“Niña, me podrás hacer un favor y disculpa que te moleste, tú tienes muchas ocupaciones”.
Lo miré y pensé antes de contestar: cómo no hacerle un favor a quien tanta dulzura emplea para pedírmelo.
Entonces, respondí: “Dígame en que puedo serle útil, Profe (desde los 90 y tantos de la pasada centuria, cuando absorbí de su sapiencia tanto periodística, como de cultura general, en lo que pudiera llamar clases) siempre lo llamé así: Profe.
Aun en los años en que ocupé otras responsabilidades, fuera del mundo del periodismo, le decía Profe. Una muestra de respeto, cariño, admiración, hasta veneración —diría yo—, por una persona que, además de enseñarme, me educó, me formó, me aconsejó, me sirvió de confidente, me ayudó y, que nadie lo ponga en duda, hizo de mí una mejor persona.
“Es que mi vista no me acompaña y tengo la computadora rota, ¿pudieras ayudarme a pasar este este artículo escrito a mano a la computadora?, es para publicar en la sección Aprenda más”.
Las amigas y amigos de la Gran Red de Redes, que siguen estas pequeñas síntesis de cultura general desde hace muchos años, saben que me estoy refiriendo al conocido y querido por muchos HEPA, quien, el pasado martes, dejó el mundo de los vivos para trascender a la inmensidad y desde allí continuar su vigilia por lo que consideraba su mundo: el periodismo.
¿Qué puedo hablar o decir yo, una humilde escribidora de alguien que desprendía sabiduría y un sentido de pertenencia por su profesión tan fuerte que te arrastraba?. Del Profe, el colega Damián Betanzos, escribió que tenía: “una extensa trayectoria profesional marcada por el rigor, la ética y un dominio cabal de los géneros periodísticos, además de su faceta como fotógrafo. Investigador acucioso de la historia local, dejó dos libros en proceso de conclusión, y sus trabajos continúan siendo fuente de consulta para tesis e investigaciones periodísticas.
“Héctor Paz Alomar fue siempre un faro… Lo fue, lo es y lo será. Su ejemplo perdurará en todos los periodistas que se respeten a sí mismos y respeten esta profesión, …Hombres como Héctor Paz serán siempre un faro de luz, un verdadero coloso, tan parte de la identidad de nuestro pueblo como lo fue la zafra azucarera cubana”.
Lisandra Morales expuso: “Héctor Paz Alomar es, sencillamente, sencillo; su amor por el periodismo no entiende de máquinas de escribir, agendas, bolígrafos o computadoras de última generación; su olfato para encontrar la noticia pudiera ser la envidia del mejor catador de vinos; y ama, por sobre todas las cosas, colaborar con los demás, solo porque le apasiona servir”.
Aquel favor, solicitado por HEPA, de quien atesoraré hermosos recuerdos y a quien profesaré siempre un cariño especial, como a mi padre, se convirtió en un hábito especial para ambos, no por obligación, sino por gratitud. Porque el amor que él le ponía a lo que hacía, con ternura, con memoria, me ayudó a creer y a crecer.
A partir de aquel día era yo quien, en ocasiones, lo conminaba, muchas veces, a escribir sobre lo que él estimara pertinente, cada vez que pudiera. Lo hacía a mano —con una preciosa ortografía—, y yo hacía o buscaba el tiempo para transcribírselo.
Así transcurrieron muchas semanas: me llamaba, pasaba por su casa y recogía lo escrito, luego lo pasaba a la computadora y lo entregaba en la Redacción de Invasor, hasta que enfermó y no pudo continuar poniendo su pluma al servicio de sus lectores —muchos en este pequeño y maltratado planeta—, como él mismo decía.
Recuerdo, en junio de 2024, haber recibido del Profe el encargo —mientras él no pudiera hacerlo— de escribir para la sección Aprenda más de su periódico —él siempre lo llamó así—. “Confío en ti para esa linda tarea, sé lo mucho que te gustan las notas, que podrás hacerlo y te será muy agradable, te lo agradezco…”.
Con temor, pero con el compromiso de cumplir la palabra empeñada y disfrutarlo, además, he hecho lo posible por corresponder a su encomienda (salvando las muchas diferencias que conocen los amables lectores).
