• La puesta en escena no ha perdido vigencia sobre el tema de la emigración y las familias rotas

Cerré el ciclo de la obra Náufragos, de Caminos Teatro, con esta, su última puesta del 2026. Fui espectador comprometido en su estreno. Pero ahora no haré comparaciones.

Seré, trataré de ser, el crítico que nunca la ha visto y guarda nuevas expectativas en tiempos de crisis agudizada y demasiados entuertos. Esta pieza teatral ha sido víctima del mismo drama que refleja, dijo alguien del público al lado mío. Y quizás, a gritos, nos pide que la dejen dormir un sempiterno sueño.

“Caminos teatro pasa a concentrarse en otros estrenos”, le cuenta a Invasor, Yuleidy Zurita, actual directora y actriz de la agrupación. Y en ese ajetreo se les ve a diario, tanto en las redes sociales de Internet como en su sede del Teatro Principal.

“Estamos cumpliendo nueve años de creado el grupo y recordamos con nostalgia cada una de las actrices y actores que ya no están con nosotros, incluyendo sus fundadores, Juan Germán Jones Pedroso y Jenny Ferrer.

Náufragos es una pieza de discurso social y humanista en exceso. Aunque pareciera que trata de la emigración cubana, lo cierto es que su madurez como obra, le da la posibilidad de ser entendida, vivida, sufrida, en cualquier parte de este mundo donde haya familias rotas a causa del éxodo.

La puesta en escena carga con todas esas emociones y la frustración de no poder evitar cada salida, forzada por las circunstancias, a las que uno está obligado a soportar y vivir con ellas, como la madre de esta familia, interpretada por Yanelys Velázquez, quién vive la dualidad más triste al saber dónde está el futuro de sus hijos, e invitarlos a su encuentro; y al no poder dejar de sentirse herida por las ausencias.

Refleja, en su simbolismo, a esa madre contemporánea que le pide a su hija (Alina Betancourt) que se vaya con su marido, al mismo tiempo que llora a su hijo ausente y perdido para siempre.

En este punto álgido de la drama es inevitable la introspección del espectador que se deja tocar por el recuerdo de los que se fueron. Yo, no escapo de ello.

Mi Adriano, que ahora tiene 16 años, vivió a los 13, esa salida a Guyana con sus hermanos y cruzó fronteras, un río sobre la espalda de su hermano, en silencio y oscuridad total, arriesgando su vida ante la presencia de la policía que acechaba.

Y luego, los días en espera asfixiante para poder llegar a Brasil como destino final; lejos de mí. Y recordé, también, cuando en el aeropuerto José Martí, mientras lo abrazaba sin llorar, porque no podía llorar frente a él, le decía que todo le iba a salir bien y que iba a poder tener una vida mejor. La vida que yo no le pude dar.

Todo eso reviví en el intermedio de la obra, cuando en la ruptura, Yule subió al tablado para invitar a quienes quisieran decir historias semejantes a esta, y permitir escuchar dos audios enviados por las actrices Mercedes Paz y Amarilyz Reyes, en saludo al nuevo aniversario de Caminos.

También, hubo evocaciones para Juan Germán y Jenny Ferrer, y para todos aquellos que dejaron de ser náufragos en el camino.

Esta puesta en escena consigue transitar por su hora de duración con total ritmo y sin caer en lagunas de destiempo con todo y los silencios que se plantean. Lo único que, a mi entender es criticable, es la referencia directa a Teatro del viento; asunto que pensé se podría evitar en algún momento.

En esta nueva función de Náufragos, se logra, un vez más, inmediatez y sensacionalismo. La historia contada atrapa desde la empatía y la sinceridad más profunda; los niveles de actuación están bastante parejos a pesar de los nervios a flor de piel y la sapiencia de los cambios surgidos en el grupo en lo últimos tiempos, casi por obligación, pero que no frenan el arrojo y la motivación.

Una vez terminada la puesta, ante el aplauso del escaso público, me queda la duda, ¿quienes son los verdaderos náufragos, los que se fueron o los que nos quedamos?

Tomado de Invasor 

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