- Hay una geografía de la negligencia que se dibuja, calle por calle, en los macrovertederos improvisados que crecen en Ciego de Ávila. No son solo un problema estético, aunque también lo sean. Son, según advierte el Dr. José Luis López González, subdirector de Epidemiología del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, un factor directo en la persistencia de los cuadros febriles que aún golpean a varios municipios de la provincia
La noticia, en principio, es alentadora: en las últimas dos semanas se ha registrado una tendencia a la disminución de los febriles en casi todos los territorios avileños. La excepción —y ahí está la clave de este comentario— son precisamente Ciego de Ávila, Bolivia, Majagua y Baraguá, donde el deterioro ambiental sigue siendo terreno fértil para la proliferación de vectores.
El ejemplo de Bolivia demuestra que la epidemiología no es una batalla perdida cuando existe voluntad, integración institucional y trabajo sostenido. Allí, durante julio y agosto, una estrategia de saneamiento ambiental, combinada con pesquisas activas, logró contener una situación que preocupaba a las autoridades de salud. Esa misma metodología, estratificada por áreas de riesgo en cada policlínico, se replica desde el 25 de agosto en el municipio cabecera. Es una respuesta técnica correcta. El problema es que llega a un terreno que la propia institución de salud reconoce como adverso: aquí, dice López González, “aún persiste el deterioro medioambiental” y “no se ha logrado todavía trabajar en esto”.
Esa frase debería incomodarnos a todos, no solo a quienes gestionan la recogida de desechos, los máximos responsables, sin lugar a dudas. Porque el déficit de combustible —realidad objetiva que atraviesa al país entero— se entrelaza con algo que sí depende de nosotros: la indisciplina social. Cuando la población deposita la basura fuera de los contenedores destinados para ello, cuando los “supiaderos” se desbordan y nadie corrige el gesto, la ciudad no solo se afea: se convierte en un criadero. Los propios depósitos de basura, mal ubicados y peor gestionados, terminan multiplicando no solo mosquitos, sino cucarachas y otros vectores que encuentran en cada vertedero comunal un hábitat perfecto.

Basura acumulada por varios días, mezclada con escombros y desechos vegetales, se extiende a lo largo de la céntrica calle Chicho Valdés —al este de la Carretera Central—, entre las calles Simón Reyes y Abraham Delgado, en apenas tres cuadras
El llamado del epidemiólogo a las autoridades municipales para priorizar la recogida en las zonas de mayor riesgo es, en ese sentido, más una constatación de urgencia que una simple recomendación técnica. No se trata de exigir lo imposible en medio de una crisis de combustible que el propio sistema de salud sufre en carne propia. Se trata de entender que la salud pública no puede esperar a que se resuelvan todas las variables estructurales para empezar a actuar sobre las que sí están a nuestro alcance: la disciplina ciudadana, la vigilancia sobre los depósitos de agua, la atención médica oportuna.
Porque ahí está el otro frente de esta batalla, el que depende enteramente de cada casa. El déficit de agua obliga al almacenamiento doméstico, y ese almacenamiento, si no se hace con depósitos tapados y limpios, se transforma en el criadero perfecto para el mosquito. Una tela, una tapa de zinc, un nylon: la diferencia entre un hogar protegido y un hogar en riesgo puede ser, literalmente, así de sencilla.
Y está, finalmente, el llamado más urgente: no demorar la atención médica ante los primeros síntomas. El propio especialista lo advierte con preocupación —hay pacientes con diarrea y vómitos que llegan tarde al sistema de salud, deshidratados, cuando la intervención oportuna habría evitado complicaciones mayores.

Vista de los desechos sólidos y restos vegetales acumulados en la calle 3ra, Ortiz, un foco insalubre que afecta a los vecinos de la zona
No hay una sola responsabilidad en esta ecuación. La hay institucional, en la gestión de los desechos sólidos; la hay estructural, en el déficit de combustible que golpea toda la cadena de servicios; y la hay ciudadana, en cada bolsa dejada fuera de su lugar, en cada depósito de agua sin tapar. Reconocerlo no es buscar culpables ni satanizar a nadie: es aceptar que, hasta la basura, tiene su orden.
Y ese orden —el contenedor correcto, el depósito tapado, la calle limpia— no depende de un solo actor, sino de la suma de todos: autoridades que recojan a tiempo, instituciones que sostengan la estrategia, y vecinos que no le echen a la cuadra lo que no quieren ver en la suya. Solo así la fórmula que ya funcionó en Bolivia puede repetirse en Ciego de Ávila: no por decreto, sino por costumbre compartida.
Tomado de Invasor