Hay un momento preciso, aunque casi nunca se recuerde con exactitud, en que alguien cierra una puerta por última vez y deja atrás todo lo que no cabe en una maleta.
Lo que queda —la llave inglesa heredada del padre, el pedal oxidado de una bicicleta china, las bujías de un Moskvitch que nunca volvió a arrancar— no son reliquias nacionales ni símbolos patrios. No ondean en ninguna bandera ni aparecen en ningún escudo. Y sin embargo, son Cuba con una precisión brutal.
Félix Zayas Sarabia, artista e instructor avileño de la primera graduación, lo sabe. Y con ese saber construyó Arraigo a la deriva, exposición personal inaugurada el 4 de abril en la Galería Nexus de la Asociación Hermanos Saíz, en el marco de la vigésima tercera edición del Festival Piña Colada.
Trece obras hechas de madera y retazos de piezas mecánicas. Trece formas de decir: esto también somos nosotros, y no lo dejaré perder.
Ante la presencia de la pieza Desarraigo, del también amigo Darién Morejón, le pregunté a Félix y sus argumentos fueron convincentes.
“Hace rato venimos trabajando juntos. Pero la gran diferencia es que a Darién le interesa más lo que activa sentimentalmente el desarraigo. Y a mí, lo que deja detrás. El desprendimiento de esa identidad”.
Coincido con Félix en esa diferencia.
La obra que más me marcó, quizás no sea el mejor ejemplo, pero fue con la que más me identifiqué, condensa con extraordinaria eficacia ese gesto de resistencia. Sobre un disco de madera —material vivo, cálido, orgánico— el artista despliega un ensamblaje de engranajes de bicicleta, frenos, bujías, varillas y fragmentos metálicos de procedencia múltiple y función ya irreconocible.

Es como un gran pez, o pescado, da lo mismo. El fondo pintado transita del ocre al rojo encendido, del azul humo al negro profundo, como si la madera misma guardara el calor de las manos que alguna vez sostuvieron esos objetos. Porque esos objetos fueron de alguien. Fueron útiles, fueron cotidianos, fueron parte del ritual diario de una familia, de un barrio, de una generación. Y cuando esa familia se fue, los dejó. Zayas Sarabia los recogió. Ese acto de recolección es, antes que nada, un acto político y afectivo.
“Trabajo con el azar como combustible. No hago bocetos salvo que sea necesario. La idea general de la obra se me ocurre con toda su carga simbólica y l voy armando sobre la mesa que tengo en el taller y colmada de estos artefactos, estos remanentes de objetos”.
El fenómeno migratorio que vive Cuba en los últimos años ha generado una modalidad particular de abandono: la del objeto sin dueño. No el objeto destruido ni el objeto olvidado por descuido, sino el conscientemente dejado porque el viaje no lo permite, porque el destino no lo necesita, porque en otro país ese pedal o esa rueda dentada no significan nada. Pero aquí sí significan.
Aquí cargan una memoria específica, una forma de resolver, una cultura del ingenio y la reparación que es tan cubana como el son o el ajiaco. Zayas Sarabia actúa como custodio involuntario de esa memoria dispersa, recogiendo lo que la estampida va dejando en su orilla, dándole forma y permanencia en el único territorio que no puede emigrar: el arte.
Lo notable de su propuesta es que estos objetos no son elevados a la condición de símbolos nacionales ni investidos de solemnidad museográfica. No hay aquí nostalgia decorativa ni kitsch patriótico. Las piezas conviven en tensión, se superponen, se rozan, forman organismos híbridos —peces, criaturas, constelaciones mecánicas— que no representan a Cuba desde afuera, desde el símbolo oficial, sino desde adentro, desde la textura más íntima y material de lo cotidiano.
Una rueda dentada de bicicleta no evoca la nación; evoca el hombre que pedalea diez kilómetros para llegar al trabajo porque no hay combustible. Esa diferencia es capital. Zayas Sarabia no hace iconografía, hace arqueología del presente.
Visto el conjunto en la sala de la Galería Nexus —con sus botellas intervenidas, sus figuras antropomorfas que imitan metal soldado, sus círculos que parecen relojes detenidos en la hora del éxodo— la exposición adquiere la dimensión de un archivo sentimental. Un archivo que nadie encargó y que nadie, excepto él, parecía estar construyendo.
La coherencia de las trece obras no es solo formal ni temática: es ética. Hay en Zayas Sarabia la convicción de que dejar perderse esos objetos sería una forma de complicidad con el olvido, de aceptar que lo que se va se lleva también el derecho a ser recordado. Su coleccionismo es resistencia. Su ensamblaje es duelo y celebración al mismo tiempo.
Arraigo a la deriva termina siendo, paradójicamente, el título más exacto para describir no solo la obra sino la posición del artista en su propio tiempo.
En medio de una sociedad que se desarraiga a velocidades que el lenguaje apenas alcanza a nombrar, Zayas Sarabia clava sus piezas en la pared como quien clava un ancla: no para detener la corriente, sino para que quede constancia de que aquí hubo algo, de que estos objetos tuvieron manos, tuvieron historias, tuvieron una manera de estar en el mundo que merece no disolverse en la deriva.
El recolector de cubanidades no colecciona símbolos. Colecciona vida usada. Y eso, en el contexto de lo que Cuba atraviesa hoy, es el gesto artístico más honesto y más urgente que se puede hacer.