Siempre que podía pasaba a verlo, a conversar y bromear con el Profe. Desde el inicio de su enfermedad y hasta hace pocos meses me reconocía por esta voz estridente que tengo y ¿saben, amigos internautas?, allí, sentada junto a él, me sentía muy pequeña ante la inmensidad de ese gran hombre, profesional, amigo, padre amoroso, abuelo, buen y dedicado esposo, amigo…, mi Profe.
Me hablaba de sus coberturas, se llenaba de un orgullo que le salía por los ojos de veterano en el oficio y la vida, cuando se refería a las que hizo durante las visitas del Comandante en Jefe Fidel Castro a la provincia Ciego de Ávila, en esta bella isla antillana, narraba sus experiencias con entusiasmo y señalaba —perennemente— la enseñanza de aquellos encuentros.
El Profe era dueño de una sensibilidad sin límites, de hablar pausado pero firme, de ideas sólidas, defendidas con criterios profundos, inteligentes y mesurados, que invitaban, al más reacio, a reflexionar y analizar lo que te habías planteado antes de escucharlo.
Sepan los amables internautas que siempre fue un ardiente defensor de la verdad, amante inconmensurable de la zafra azucarera y de todo lo relacionado con la dulce gramínea; para él, solo un lápiz o un lapicero, y una hoja de papel, eran el material necesario del que salía un buen artículo, una crónica, una entrevista, un reportaje que te hacía vivir lo que luego leías.
Recuerdo verlo, ya enfermo, flexionar el dedo índice, como quien busca sintonizar una emisora, su emisora Radio Surco, aquella donde “…hice de todo, desde poner una cinta magnetofónica hasta armar un programa, fue una escuela tremenda”, dijo en más de una ocasión.
Antes de llegar al periodismo, la profesión de su vida, ejerció como mensajero, dependiente y fotógrafo, entre otros oficios; mucho me contaba sobre sus inicios, los recorridos, sus experiencias, la estricta disciplina que siempre lo caracterizó ante cualquier circunstancia o alguna situación que requería su presencia y su respeto por quienes laboraron junto a él.
Enamorado empedernido, me leyó la poesía que escribía y que, con humildad y honestidad, me decía que soñaba publicar, casi todas dedicada a su Estelita, amiga, madre, esposa y compañera durante muchos años, quien, en vida, cuando llegaba yo a su casa decía: “Héctor, llegó la profe” y en realidad los profes que siempre quisiera tener fueros ellos, fue HEPA.
Valioso y excepcional ser humano, mi Profe, el Puro, como lo llamaban muchos en Invasor y hasta fuera de este medio, los avileños te debemos un montón, “queda su magisterio, su capacidad para escribir bien y rápido, su modo de aconsejar y acompañar, en Invasor y en la prensa avileña”, dijo el colega Filiberto Pérez Carvajal en el chat del medio de prensa.
Luis Raúl Vázquez, destacado periodista de esta central provincia publicó en Facebook: “Héctor le dedicó su vida al periodismo y, en especial, al periódico Invasor. Lo fundó, ayudó a darle forma, a forjar un espíritu. Enseñó a generaciones de periodistas, y lo hizo con humildad, sin soberbias. Junto a su práctica, estaba la ética y la hombría. Hoy unas cuantas personas lloran en silencio, aun cuando las lágrimas no se vean. El legado de Héctor se mantendrá”.
La Upec, esa organización a la que perteneció y de la que será eterna savia refirió que, “aun cuando el resultado del curso natural de la vida llegó, duele tu partida, porque la muerte de quienes han sido verdaderamente buenos, nos atormenta”.
Muchas han sido las muestras de dolor en estos días, esta sección a la cual, también, dedicó parte de su vida, se une al dolor de sus familiares, amigos y de cuantas personas formaron —aunque fuera una sola vez— parte de su fructífero y, ¿por qué no?, maravilloso paso por esta tierra.
Resumo, con estas frases, el paso de HEPA por parte de mi vida:
“No hay despedidas entre nosotros. Estés donde estés, siempre estarás en mi corazón”.
“Vivir en los corazones que dejamos atrás no es morir”.
“El dolor será algo temporal, pero tu presencia vivirá para siempre en mi memoria”.
“Si alguna vez llega un día en el que no podamos estar juntos, mantenme en tu corazón. Me quedaré allí para siempre”.
“La muerte es muy injusta. Es la única pregunta con respuesta, lo único a lo que, sabemos, llegaremos todos. Pero entonces, ya no estaremos aquí para hablar de ella”.
Tomado de Invasor