• Cada domingo, distintos escenarios —como el restaurante La Romagnola, el segundo piso del copelia y El Oasis— se convierten en templos de la memoria musical, donde la década prodigiosa vuelve a sonar con la fuerza de quien se niega a ser olvidada

Cada domingo, en Ciego de Ávila, es día de la década prodigiosa, esa que marcó a varias generaciones, y vuelve a sonar con la fuerza de quien se niega a ser olvidada.

En el restaurante La Romagnola, en El Oasis o en el segundo piso de la heladería El Coppelia, las imágenes se repiten. Parejas que se toman de la mano y cierran los ojos al compás de un bolero; algunos jóvenes que se mueven con la energía de quienes descubren que el ayer también tiene ritmo.

Personas mayores, de la tercera edad, que, por un instante, olvidan el peso de los años y se dejan llevar por la melodía que los devuelve a la juventud.

Porque la música, como el son cubano que la UNESCO declaró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, no entiende de edades ni de dificultades.

Es memoria viva de un pueblo, la resistencia alegre de una cultura que se niega a desaparecer.

Cada domingo, cuando las notas de aquellos años dorados se desprenden de los altavoces y se instalan en el corazón de los que escuchan, lo que ocurre en Ciego de Ávila es un acto de resistencia; de esa que se expresa con los pies marcando el compás, con las caderas dibujando el ritmo, con las sonrisas que reflejan la dicha de ser parte de algo eterno.

Porque el cubano, cuando baila, no solo mueve el cuerpo: mueve el alma, la limpia, la libera. Y al liberarla, demuestra que, a pesar de todo, sigue en pie. Como la rumba, que el mundo reconoció como patrimonio de la humanidad, el pueblo de Ciego de Ávila convierte el domingo en una celebración de la vida. La música se vuelve un espacio donde la alegría, la resistencia y la comunidad convergen en un solo latido.

Así, cada semana, estos espacios se llenan de rostros que no necesitan explicar nada. Están ahí, bailando y gozando, porque han entendido que la mejor manera de sobreponerse a las dificultades es no dejar que roben la capacidad de disfrutar. La música pop de Los Fórmula V, Los Diablos, Los Brincos; el rock y pop de Los Mustang, el rock de Chicago y de Electric Light Orchestra, el pop de Abba, … No importa el grupo. Lo que importa es que la música suene, los pies se mueven y el corazón se acelera al mismo ritmo que el de los que vinieron antes y el de los que vendrán después.

Las imágenes de los domingos —que ya son un sello en la provincia— no necesitan discursos que las expliquen. Hablan por sí solas. Y así, entre canciones que nunca mueren y gente que nunca se rinde, Ciego de Ávila demuestra que el cubano, cuando la música suena, encuentra la manera de triunfar, en ese gesto sencillo y profundo de agarrar la mano del otro y dejarse llevar por el ritmo. Porque el triunfo, a veces, no es otra cosa que seguir bailando cuando todo parece querer detenerte.

Los avileños, fieles a su historia, siguen bailando al compás de los grupos de la época, porque saben que la música que ha sobrevivido a los años es la que lleva el alma por delante. Y esa, la que veneraron generaciones enteras, no se negocia, no se cambia, no se rinde.

Tomado de Granma 

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