castillo Rodríguez, cinturón negro, sexto dan; Jorge Lión Yera, cinturón negro, quinto dan; Ángel Valentín Paz Naranjo, cinturón negro, segundo dan; Mario Leyva Salomón, cinturón negro, cuarto dan; Ángel Ventura, cinturón negro, segundo dan; Norman Rodríguez Echemendía, cinturón negro, primer dan

David Castillo Rodríguez es uno de esos hombres para quienes el judo no tiene horarios ni fronteras. Cinturón negro sexto dan, su nombre está asociado a dos de las responsabilidades más relevantes en el entramado del judo cubano: dirige la Academia de Judo de Ciego de Ávila y, además, ostenta el cargo de director técnico de arbitraje en todo el país.

Desde esa doble trinchera, Castillo Rodríguez ha convertido su vida en un apostolado por el arte marcial, velando no solo por la formación técnica de los atletas que pisan el tatami avileño, sino también por la excelencia y la justicia en cada combate que se dirime en las competencias nacionales.

Integrante activo de la Escuela, su presencia en la institución trasciende lo jerárquico; para los jóvenes que se forman bajo su mirada, David Castillo es el ejemplo vivo de que el judoca nunca deja de aprender, y que la vocación de servicio —ya sea desde el tatami o desde la silla arbitral— es tan noble como la de competir.

Su sexto dan, es un peldaño más en una carrera que ha puesto a Ciego de Ávila en el mapa del judo nacional, y su liderazgo en el arbitraje cubano, garantiza que el espíritu de respeto y fair play que enseña el judo se mantenga intacto en cada campeonato.

Entre los más jóvenes se encuentra Norman Rodríguez Echemendía. Es de la primera graduación que realizó la Escuela. Un joven de 17 años que se forma como árbitro. Siente orgullo de pertenecer al grupo de cinturones negros: “Es un honor aprender y aportar. Me gusta el judo y lo entrenaré hasta que pueda. Ustedes, los más veteranos, son un ejemplo a seguir. Uno conoce personas que una vez fueron jóvenes, compitieron y fueron glorias deportivas”.

Yordany Bustamante Arena, cinturón negro cuarto dan, jefe de cátedra en la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) Marina Samuel Noble, tiene 47 años y siente un “un gran orgullo. No soy de las primeras generaciones del judo en Ciego de Ávila, pero ahora me siento entre esos judocas. Fui judoca gracias a esa generación. De todos aprendí. Estuve en la preselección nacional, compitiendo entre la élite del judo cubano”.

En su calidad de quinto dan y director de la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila, Jorge Lión Yera, probablemente, expresaría un profundo orgullo y una visión de futuro para este proyecto, la escuela de este tipo más joven del país.

Para él, su importancia trasciende lo deportivo; es un bastión para la preservación de la esencia del judo y un puente generacional que une a los veteranos con las nuevas promesas, tal como se concibió desde su fundación.

Ve en esta escuela, que dirige con su alto grado, un centro didáctico e inclusivo fundamental para la superación continua, un semillero que no solo forjará mejores atletas, sino que, consolidará a Ciego de Ávila como una potencia en el judo nacional, transmitiendo los valores de respeto, amistad y esfuerzo que definen este arte marcial.

Mario Leyva Salomón, cinturón negro, cuarto dan, entrenador de la academia Miguel Rodríguez Dapía, afirma que, “siempre aportamos algo sobre el judo moderno. La mayoría de los integrantes de la escuela son de avanzada edad, incluso, integrantes con más de 70 y 80 años de edad, que han perdido ciertas habilidades y ahí creemos que podemos ayudar, recordándole algunas técnicas. Uno enseña y aprende a la vez”.

Junto a Leyva Salomón, Ángel Ventura Rodríguez, cinturón negro, segundo dan, campeón nacional en la categoría 15-16 años, en 60 kilogramos. Tiene 40 años. “Volver al tatami nos da tremenda alegría al compartir con judocas de varias generaciones. Es el mismo judo, pero de diferentes épocas. A la vez que hacemos el judo actual refrescamos los conocimientos. Además, somos una gran familia. Hoy algunos no se encuentran con nosotros, pero los llevamos presente haciendo judo”.

Como mayor de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y cinturón negro primer dan, Deybi Guzmán Pedraja encarna la visión del judo como una disciplina que trasciende el ámbito deportivo para convertirse en una herramienta de preparación integral para la defensa de la patria.

Para él, la práctica asidua de este arte marcial no solo mantiene el cuerpo en óptimas condiciones físicas, desarrollando fuerza, reflejos y resistencia, sino que, también, cultiva la disciplina mental y la capacidad de reacción ante situaciones adversas, cualidades esenciales para un militar.

En el contexto cubano, donde la preparación física y moral de las tropas es fundamental, Guzmán Pedraja considera que el judo —con sus técnicas de proyección, control y defensa personal— complementa perfectamente el entrenamiento castrense, forjando combatientes más completos y preparados para proteger la soberanía nacional. Su doble condición de militar y judoca refleja la filosofía de que el deporte y la defensa de la nación son caminos que se entrelazan en la formación del hombre nuevo cubano.

