En Ciego de Ávila, la formación de públicos no es una teoría abstracta sino una práctica cotidiana que se teje entre barrios, talleres comunitarios y festivales. Hace rato que la provincia aprendió que la cultura no espera al espectador en una sala, sino que sale a buscarlo a los barrios menos favorecidos mediante proyectos socioculturales sostenidos. La estrategia comprende que nadie nace sabiendo leer una pintura o disfrutar una pieza de artesanía, pero todos pueden aprender si el proceso respeta sus ritmos y sus raíces.
El trabajo de base ocurre entre eventos y evento, a través de los talleres de creación que imparten instructores de arte y promotores socioculturales en escuelas y barrios destacándose El rincón de los cronopios; el Festival de conservación de la grulla cubana en Primero de Enero; cualesquiera de los eventos de la Ahs o los espacios habituales en la Uneac; y los municipios como Ciro Redondo y Morón.
En estos espacios, niños y jóvenes participan en «juegos de participación» donde no se les habla desde arriba sobre el arte, sino que se les invita a producirlo: desde las unidades artísticas de Instructores de Arte hasta las representaciones del folclore campesino y las áreas afrocaribeñas donde se practica la rumba y la regla de Osha como en el caso de Yambambó. La metodología es dual: primero se genera el gusto en el entorno comunitario cercano, y luego se traslada esa energía hacia los espacios institucionales como una galería de arte o el museo de la localidad.
El tiempo es una variable crucial en este proceso. La formación de públicos en Ciego de Ávila no se mide en horas de taller sino en décadas de persistencia. Cuando un niño asiste hoy a un taller de artes plásticas en una escuela primaria y dentro de quince años visita un salón de artes visuales, con criterio para distinguir entre artesanía decorativa y obra conceptual, se cierra un ciclo pedagógico de largo aliento. Las instituciones locales entienden que estamos hablando de procesos imperceptibles en el día a día pero acumulativos en sus efectos, donde la repetición rítmica de encuentros con el arte va construyendo disposiciones duraderas para el disfrute.
Sin embargo, la práctica avileña no está exenta de riesgos. Existe el peligro permanente de caer en lo que los críticos llaman «paternalismo cultural»: la tentación de imponer desde fuera qué es «buen arte» ignorando los saberes previos de la comunidad. Para evitarlo, los proyectos exitosos de la provincia –como las iniciativas que llevan la creación joven a las barriadas mediante tendederas improvisadas para exhibir arte visual– priorizan el diálogo horizontal sobre la instrucción vertical. La clave está en que el público no se sienta «formado» sino convocado, reconociendo en la oferta cultural resonancias de su propia vida cotidiana.
El resultado es una ciudadanía que no consume cultura pasivamente, sino que la habita. Cuando Ciego de Ávila reporta experiencias positivas en la recuperación de sus casas de cultura –con gobiernos locales priorizando su reparación como espacios emblemáticos del imaginario popular– se demuestra que la formación de públicos no es un gasto sino una inversión en tejido social. La apuesta es que espectadores críticos se conviertan, con el tiempo, en creadores y gestores culturales, cerrando así el círculo que transforma a la cultura de un privilegio de minorías en un derecho ejercido colectivamente.