• Una escritora que logra conmover a su público, pero considera que aún no tiene una obra escrita para el asombro

“Desde niña me gustaba el mundo del arte, de la radio. Mas no tenía bien claro qué iba a hacer en mi vida ya de adulta. Escribir, me gustaba, pero no me veía como escritora. Ni aún ahora, que tengo escrito algunos cuentos y poemas”. Confiesa Brizaida de la Nuez con una sonrisa siempre en los labios y la mirada cómo perdida en los recuerdos.

“Me encanta asombrarme. Es una de las cosas que más disfruto, además de estar con mis niñas y mi familia”. Ella cree que no tiene la capacidad de asombrar a alguien desde su escritura, a pesar de haber participado en disímiles eventos literarios tanto de la Asociación Hermanos Saíz (Ahs) como los Juegos Florales, la Estrofa Nueva, Poesía de primavera, y diferentes tertulias; así como ferias del libro y los encuentros asiduos como tallerista de El rincón de los cronopios; asombrando a muchos y ejerciendo cierto encantamiento sobre sus escuchas.

“No siento que mis escritos tengan ese poder de cautivar, asombrar, hacer vibrar, cómo sí lo hacen autores como Alejo Carpentier, Dazra Novack, Elaine Vilar y tantos otros. Eso, y la falta de tiempo para dedicarme a escribir, es lo que me frenan como escritora”.

De la Nuez cree que el tiempo es la única materia con la que se hace literatura. Quizás obvia que todo lo vivido también es, esencialmente, material literario. Solo basta dedicarle unos minutos, o toda la vida. Sin prisa; sin presión. El escritor es un ser humano con cosas que decir sobre sí mismo o sobre los demás; no es una olla de tres válvulas ni una máquina de procesar escritos.

“Respeto mucho a los escritores. Esos seres de luz que se dedican a asombrar al mundo con su talento, incluso con sus vivencias. Y me veo así, también, solo que todavía no ha llegado mi tiempo”.

En su poesía, la familia tiene una preponderancia conmovedora. Ser madre, tener hijos, esposo, cuidar a los mayores, son temas recurrentes en ella y se puede percibir que no hay detalles en esas cotidianidades que pasen desapercibidas para ella. Con ojos de águila, con sensibilidad extrema y una manera cristalina de tramar sus textos, Brizaida parece decir lo que muchos callan.

“Mi infancia fue como la de muchos niños de campo. Estudiar. Soñar. Vivir. La figura de mi madre es crucial en todo lo vivido. Incluso ahora, que ya soy una adulta y que soy madre de tres maravillosos seres. Mi madre es mi sostén. Es mi sustento. Como lo es mi esposo, mi familia. Mi madres es también un personaje de algunos de mis poemas“.

 

Una vez al mes.

 

Una vez al mes mi madre mueve los labios mientras la tijera recorre el camino rectangular con el afán de rebanar los trozos que quedan del mosquitero viejo.

Lo hace sin reparar en el ritmo cortante del utensilio recio.

Con sus manos temblorosas dobla los pedazos zurzidos por el tiempo.

Da forma a las pequeñas almohadas,

Sin alas,

Sin dignidad,

Sin esperanza.

Los trozos de carne que arman la boca de mi madre murmuran al vacío, crean un agujero negro que se expande entre carne y carne, entre rezo y rezo, entre maldición y maldición.

Pronto llegará el período. Volverá una y otra vez, para humillarla y abofetearla en la culpa de ser mujer en un país sin sueños.

Una vez al mes ovulan los ojos de mi madre.

Dos gotas cristalinas recorren el camino de la infertilidad en su amada tierra hueca.

Una vez al mes corta los trozos viejos que soportarán la sangre mala de sus hijas.

Una vez al mes repite el proceso: corta, mueve los labios, suplica, maldice. Se hunde un poco más en lo que no tiene remedio. Se pregunta que hará cuando no quede tela para taponear lo muerto.

