• Sobre «Colonización», de la serie Piélagos, de Darién Morejón Baños

Cómo una de esas esculturas que obligan a rodearlas, «Colonización» es la talla vertical en madera oscura, de unos setenta centímetros según la ficha, montada sobre una peana negra con una varilla metálica que la sostiene casi en el aire. Desde lejos parece un tronco. De cerca se vuelve un fondo marino en altura: pliegues que caen como tentáculos, láminas estriadas, racimos de cápsulas perforadas. Darien Morejón Baños no talló una figura rodeada de motivos. Talló una superficie donde todo está pegado a todo.

El título da la clave y la forma la confirma. La colonización aquí, en apariencia, es la de los organismos que se adhieren a un casco hundido hasta convertirlo en arrecife. En la parte baja, los balanos agrupados, cada uno con su orificio central y su faceta de piedra pulida, son lo más preciso del conjunto. Al lado, una zona de puntos hundidos, regulares, recuerda a una esponja o a un coral, y cambia el ritmo de la talla. Donde el escultor se detiene a describir, la pieza gana en verdad. Donde se arriesga, gana en inquietud.

Esa inquietud llega con el rostro. A media altura, sobre el costado izquierdo, asoma una cara de ojos cerrados o vencidos, con pestañas y cabello de fibras que sobresalen del volumen. Está medio devorada por la costra que la rodea. Es el detalle que impide leer la obra como mera naturaleza submarina.

Pero también pudiera leerse que todo nos coloniza y por eso al desprendernos de ellos, o liberarnos, es como si se adhirieran a la memoria en forma en coral perpetuado.

Alguien, o lo que fue alguien, queda incorporado al crecimiento. El mar ya no es paisaje. Es un proceso que ocurre sobre un cuerpo, y la pieza no ofrece consuelo sobre cuál de los dos manda.

La hélice que corona la escultura sostiene la otra mitad del discurso. Sus cuatro palas, con un orificio en el centro del buje, parecen metal comido por la corrosión. La superficie granulosa y el óxido anaranjado engañan al ojo. Todo está resuelto con madera y acabados; la ilusión es notable. Entre un volumen que respira y una hélice que se desmorona, el escultor organiza una tensión entre lo vivo que avanza y lo mecánico que quedó. La hélice remite además a la navegación, es decir, al instrumento y al camino de toda conquista. Colocarla arriba, inmóvil y cubierta de costras, es una ironía bien calculada.

Más difícil de ver, pero decisivo, es el grillete con candado que cuelga en el extremo inferior. Se descubre una argolla recubierta de la misma materia áspera y con balanos propios. Ese elemento carga la obra de historia: cadena, travesía, cautiverio. La lectura que propone el conjunto es clara aunque no se declare. La colonización fue también un viaje por el mar, y el mar conserva lo que cayó en él. Me parece lo más valioso de la pieza que esa idea no se explique. Está pegada a la superficie, como todo lo demás.

En lo técnico, el trabajo es desigual en el mejor sentido. Hay zonas de talla limpia, con gubiaje preciso y pátina lustrosa, como las láminas estriadas de tonos grisáceos que evocan una concha o una barba de ballena. Hay otras de acabado deliberadamente roto, polvoriento, casi erosionado. Ese contraste entre lo pulido y lo corroído da profundidad a la pieza y evita la monotonía de un solo marrón. El haz de pedúnculos con remates en cápsula, a la derecha, es un acierto de textura. Menos convincente me resulta el desorden de la zona alta del bloque, donde la acumulación de formas empieza a competir entre sí y la mirada pierde el punto de descanso.

Ahí está la objeción principal. «Colonización» es barroca de intención y de resultado, horror al vacío, saturación, detalle sobre detalle. Funciona porque cada motivo tiene un sentido dentro del argumento. Pero el riesgo del procedimiento es evidente. Cuando todo es acento, nada lo es, y algunos tramos del tronco se resuelven más por acumulación que por necesidad. Un par de silencios, unas superficies sin intervenir, harían que el óxido y las bocas de los balanos pesaran todavía más.

Aun así, la obra deja una impresión que dura. Se queda uno rodeándola, buscando qué más trajo el agua. Darien Morejón Baños entiende que el mar, en el Caribe, nunca fue solo horizonte, sino ruta, frontera y depósito de memoria. «Colonización» lo dice sin discurso, con madera tratada como si llevara siglos sumergida. Es una escultura que incomoda con elegancia, y eso en una sala de exposiciones no es poca cosa.

Por Vasily MP

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