• La exposición colectiva Memorias, en la ciudad avileña de Morón, no es un mero recorrido por obras de arte, sino una conversación profunda y dinámica entre generaciones.

Vuelve la ciudad del gallo a protagonizar un ejercicio de sabiduría y respeto por el arte tradicional. De un santiamén, eliminó las barreras entre vivos y muertos con la exposición colectiva Memorias en la galería Hugo Cortijo. Este 26 de noviembre, a poco más de las 10:30 a. m., amigos, artistas y colaboradores de la cultura moronense se dieron cita en el emblemática espacio para remembrar obras y artífices que se fundieron en un abrazo conceptual, desde la línea, la forma, y los colores.

En sus palabras de catálogo, Ángel Mayea nos dice, “Las artes plásticas han recorrido un largo trecho en nuestra ciudad. Desde la década de los años 80, la de mayor auge en el Movimiento de Artistas Aficionados, en la que se celebraban los Encuentros Plásticos con la presencia de reconocidos creadores de las artes visuales llegados desde diferentes regiones del país, hasta la actualidad. Muchos de esos protagonistas engrosaron luego las filas de la vanguardia artística en la filial de la Uneac de nuestro municipio”.

Esta célula municipal de la Unión de escritores y artistas de Cuba (Uneac) tuvo a bien organizar un muestrario de exquisitez, elegancia y poesía, con al menos 10 creadores de la bidimensionalidad, y más de 20 obras. El espectador avisado puede extraviarse entre las figuraciones de Eduardo Vázquez Lara, Jorge Báez González, Leonides Lazo Bernal, Pedro Quiñones Triana, Rafael Rodríguez Rosales; y entre las invenciones de los fallecidos, Alfredo Abreu Valderá, Efraín Cervantes Cervantes, Nelson López González, Noel Buchillón Gómez y Raúl Wong Espina. Todos miembros de la Uneac.

Es un espacio donde el tiempo se diluye, y permite que las voces del pasado resuenen junto a las del presente, creando un mosaico visual que refleja la riqueza, complejidad y la continuidad de la identidad artística local. A través de sus diversas temáticas y formas, la muestra revela un diálogo constante sobre la naturaleza, la memoria, la identidad y la abstracción, trazando un mapa emocional y conceptual de la región.

Cualquiera de las obras allí presentes de Leonides Lazo Bernal, sirve como punto de partida para una de las temáticas centrales: la relación entre la humanidad y su entorno. Su visión apocalíptica, con grifos gigantes convertidos en árboles y palmeras, es una metáfora poderosa. No se trata de una simple representación de la naturaleza, sino de una crítica ecológica que cuestiona nuestra dependencia y explotación de los recursos. La paleta monocromática en azules y negros crea una atmósfera sombría y melancólica, y sugiere un futuro incierto donde la tecnología y la naturaleza se fusionan de forma distópica. Se establece un tono reflexivo que invita al espectador a considerar las consecuencias de nuestras acciones.

En contraste, la pintura costera realista ofrece una visión serena y contemplativa de la naturaleza. Con su uso maestro de la luz dorada del atardecer y la textura de las rocas, celebra la belleza inalterable del paisaje. Es un homenaje a la tradición paisajística, pero también un recordatorio de la tranquilidad que puede encontrarse en la observación directa del mundo natural. Juntas, estas dos obras, una de advertencia y otra de armonía, presentan una dualidad fundamental en la percepción de la naturaleza: como amenaza y refugio.

El uso del estilo vitral de Noel Buchillón, con sus líneas negras y colores fragmentados, en otra de las piezas, evoca la iconografía religiosa, elevando personajes a la categoría de santos o mártires de la nación. La presencia de la calavera, adornada con elementos tropicales, introduce un elemento de memento mori que subraya la mortalidad y la transitoriedad, contrastando con la eternidad que se le otorga a la memoria histórica. Esta obra es un acto de memoria colectiva, un tributo a quienes forjaron la identidad de la región y del país.

Esta temática de la identidad se extiende a la pintura de la mujer con guante negro. Su mirada directa y su gesto de cubrirse el pecho con la mano negra pueden interpretarse como una afirmación de la identidad femenina, llena de misterio y fuerza. La figura emerge de un fondo neutro, centrando toda la atención en su cuerpo y expresión, desafiando al espectador a leer su historia. Es una declaración de presencia y autonomía, un tema que resuena profundamente en el contexto contemporáneo.

El abstraccionismo en muchas de las muestras ofrecen un giro radical en la narrativa de la exposición. Lejos de los temas figurativos, estas piezas exploran la pura forma y color. Las espirales, que aparecen como un motivo recurrente, son un símbolo universal de movimiento, energía y ciclo vital. Cada cuadro presenta una variación de este tema: uno con una paleta cálida de amarillos y rojos, otro con un bloque oscuro que sugiere tierra o caos, y el tercero con tonos fríos de azul y rosa. Esta serie demuestra cómo los artistas locales han absorbido y reinterpretado lenguajes modernos y universales, adaptándolos a su propio vocabulario visual. La abstracción aquí no es una huida de la realidad, sino una forma de acceder a una verdad más profunda y emocional, conectando con el espectador a un nivel intuitivo.

La diversidad de formas en el muestrario es tan notable como su variedad temática. Desde la precisión del realismo en el paisaje costero hasta la crudeza expresionista del retrato de la mujer, pasando por la ornamentación simbólica del mural y la geometría pura de la abstracción, cada obra utiliza una técnica específica para transmitir su mensaje. El uso de óleo, acrílico y técnicas mixtas muestra la versatilidad de los artistas.

La disposición de las mismas en la pared, sugiere una curaduría intencional que consigue diálogos visuales. La obra vibrante y colorida de la Virgen o la diosa de la abundancia de Raúl Wong, contrasta con la desnudez íntima de la mujer a su derecha, mientras que la vista de la terraza a la izquierda añade un toque de cotidianidad y nostalgia. Este montaje no es aleatorio; es una composición que invita a la comparación y la reflexión.

Esta expo colectiva es mucho más que una exhibición de pinturas; es un acto de memoria, de diálogo intergeneracional y de afirmación cultural. Al unir a artistas vivos y muertos, la muestra reconoce que el arte no es un producto aislado, sino un proceso continuo que se nutre de la historia y proyecta hacia el futuro. Las temáticas —ecología, identidad, memoria, abstracción— no están separadas, sino entrelazadas, formando un tejido que representa la complejidad de la experiencia humana en Morón.

La exposición nos recuerda que el arte es un espacio donde el pasado y el presente se encuentran, donde las preguntas urgentes de hoy, sobre el medio ambiente, la identidad y el significado, se responden con la sabiduría de las generaciones anteriores y la creatividad de las nuevas. Es un testimonio de que, en Morón, la pintura sigue siendo una herramienta poderosa para entender el mundo y nuestro lugar en él.

Por Vasily MP

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