Una vez al mes, mi madre, cuando ya todo ha pasado, se preña nuevamente de anhelos.

Este poema habita una zona donde el cuerpo y el tiempo se confunden, como si la materia doméstica —el mosquitero, la tijera, la tela gastada— fuese una escritura secreta del destino. La repetición ritual de “una vez al mes” no es mero énfasis: es un calendario trágico, una liturgia del desgaste. La madre aparece no como personaje sino como umbral: su boca es un agujero negro, su menstruación se desplaza a los ojos, su fertilidad se vuelve una paradoja que duele. Hay aquí una imaginería ferozmente eficaz: la sangre, la culpa, la oración y la maldición no se oponen, se necesitan. El lenguaje corta como la tijera que nombra; cada verso parece avanzar por sustracción, quitando capas de consuelo hasta dejar expuesta una verdad áspera y casi sagrada.

El poema acierta, sobre todo, en convertir lo íntimo en histórico sin proclamas: el “país sin sueños” no se explica, se encarna en el cuerpo de la madre y en la herencia sangrante de las hijas. La mujer es territorio, pero también frontera sitiada; es origen y residuo. La última imagen —esa preñez de anhelos tras la devastación— no redime, pero abre un resquicio: el deseo como obstinación del espíritu frente a la ruina. Como en toda poesía verdadera, no hay moraleja, sino una pregunta que persiste: ¿qué hace el ser humano con lo que se repite y no tiene remedio? Aquí la respuesta es dura y luminosa a la vez: nombrarlo, volverlo palabra, para que el dolor no sea solo destino sino conciencia.

“La radio es mi pasión más profunda. Todavía sueño con escribir un programa que salga todas las semanas y que toque la sensibilidad de la gente y haga feliz a muchos”. Brizaida ha trabajado en la emisora provincial Radio Surco, además, como realizadora de sonido y confiesa que han sido sus mejores años. Cuando finalmente se graduó en Licenciatura en Español y Literatura, vio más cerca su sueño de hacer guiones radiales.

“Lo intenté, varias veces, pero nunca obtuve la oportunidad. Desde que trabajé como policía y tenía otras aspiraciones en la vida, jamás me sentí tan decepcionada, frustrada, como en aquellos últimos meses en la radio: Pero la vida me tiene preparada otra cosa, lo sé”. Ahora es Comunity Manager en el periódico Invasor y se ha superado en muchas cosas, sobre todo en el mundo digital.

Y en el 2025, cuando se graduó del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, muchas cosas cambiaron para bien de su camino literario. Mas, a Brizaida aún le falta creer en su fuerza interior, en que su sino es la literatura. asombrar a muchos aunque no se asombre a sí misma.

“El centro Onelio fue algo maravilloso. Conocí a mucha gente que creía en mí. Conocí muchos talentosos y jóvenes escritores de todo el país y ellos me conocieron y me alentaron a seguir escribiendo a pesar de todo. También fue la oportunidad de conocer a Elaine Vilar Madruga y Dazra Novack. Fueron días intensos. Días de valorar la obra de otros. De escribir. De hacer audiovisuales críticos. Y mi familia me apoyó en todo esto como si yo fuera una adolescente, como si fuera mi propia hija”.

Ha publicado en varias antologías en el exterior y ganado algunos concursos menores, también fuera de Cuba. Aún así, Brizaida no cree en que su destino nos solo críar a las hijas que un día harán su propia vida más lejos o cerca del cariño materno. Parece que le teme al éxito. O a su destino de escritora que consigue asombrar de una vez y por todas.

“Una vez, cuando era un jovencita y vivía en el campo. tenía un noviecito que trabajaba en una finca y andaba siempre con ropa de trabajo, sombrero, botas, un poco sucio y esas cosas. Nos despedimos enfrente de mi madre y se fue. Mientras se alejaba, así con sus botas y su yegua, levantando el polvo del camino. Entonces mi madre lo miró y me preguntó, ¿estás segura de que esa es la vida que quieres para ti?”.

Por Vasily MP

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