- El presente artículo analiza el cruce de la Trocha de Júcaro a Morón por el Mayor General Antonio Maceo el 29 de noviembre de 1895, como una operación decisiva en la Guerra de Independencia de Cuba. Se examina la estructura defensiva colonial, sus vulnerabilidades y la estrategia mambisa que permitió la ruptura del cerco. A través de fuentes documentales y testimonios históricos, se destaca el genio militar de Maceo, la coordinación con Máximo Gómez y el impacto táctico, simbólico y político de la acción. El cruce no solo desarticuló la estrategia española, sino que reafirmó la viabilidad de la independencia cubana como proyecto nacional.
En la madrugada del 29 de noviembre de 1895, el Mayor General Antonio Maceo y Grajales, al frente de una columna de 1 536 hombres del Ejército Libertador, ejecutó una de las operaciones más audaces y decisivas de la Guerra de Independencia de Cuba: el cruce de la Trocha Militar de Júcaro a Morón. Esta línea fortificada, construida por el mando colonial español entre 1870 y 1880 y reforzada en 1895, constituía el eje central de la estrategia defensiva peninsular. Su propósito era claro: impedir el avance de las fuerzas mambisas desde Oriente hacia el occidente de la Isla, donde se concentraban las riquezas agrícolas, industriales y financieras del poder colonial.
La Trocha se extendía por más de 68 kilómetros entre la costa sur (Júcaro) y la norte (Morón), atravesando el corazón de Ciego de Ávila. Contaba con 68 fortines principales, 75 blockhouses, alambradas, fosos continuos, líneas de telégrafo y un ferrocarril militar que permitía el desplazamiento rápido de tropas. Según documentos de la Comandancia de Ingenieros Españoles conservados en el Archivo General Militar de Madrid, el sistema podía concentrar entre 8,000 y 12,000 soldados en menos de 24 horas. Además, disponía de reflectores eléctricos para vigilancia nocturna, una innovación tecnológica en el contexto caribeño de finales del siglo XIX.
Sin embargo, la Trocha presentaba vulnerabilidades estructurales que los estrategas mambises supieron explotar con precisión. Su extensión era excesiva para las fuerzas disponibles, el terreno pantanoso dificultaba la construcción permanente en varios sectores, y la dependencia del factor sorpresa por parte del atacante podía volverse en contra del defensor si no se mantenía una vigilancia constante. Fue en este contexto que Maceo, junto a Máximo Gómez, diseñó una maniobra de distracción y penetración que cambiaría el curso de la guerra.
Desde finales de octubre, Gómez había cruzado la Trocha con una pequeña fuerza de jinetes, iniciando operaciones en Las Villas que obligaron al mando español a redistribuir sus efectivos. Mientras tanto, Maceo avanzaba desde Oriente con su columna principal, manteniendo el sigilo operacional. Entre el 22 y el 28 de noviembre, los mambises se aproximaron al sector de Santo Tomás, en la zona norte de Ciego de Ávila, donde la densidad de fortificaciones era menor. La elección del punto de cruce no fue casual: se basó en información precisa proporcionada por patriotas locales, en el conocimiento detallado de los horarios de relevo de las guardias españolas y en la observación de las condiciones meteorológicas, que ofrecían una niebla matutina propicia para el camuflaje.
A las 4:00 de la madrugada del 29 de noviembre, las avanzadas mambisas comenzaron a cortar las alambradas. En apenas hora y media, la columna logró atravesar el sistema defensivo sin ser contenida, mientras Gómez mantenía ocupadas a las principales fuerzas españolas en Sancti Spíritus. La operación fue ejecutada con disciplina férrea, economía de fuerzas y concentración táctica en el punto decisivo. El parte oficial del Ejército Libertador, fechado el 30 de noviembre, describe la acción como “una operación ejecutada con precisión y serenidad bajo fuego enemigo”.
