Son las siete de la noche en Ciego de Ávila y la calle H, entre 7ma. y 9na., del reparto Roberto Rivas Fraga, donde vive Julio César Moreno Quintero, empieza a llenarse del ruido de siempre, dos casas más allá, un grupo de muchachos en la esquina, un vecino que le grita «¡Julio!», desde el portal solo para saludarlo. Él contesta con la mano, sin apurar el paso.

Lleva varios años caminando esta misma cuadra como delegado de la circunscripción 47, y en el 2025, la Revolución le puso nombre a esa rutina: el Premio del Barrio, entregado por Gerardo Hernández Nordelo, coordinador nacional de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Le fue entregado a la familia Moreno González.

No es un hombre que hable de sí mismo con facilidad. Cuando se sienta a conversar, mira más hacia la calle que hacia la grabadora, como si necesitara comprobar que todo sigue en su sitio mientras habla.

—¿Cómo llegó a los Comités de Defensa de la Revolución? 

—Llegué desde muy joven, como casi todos los cubanos, desde la base. Ahí empezó todo: las guardias, las movilizaciones, la vigilancia revolucionaria. Uno no entra al CDR por un cargo, entra por convicción. Desde el primer momento entendí que es la organización más grande y más cercana al pueblo, porque nace y vive en el barrio.

—En treinta años como delegado tiene que haber un caso que no se le olvide. Cuénteme de alguno. 

—En la COVID-19. Esos fueron los momentos más duros que he vivido como delegado. Hubo que salir a buscar transporte para los enfermos a cualquier hora, de madrugada, cuando no aparecía nada y la gente se estaba ahogando de verdad. Yo gestionaba, tocaba puertas, buscaba quien tuviera un carro, lo que fuera. Y aun así perdimos a varios vecinos de la demarcación. Eso no se olvida. Fueron noches enteras sin dormir, uno detrás de otro, sin saber si el próximo aviso iba a ser de un enfermo que se salvó o de alguien que ya no pudo más.

Se queda callado un momento antes de seguir.

—Uno se acostumbra a resolver, a que las cosas al final salgan. Pero ahí no siempre salían. Y eso lo marca a uno para toda la vida.

Es el único momento de la conversación en que Julio César baja la voz, como si todavía cargara esas noches en el cuerpo. Todo lo demás lo cuenta con la seguridad de quien ha repetido la misma rutina durante tres décadas; esto lo cuenta distinto.

—¿Qué aprendió al pasar de la base a la dirección provincial, y qué tuvo que dejar atrás para subir?

—Muchísimo. Cada cargo enseña algo distinto. En la base aprendes a escuchar al vecino, a conocer sus problemas reales. En niveles superiores aprendes a organizar, a coordinar, a dirigir con el ejemplo. Pero le confieso algo: mientras más alto es el cargo, más hay que volver a la base, porque ahí está la verdad. Si un dirigente se aleja de la cuadra, pierde el rumbo.

Julio César no dirige solo. Lo dice él mismo, y lo confirma cualquiera que camine su circunscripción —una de las más extensas de la provincia, con tres zonas cederistas— un día de trabajo voluntario de higienización o de donación de sangre.

Avilio Pérez Rodríguez es vecino del CDR 4, dentro de esa misma circunscripción 47, y lo describe así:

—Un hombre revolucionario, entregado a las actividades, responsable de todo lo que hace. Y lo más lindo es que la mayoría de esas actividades nacen de su propio ingenio. Cada vez que alguien necesita un apoyo, ahí está él. Pregúntenle a cualquiera si eso es mentira.

Para Avilio, ese comportamiento resume lo que debería ser un cederista:

—Una de las cosas que debe tener un revolucionario es apoyar en los momentos difíciles, y lo más bonito es que Julito lo hace sin ganar nada a cambio. Yo también me siento revolucionario, y por eso lo apoyo.

Y remata con un dato que, dice, lo confirma todo:

—La circunscripción de Julito es vanguardia nacional. Es la más grande, tiene 25 CDR, y cada vez que viene una visita nacional a la provincia, viene aquí.

—¿Cómo logra sostener tres zonas sin que el trabajo caiga solo sobre usted? 

—El secreto está en no hacer las cosas solo. Yo no soy el que resuelve todo; yo soy el que convoca, el que organiza, el que acompaña. Cuando el pueblo ve que tú estás ahí, en el sol, en la guardia, en la donación de sangre, en la limpieza del barrio, sembrando también tu pedacito, entonces te sigue. El ejemplo arrastra.

—¿Hubo algún momento, en estos treinta años, en que pensó en dejarlo? 

—A veces uno se cansa, claro que sí. Pero entonces recuerdas por qué empezaste y sigues. Tengo la dicha de contar con el apoyo de mi familia y de compañeros que son como hermanos, y eso pesa más que el cansancio.

—Usted y su familia recibieron el Premio del Barrio 2025 de manos de Gerardo Hernández. ¿Qué pasó por su cabeza en ese momento exacto? 

—Fue muy emotivo. Ese premio no es mío solamente; es de mi familia, de mi circunscripción, de mis cederistas, de los vecinos que cada día ponen su granito de arena. Que te lo entregue Gerardo Hernández, un hombre que es símbolo de resistencia y de dignidad, le da un valor enorme. Lo recibí con humildad, con el compromiso de seguir trabajando, porque los premios no son un punto de llegada, son un punto de partida.

—¿Qué le diría a un joven que hoy desconfía de organizaciones como el CDR? 

—Que no lo vean como una obligación, sino como una escuela de vida. Ahí se aprende a ser solidario, a ser disciplinado, a querer el barrio y a defender la Revolución desde lo más pequeño. Que se acerquen, que pregunten, que propongan. La organización necesita sangre nueva, pero también necesita que esa sangre nueva respete la historia y el legado de quienes llevamos años en esto.

—¿Cómo le gustaría que lo recordaran?

—Como un cederista más. Como alguien que estuvo en la cuadra cuando había que estar, que no le dio la espalda a su barrio y que cumplió con su deber. Nada más. Eso es lo que me hace feliz.

Son casi las nueve cuando termina de hablar. Julio César se levanta, mira otra vez hacia la calle, y antes de despedirse dice algo que no estaba en el guion: «Este 28 de septiembre celebramos otro aniversario, y la cuadra se prepara para celebrar». Y él, como siempre, va a estar ahí.

Tomado de Invasor

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