Ángel Valentín Paz Naranjo representa el puente vivo entre el pasado glorioso y el futuro prometedor del judo avileño, pues siendo alumno de la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila, ha asumido con pasión y rigor la responsabilidad de dirigir la comisión de historia del judo en la provincia.

Su labor, silenciosa pero trascendental, implica la minuciosa tarea de rescatar memorias, documentar hazañas, preservar fotografías y recopilar testimonios de los grandes maestros y atletas que han forjado la tradición marcial en la región, desde los pioneros hasta las nuevas generaciones, que entrenan bajo la mirada atenta de figuras como Jorge Alemán, Lión Yera, Leyva Salomón, Bustamante y Alexei Mendibur, entre otros.

Paz Naranjo entiende que no basta con practicar el arte en el tatami; es, igualmente vital, conservar la memoria histórica para que los jóvenes judocas conozcan sus raíces y valoren el esfuerzo de quienes los precedieron.

Su entrega a esta comisión refleja una profunda convicción: que un pueblo sin memoria deportiva es un pueblo sin identidad, y que cada cinturón, cada medalla y cada técnica llevan consigo una historia que merece ser contada.

De esta manera, compagina su formación como alumno con el rol de cronista y guardián del legado, demostrando que, el verdadero judoca, no solo domina las proyecciones y las inmovilizaciones, sino que, también, honra el camino recorrido por aquellos que hicieron posible que el judo brillara en Ciego de Ávila y en toda Cuba.

Ser cinturón negro segundo dan y, quizás, uno de los pocos periodistas en Cuba con ese grado, imprime a este reportero, una mirada única donde la profesión y el tatami convergen en una misma filosofía de vida.

Su formación en la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila le ha enseñado que los valores del arte marcial se trasladan directamente a su quehacer periodístico: la disciplina para investigar, la constancia para perfeccionar la técnica narrativa y el respeto por las fuentes y las historias ajenas.

Al afirmar que “el judo limpia el alma, enseña y une a los practicantes, porque más que judocas somos una gran familia”, este reportero revela la esencia de una comunidad que trasciende generaciones, donde en el tatami se borran las jerarquías del mundo exterior y los problemas personales o laborales se disuelven entre ukemi y proyecciones.

Compartir con atletas de distintas épocas, desde jóvenes promesas hasta veteranos maestros, le ha regalado no solo una perspectiva más humana del deporte, sino también la certeza de que el judo es un lenguaje universal que hermana y fortalece, una lección que, desde su pluma y su cinturón, traslada a cada crónica y a cada reportaje con la misma entrega con la que pisa el tatami.

Mientras muchas instalaciones deportivas reducen sus horarios o cierran durante la etapa estival, la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila hace todo lo contrario: este verano no cierra las puertas; las abre de par en par para todos los interesados que buscan una forma diferente de divertimento en una temporada marcada por grandes sacrificios y vicisitudes.

La escuela se ha convertido en un refugio de disciplina, sudor y hermandad donde el calor del verano se combate con la pasión por el arte marcial. En ella convergen un crisol de generaciones: conviven, desde jóvenes de 17 años hasta veteranos de 80. Bajo la dirección de Jorge Lión Yera, quinto dan, la escuela se ha consolidado como un centro didáctico e inclusivo fundamental para la superación continua.

Norman Rodríguez Echemendía, de 17 años, como ya explicamos, es uno de los integrantes más jóvenes. Forma parte de la primera graduación y también se prepara como árbitro. “Es un honor pertenecer desde tan joven al grupo de cinturones negros. Aprender y aportar. Todos tenemos que aprender y aportar”, dice con la frescura de la juventud, pero con la sabiduría de quien entiende que el camino recién comienza. “Me gusta el judo y lo entrenaré hasta que pueda. Ustedes son un ejemplo a seguir. Ver personas que una vez fueron jóvenes, compitieron y fueron glorias deportivas”.

Por su parte, Yordany Bustamante Arena, cinturón negro cuarto dan y jefe de cátedra en la EIDE, se siente orgulloso de ser parte de la escuela. Comparte experiencia con las primeras generaciones del judo en Ciego de Ávila. “Fui judoca gracias a esa generación. De todos aprendí. Estuve en la preselección nacional, compitiendo entre la élite del judo cubano”, recuerda con gratitud.

Este verano, mientras muchos buscan refugio del calor en playas o piscinas, en la Escuela de Cinturones Negros de Ciego de Ávila se respira un ambiente diferente. Aquí el calor se combate con entrega, el sudor se convierte en aprendizaje y cada caída es una lección.

Las puertas están abiertas para todos: para los que buscan iniciarse en este arte marcial, para los que quieren perfeccionar su técnica, para los que desean compartir con una familia que trasciende la sangre.

Tomado de Invasor 

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