Hay un taller en el Ciego de Ávila donde un escultor —cincuenta y tantos años, las manos ya menos firmes con el cincel— lleva media vida trabajando la misma idea: un cuerpo que se dobla sobre sí mismo. La primera vez que vi una de esas piezas pensé que era terquedad, falta de imaginación. Volví años después y entendí que no repetía nada: cavaba.

Se confunde demasiado seguido la madurez con la vejez, o con el prestigio, o con la cantidad de premios acumulados. No garantiza nada de eso. He visto artistas de treinta años cuya obra ya sabe exactamente lo que quiere decir, y otros de sesenta que todavía se prueban disfraces ajenos, saltando de estilo en estilo sin encontrar el propio. La edad da tiempo. El criterio hay que ganárselo aparte.

Lo que cambia con la madurez es lo que el artista deja de necesitar: impresionar, citar a los maestros para que se note que los leyó. Los ha digerido tanto que ya no se ven como préstamos, sino como sangre propia. Y aprende a recortar. Esa economía —decir menos y que pese más— es casi siempre la marca más honesta de una voz que por fin es de alguien.

La obra madura juega otra partida, aparte del artista que la firma. Puede salir de alguien que todavía está en formación, igual que un artista ya hecho puede parir piezas que no cuajan. Lo que la distingue es que no discute consigo misma: la forma no pelea con lo que dice, cada pieza del engranaje responde a la misma lógica, y si le quitás algo, se nota el hueco. Aguanta que uno vuelva a mirarla. Años después le encontrás algo que la primera vez se te escapó — no porque hayas cambiado vos solo, sino porque la obra sabía más de lo que mostró aquella primera vez.

Me irrita cuando en nuestro circuito se aplaude una pieza solo porque el autor «ya tiene trayectoria», como si eso eximiera de mirar la obra por sí misma. La institución cultural —la nuestra y cualquier otra— tiende a premiar la constancia antes que el riesgo, y ahí se cuela la trampa de confundir veteranía con madurez. La veteranía se acumula con los años. La madurez no viene incluida en el paquete.

Al escultor, que es un buen amigo, le pregunté una vez por qué seguía con lo mismo. Me dijo que ya no le interesaba sorprender a nadie, que solo quería que la pieza fuera lo que tenía que ser, ni un gramo más. Ahí anda, para mí, la diferencia entre hacer arte y hacer arte maduro: no en cuánto aspira la obra, sino en cuánto sabe renunciar.

Por Vasily MP

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *