Del librito de cuentos, Libro de los niños tristes, publicado por Ediciones Ávila en el 2009, guardo un recuerdo doloroso porque la infancia es para mí, un tema sagrado en asuntos literarios. Pero el autor, Luis Pacheco Granado sabe moverse en esas aguas. Uno de los cuentos de ese ejemplar así lo atestiguan.

En apenas dos páginas, Pacheco Granado construye un mundo completo: la geografía, el contexto social, la psicología del protagonista y su dilema moral. No hay un gramo de grasa en la prosa. Cada detalle trabaja: las cabras tontas que comen hierba en el borde, el padre que ya advirtió el peligro, el dueño cuya amenaza —«otra más y te vas»— flota sobre el relato como una sentencia pendiente.

Esta concentración le debe algo a la tradición del cuento breve hispanoamericano —Quiroga, Monterroso, el mejor Benedetti—, aunque Pacheco Granado tiene una voz propia, más austera y más pegada al suelo.

El niño de «La duda» no es ni angelical ni heroico. Es un ser humano pequeño y precario que sopesa sus intereses con la misma frialdad pragmática que cualquier adulto: «A lo mejor, si no le dice nada al dueño, no se da cuenta; aunque eso sería engañar a una persona mayor».

La tensión entre el instinto de supervivencia y el código moral es exactamente la misma que en un adulto, pero el autor la hace más desnuda porque el niño no tiene aún los recursos retóricos para disimularla ante sí mismo. Esto es lo que distingue a Pacheco Granado de la literatura infantil convencional: sus niños no son ejemplos ni cautionary tales, son personas.

En el centro del cuento aparece un sueño: el niño imagina un lugar desconocido, llano, con árboles altos que nunca ha visto, mucho sol, sin montañas. Un hombre maneja unas máquinas que se detienen o avanzan a su voluntad. «No sabe qué significa ese sueño».

Este fragmento es el más arriesgado del texto y también el más revelador. El sueño es la irrupción de otro mundo posible —la modernidad, la ciudad, la tecnología, el poder sobre las máquinas en lugar de la sumisión a las cabras y al dueño— en la conciencia de quien nunca ha salido de sus montañas. La ignorancia del niño sobre el significado de ese sueño es, para el lector, perfectamente legible: es el deseo de una vida distinta que aún no tiene nombre.

La aparición del silbido como lenguaje —el narrador anota que así se comunicaban los primeros habitantes de la isla, y que pocos saben ya hacerlo— añade una dimensión que va más allá de lo anecdótico.

El niño vive en el umbral entre dos tiempos: el de la tradición oral y pastoril que se extingue, y el del tren —ese animal desconocido que mueve cajones llenos de cosas y de gente— que ya circula por el horizonte. La duda moral del final no es solo sobre si mentir o no: es también la duda de alguien que no sabe muy bien a qué mundo pertenece.

«No sabe leer, pero sí contar; es necesario para la supervivencia». Esta línea, aparentemente funcional, es en realidad uno de los momentos más críticos del relato. Pacheco Granado no la dice con amargura ni con denuncia explícita, pero la deja ahí para que el lector la sostenga: un niño que trabaja, que conoce el valor del dinero y la lógica del mercado, pero que no tiene acceso a la escritura. La desigualdad está inscrita en el cuento sin que el autor la subraye jamás.

El cuento no tiene defectos graves, pero sí un riesgo: la dedicatoria «A Modesto San Gil» y la precisión de ciertos detalles —el silbo gomero, la topografía— apuntan a un referente real muy concreto que el lector externo a esa tradición puede no identificar. Esto puede enriquecer la lectura para quien conoce el contexto, pero también puede crear una ligera opacidad para quien lee desde fuera de esa geografía específica.

Pacheco Granado logra lo más difícil: un relato que no explica, que no juzga, que no consuela, y que sin embargo deja en el lector una incomodidad duradera. Sus voces infantiles no piden lástima sino comprensión, porque los niños también saben —no como los adultos, pero saben. «La duda» es exactamente eso: la representación de un saber incómodo, el de un niño que entiende perfectamente su situación y no tiene ningún poder para cambiarla, salvo el de callar. Y callar, en este cuento, es ya una forma de agencia. Pequeña, frágil, tal vez deshonesta. Pero suya.

Luis Pacheco Granado nació en Ciego de Ávila, Cuba, en 1960. Licenciado en Educación Primaria, fue maestro durante 31 años y actualmente trabaja como asesor de Literatura en la Casa de Cultura de su ciudad natal. Esta formación no es un dato biográfico menor: moldea toda su escritura.

Pacheco Granado sabe exactamente cómo piensa un niño porque pasó tres décadas mirándolo de cerca, y esa mirada —desprovista de romanticismo y de condescendencia— es la principal virtud de El libro de los niños tristes, colección de historias breves, contadas mediante un lenguaje llano, en las que aparecen infantes marcados por la injusticia, atrapados por contextos hostiles en el hogar, la escuela y la sociedad donde les tocó nacer.

Por Vasily MP

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