Cuando se publicó el cuaderno de cuentos De dos en cuando de Eufemio Ramos Carabeo, en el 2013, pocos pensaron que sería una especie de libro maldito por los temas que traslada al papel y por la literatura que trama.
Lo cierto es que ha sido un libro bastante bien llevado por sus contemporáneos y, sobre todo, por el lector. Con una impresión de 700 ejemplares, fue acogido por el público con cierta morbosidad, aunque se hizo de muy poco eco se hizo en los medios de comunicación y en la crítica especializada.
Ya una vez escribí sobre este ejemplar a diez años de su publicación, y ahora quiero detenerme un rato en el cuento homónimo. Es el número 6 de 8 historias. Y considero que es uno de los más logrados del volumen y, por lo tanto, merece llevar toda la carga conceptual del mismo, y la función equilibrista dentro de la trama que cuenta.
«De dos en cuando» no da respiro desde la primera línea. El relato se instala en el margen social más áspero —un cuartucho, un hombre que vende veneno de rata y delata a sus amigos, una mujer que soporta lo insoportable— y no suelta al lector. No hay personajes redimibles, y eso es lo que lo hace tan difícil de soltar. Ramos Carabeo no escribe para consolar a nadie.
La decisión más brutal del texto es la segunda persona. Ese «tú» con que se construye la voz de Omar no distancia: mete al lector dentro de la culpa y del alcohol, dentro de la cobardía de un chivato que vendió a sus amigos a la policía. La segunda persona tiene historia en la narrativa latinoamericana —de Cortázar a Fuentes— pero Ramos Carabeo la usa sin ningún ornamento, sin el menor guiño literario que amortigüe el golpe. Lo que queda es la mugre de una conciencia que ya sabe que no tiene salida.
El texto corre en dos carriles tipográficos: la voz de Omar en redonda —segunda persona, el presente de su desintegración alcohólica— y la voz de Mariela en cursiva —tercera persona, el relato de lo que ella aguanta todos los días. Que Mariela esté en cursiva no es un capricho: la margina en la propia página, igual que es marginal en el espacio donde él manda. Pero esa subordinación tipográfica no la aplana. Su voz tiene una astucia de superviviente que la voz de Omar, más grande en la página, no tiene. Mariela no tiene ilusiones. Sabe exactamente en qué mundo vive.
Ramos Carabeo escribe en el idioma del margen: «buches», «guaca», «azaquín», «walfarina», «huesoetigre». No es color local ni pintoresquismo; es el vocabulario preciso de un mundo que no necesita explicarse hacia afuera porque no está escrito para nadie de afuera. El autor no traduce ni aclara; obliga al lector a entrar sin mapa. Hay algo deliberadamente hostil en eso, y esa hostilidad es la corrección estética del texto.
El episodio de las cucarachas es el más perturbador del relato, y no solo por la sordidez. Omar las siente dentro y fuera del cuerpo mientras intenta beber —son reales y son su culpa al mismo tiempo. Ismael y Papo, muertos en la cárcel por su traición, regresan como pesadilla: Ismael con un machete, luego los dos con una soga. En algún punto ya no hay forma de saber dónde termina el delirium tremens y empieza el cobro de cuentas. Ramos Carabeo no necesita recurrir a lo fantástico. La realidad de Omar ya es suficientemente monstruosa.
En la ética popular cubana, el chivato no tiene redención posible. Omar lo es dos veces: delator y vendedor de walfarina, veneno de rata que circula como droga. El cuento no lo juzga con palabras —no hace falta—, pero construye su mundo de manera que ninguna simpatía sea posible. La imagen del pasillo de la galera, «el reguero de sangre y sesos» de Ismael y Papo, regresa cada vez que Omar trata de ahogarla en alcohol. No hay tribunal externo que lo condene: es su propio organismo el que ya no puede sostener el peso de lo que hizo.
El final es una sola imagen: Mariela, borracha, buscando la caneca en el piso húmedo y frío, tropieza con los pies de Omar balanceándose en el aire. La soga que Papo e Ismael traían en las pesadillas se volvió real. Ramos Carabeo no explica nada, y hace bien. Si fue suicidio o si lo mató algo que lo habitaba desde antes, ya da igual. Mariela tropieza y sigue. Como siempre.