Las consecuencias fueron inmediatas. Para España, el cruce representó el colapso de su estrategia de contención territorial. La prensa colonial, como El Diario de la Marina, reconoció la “audacia del enemigo” y la “falla en los dispositivos de vigilancia”. El Capitán General Arsenio Martínez Campos, defensor de la Trocha como “la ratonera abierta”, fue sustituido en enero de 1896. Para Cuba, el cruce permitió la unificación del Ejército Invasor, que alcanzó los 4,000 hombres, y dio inicio a la Campaña de Occidente, extendiendo la guerra a todo el territorio nacional.
Este episodio no puede comprenderse cabalmente sin aludir al genio militar de Antonio Maceo. Su capacidad para leer el terreno, anticipar los movimientos enemigos y ejecutar maniobras de alto riesgo con precisión quirúrgica lo colocan entre los grandes estrategas del siglo XIX. Maceo no solo fue un líder de coraje físico excepcional, sino un pensador militar que entendía la guerra como arte de movilidad, inteligencia y voluntad. En sus campañas aplicó principios de guerra de movimientos, aprovechó la fragmentación del dispositivo español y supo combinar la acción ofensiva con la protección de sus columnas. Su dominio del tiempo táctico —saber cuándo atacar, cuándo esperar, cuándo distraer— fue clave en el cruce de la Trocha.
Además, Maceo cultivó una relación directa con sus tropas, basada en la confianza, la disciplina y el ejemplo personal. Su presencia en primera línea, su capacidad para mantener la cohesión bajo fuego y su visión estratégica de la guerra como empresa nacional lo convirtieron en símbolo de la resistencia cubana. El cruce de la Trocha no fue solo una operación militar; fue una afirmación de que la independencia era posible, incluso frente a los dispositivos más sofisticados del colonialismo.
La historiografía cubana ha abordado este hecho desde múltiples ángulos. En el Diario de Campaña de Gómez, se destaca la sincronización entre las columnas orientales y las operaciones de distracción en Las Villas. Los partes oficiales del Ejército Libertador, conservados en el Archivo Nacional de Cuba, describen el cruce como “una acción de alto valor táctico y moral”. Por su parte, los informes del Archivo Militar de Madrid reconocen la “falla en los dispositivos de vigilancia” y la “subestimación del enemigo”. Incluso la prensa española de la época, como La Época y El Imparcial, se vio obligada a admitir que la Trocha había sido vulnerada por una fuerza que combinaba audacia con conocimiento del terreno.
Más allá del plano táctico, el cruce de la Trocha tuvo implicaciones simbólicas profundas. Representó la ruptura de un cerco físico y psicológico, la negación de la idea de que Cuba podía ser dividida y contenida. Fue la afirmación de una estrategia nacional de guerra, que no reconocía fronteras impuestas ni compartimentaciones territoriales. En ese sentido, Maceo no solo cruzó una línea defensiva; cruzó el umbral de la historia, llevando consigo la voluntad de un pueblo que no aceptaba la fragmentación ni la subordinación.
A 130 años de aquel amanecer, el cruce de la Trocha de Júcaro a Morón permanece como símbolo de audacia, planificación estratégica y voluntad de independencia. No fue solo una victoria táctica; fue una ruptura simbólica del cerco colonial, una afirmación de que la guerra por la libertad no podía ser contenida por alambradas ni fortines. En el estudio de la historia militar cubana, este episodio ocupa un lugar de honor, y en la memoria nacional, representa uno de los momentos más luminosos del genio de Maceo y la determinación del pueblo cubano.
Hoy, cuando se reconstruye la memoria institucional y se dignifica la historia desde museos, archivos y espacios educativos, el cruce de la Trocha debe ser narrado con profundidad ética y rigor documental. No como una simple hazaña, sino como una lección de estrategia, coraje y visión nacional. Antonio Maceo no solo cruzó la Trocha: cruzó la historia, y con él, cruzó Cuba entera hacia su destino de libertad.
Tomado de Cubadebate