El silencio nunca debió instalarse en el bullpen de los Tigres avileños. Esa zona, por naturaleza, es un hervidero de nervios, de rituales, de susurros de estrategia y de la tensión que antecede al rugido de un cerrador entrando desde el fondo.
Pero este domingo, el silencio se volvió eterno en Ciego de Ávila. El joven lanzador Reinaldo Jhon Lovell, de apenas 24 años, emprendió su última e inesperada salida, víctima de un infarto que detuvo un corazón que aún latía con la fuerza de las promesas.
Lovell no era un nombre que acaparara las grandes portadas de la Serie Nacional. Su oficio era el de los valientes silenciosos: el relevista. Aquellos que viven en la antesala del peligro, preparados para entrar al fuego cuando el juego se descontrola.
En la más reciente campaña, Lovell vistió el uniforme de los Tigres con el orgullo de quien sabe que cada pitcheo es una batalla. En 11 partidos, desplegó su arte en 13 innings, capítulos breves pero intensos que reflejan la esencia de un relevo: la de un guerrero que se juega la vida en cada envío.
Su trabajo fue el de la hormiga dentro del hormiguero beisbolero de la provincia. Mientras los abridores acaparan los reflectores y los cerradores la gloria, hombres como Reinaldo Jhon Lovell construyen las victorias en la penumbra de la quinta o sexta entrada: controlar el daño, apagar incendios, ser el dique que contiene la marea contraria. Es un oficio que exige una fortaleza mental tan grande como la física, y Lovell, con su juventud, ya había abrazado ese rol con la disciplina que caracteriza a los avileños.
La noticia de su muerte, cuando la vida apenas comenzaba a dibujarle la recta final de su curva de aprendizaje, ha sacudido al vestuario avileño y al béisbol cubano entero. Un infarto fulminante le robó al diamante una figura que apenas empezaba a consolidarse. Deja en la memoria de los pocos afortunados que lo vieron lanzar en el estadio José Ramón Cepero la imagen de un muchacho de 24 años, con la jersey granate en la espalda, listo para recibir la señal del cátcher en el momento más álgido del partido.
Hoy, el home plate está vacío en Ciego de Ávila. La loma del pitcher se siente más solitaria. Los Tigres pierden a un compañero, pero el béisbol cubano pierde algo más: a uno de sus muchos héroes anónimos, esos que día a día, sin aspavientos, sostienen la pasión de una nación.
El juego, sin embargo, no se detiene. Pero cada vez que un relevista avileño se levante en el bullpen para calentar, el viento que sopla desde las sabanas del centro de la isla llevará consigo un recuerdo: el de Reinaldo Jhon Lovell, el joven lanzador que se fue en extra innings, antes de tiempo, dejando su última recta suspendida en el aire, en ese lugar donde el sueño se volvió eternidad.
Descanse en paz, Reinaldo. El diamante de Ciego de Ávila viste de luto por uno de los suyos.