• Una reflexión sobre la nueva pieza de Félix Zayas Sarabia

Félix me llamó apenas terminó de fijar el último remache. Todavía olía a bronce y a cola, me dijo, y quería que yo la viera antes que nadie más. Y, sobre todo, le diera mi opinión sin llegar al martirio. Pensé lo que siempre le pienso cuando me busca con una obra recién nacida: que las artes visuales no necesitan pasar por una editorial ni colgarse en una galería para estar vivas. Un cuadro respira desde el momento en que la última pieza encaja en su sitio, aunque nadie más que su autor y un amigo curioso lo hayan visto todavía. La literatura necesita imprenta; el relieve de Félix ya latía sobre su caballete, en su taller, antes de que yo cruzara la puerta.
Y lo que vi ahí me obligó a sentarme.

Es la Virgen de la Caridad del Cobre, sí, o cualquier otra virgen, da igual; pero no es la de estampa ni la de altar de pueblo. Félix la construyó en metal —chapas cortadas, remaches, un ejército de engranajes de reloj incrustados en el manto como si el tiempo mismo se hubiera cosido a la tela— y la clavó sobre un soporte de madera trabajado con una textura de mar revuelto, en azules y grises que parecen agua a punto de tormenta. La Patrona está ahí, con su corona, su cruz, el Niño en brazos, el nimbo dorado detrás de la cabeza. Abajo, separados por ese vacío que en la iconografía tradicional es agua y aquí es aire, van los tres pescadores en su barca: los Juanes de la leyenda, la misma que cualquier cubano medio conoce de oído aunque nunca haya rezado un rosario.

Lo que Félix hace distinto —y esto es lo que quiero se entienda bien, porque ahí está el hallazgo de la pieza— es que no ilustra la leyenda. La interpreta desde la mecánica. Esos engranajes no son decoración ni un guiño steampunk de moda; funcionan como una segunda lectura del milagro. La tradición oral cuenta que la Virgen apareció para calmar la tormenta y salvar a los Juanes. Félix mete el reloj dentro del manto y de pronto la salvación deja de ser un instante congelado y se vuelve mecanismo: algo que gira, que se desgasta, que necesita cuerda. Es una lectura casi hereje si uno se para a pensarla con calma —¿la fe como maquinaria que hay que darle cuerda, no como intervención pura?— y me gusta que la obra no resuelva esa tensión. La deja ahí, atornillada al pecho de la Virgen, para que cada quien decida si eso lo incomoda o lo conmueve.

La composición ayuda a esa ambigüedad. Félix estira el manto de la Virgen hasta convertirlo casi en una proa, en una forma que apunta hacia abajo, hacia la barca. No es casual: la figura religiosa y la embarcación comparten una misma dirección visual, como si el peso de la tela fuera literalmente el que empuja el bote hacia la orilla. Las dos puntas inferiores del manto —esas formas curvas que cuelgan como garras o como colmillos— son quizás lo único que no me convence del todo. Funcionan como gesto dramático, pero interrumpen la lectura vertical justo donde el ojo necesita seguir cayendo hacia la barca. No se lo dije a Félix ahí mismo, quizás con el bronce todavío tibio. Imaginé su respuesta llegado el caso de habérselo dicho. Me dijo, me hubiera dicho, que esa era la parte que más había disfrutado hacer. Se lo dejo a él. Un crítico opina; el que sostiene el soldador decide.

El fondo tiene su propio mérito, uno que se nota menos a primera vista porque la figura central se lo roba todo. Esa textura de agua trabajada en la madera —con pasajes casi monocromos de azul y ocre quemado detrás del nimbo— construye una atmósfera de tormenta contenida, de mar que amenaza sin todavía desatarse. Sin ese fondo, la Virgen mecánica sería un objeto curioso. Con él, es un altar entero.

Lo que más me interesa defender frente a un jurado internacional es justo esto: la pieza no le pide permiso a la tradición religiosa ni a la vanguardia mecánica. Las hace convivir sin traducir una en la otra. Hay ensamblajes cubanos que usan la chatarra por necesidad de material y otros que la usan como discurso sobre la precariedad.

Félix hace algo distinto, usa el engranaje porque el engranaje le sirve para pensar el tiempo de la fe, no el tiempo de la escasez. Ese matiz —tan fácil de perder si uno solo ve «metal reciclado» y archiva la pieza en la gaveta de lo pintoresco— es exactamente lo que un jurado que mire con cuidado debería premiar.

Para quien no lo conoce o apenas ha visto sus obras, Zayas Sarabia es un instructor de arte de la primera graduación, devenido a escultor y con amplias ganas de hacer piezas que inviten al pensar, al decir y, sobre todo, al hacer. Ha sido merecedor de varias premios en salones como Mi Gallo, Raúl Martínez, entre otros ; y tiene en su haber disímiles expos personales. Ahora opta por la membresía de la Uneac y de la ACAA.

No sé si esta pieza va a ganar algo en algún certámen o en el carioño del público. Eso nunca lo sé, y desconfío de quien lo asegura antes del fallo. Lo que sí sé es que Félix acaba de dejar algo terminado en su taller que ya está vivo, con jurado o sin él, colgado o guardado. Lo demás —el concurso, el catálogo, la sala donde termine colgada— es apenas la forma en que el resto de nosotros nos enteramos. Yo me quedo con el punto de vista de los tres juanes que ofrendan, a la virgen milagrosa, esa isla en brazos para su salvación o rescate.

Por Vasily MP

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