Sábado de noche es un libro atípico y no solo porque es póstumo. Jamás sabremos cómo su autora, Yanelys Santos Nieves (1972-2026) lo habría concebido, ni si le pareció bien que saliera a la luz de forma digital y se presentara en la 34 feria del libro, en el área Sin Pestillo, de la Ahs. Aunque la vida le fuera arrebatada por quién hala y deshala los hilos, lo cierto es que Yanelys fue incansable en el trabajo y en la vida, que no es lo mismo, pero es igual. Y por mucho que escribiera, quizás todavía no estaba convencida de que fuese la hora de su primer libro.

No creo que exista alguien que ojee ese ejemplar número 177 en la colección, como uno cualquiera porque en él la noche es además de sustantivo, tema, acción, personaje, protagonista y, también, creador.

Yanelys Santos Nieves murió este año como arrebatada por esa noche translúcida, y me atrevo a segurar que este nuevo hijo no era una novedad editorial más, sino lo último que la escritora avileña quizás dejó firmado o por firmar, si es que estaba en plan de este hacer el volumen en cuestión. Le faltó más revisión, más reescrituras. Una edición de reposo y con soltura, más allá de toda hermosa intención de Luis Pacheco Granados y Larisaa Diakova como sus recopiladores. Es el homenaje válido y muy digno de El rincón de los Cronopios, ese taller literario en donde ella supo encontrar oídos prestos a una crítica, y atención de especialista literario. Un espacio vital por el que hizo tanto y su líder indiscutible, el escritor Luis Pacheco así lo que registra en las páginas finales de Sábado… Yanelys era incansable en todos los aspectos.

Laia Editora Argentina fue quien asumió la edición de este libro en 2026. Son 12 microficciones, ese género que exige matar de un tiro lo que otros necesitan cien páginas para decir, y Santos Nieves lo dominaba con una economía que a veces raya en la crueldad, porque no te da tiempo a prepararte para el golpe.

El cuento homónimo es el ejemplo perfecto. Jessica está en un bar, harta y con hambre, uno de esos bares donde el aburrimiento se respira más que el humo. Y de ahí el relato se va a un lugar oscuro, sin avisar: Jessica muerde, come, a su acompañante. Santos Nieves te deja ahí, preguntándote dónde termina el deseo y dónde empieza el instinto puro, y no te da la respuesta.

«Felicidad» respira distinto, o eso parece al principio. Una rutina que se rompe con la invitación de un muchacho de ojos azules a viajar. Pero yo, después de leerlo dos veces, todavía no sé si es una fuga real o si la protagonista se está mintiendo frente a un espejo. Ese es el truco de estas microficciones: cierran la puerta justo cuando uno más quiere ver qué hay del otro lado.

Hay guerra en este libro también, aunque no se vea un solo disparo. «El regreso» describe un pueblo de mujeres, niños y viejos —los hombres son ausencia, son fantasma— y a un perro llamado Pedro que llega a ocupar el lugar de una felicidad que ya no existe del todo. Es un cuento sobre cómo un niño aprende a cargar con la tristeza de su madre sin que nadie se lo explique.

Y luego está «Historia de una caja de fósforo», que me sacó una sonrisa a pesar de todo lo anterior. Una cerilla que narra su propia vida: el miedo a que la vendan, el orgullo de encender «la hoguera para los enamorados». Personificar un fósforo para hablar del destino y del sacrificio suena, contado así, a ejercicio de taller literario. En manos de Santos Nieves funciona, y además duele un poco más si uno piensa en cuánto duró su propia luz.

«Sombra» es el más inquietante del conjunto para mi gusto. Marina recurre a la magia blanca para vengarse de una infidelidad y termina invocando algo que ella misma no controla —una sombra que se escapa por la ventana, una página 666 que no debería estar ahí. El cuento no juzga a Marina, pero deja claro que querer poseer al otro, aunque sea por despecho, tiene un precio que casi nunca es el que uno calculó.

Después viene un respiro, aunque triste: «Sólo Nolo y nada más». Manolo cría solo a su hijo David, sin la madre, cargando el cansancio de un trabajo que no da tregua. Al final del cuento el narrador saca el celular y toma una foto para el recuerdo, y ese gesto tan de estos tiempos —guardar el afecto en una pantalla— me quedó dando vueltas más que el resto del relato.

«Los hermanos» es, para mí, el cuento más difícil de leer del libro. Dos huérfanos de la pandemia, a punto de ser separados por decisión de los adultos, eligen tirarse por un precipicio antes que dejar de estar juntos. Santos Nieves lo escribe con «aire de complicidad y triunfo», que es la frase más perturbadora de todo el libro, porque convierte lo que debería ser una tragedia en una victoria de los niños contra el mundo de los adultos. Es el cuento que más señala con el dedo: algo falla en cómo tratamos a los huérfanos, a los que sobran.

«Retoño» baja la tensión sin bajar la guardia. Thiago está encerrado por su salud y encuentra en un frijol que germina su único acceso al mundo de afuera. Después de tanto relato oscuro, este funciona casi como un descanso: hay vida nueva aunque uno esté encerrado, aunque la ventana sea pequeña.

Y cierra «Carmina», sobre una viuda que recupera, frente a un espejo, algo parecido al deseo que creía perdido. El cuento no resuelve si lo que le pasa es real o imaginado, y tampoco importa demasiado: lo que importa es la pregunta de fondo, sobre cómo la vejez —sobre todo la vejez de una mujer— se vuelve invisible en cuanto deja de ser joven.

No dudo que alguien pregunte, al final de cada lectura, si es justo leer estos cuentos sabiendo que la autora ya no está. La pregunta se quedará sin respuesta clara, como casi todo en este libro. Sábado de noche no busca cerrar nada: pregunta por el hambre, por la muerte, por el amor mal correspondido, y deja que el lector cargue con esas preguntas después de “cerrarlo”.

En la vida literaria hay muchas maneras de agasajar y el nombre de Yanelys Santos Nieves repetido una y otra vez al término de cada cuento, tal vez sea el mejor homenaje posible; y luego, seguir incómodos con lo que ella escribió sin saber lo que quiso y no pudo decir a tiempo.

Por Vasily MP

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