Ediciones Ávila publicó en el 2012 el libro de cuentos, Memoria dorada y otras variaciones, de Servilio Parra, quien falleciera hace ya algunos años. Recuerdo su voz poderosa, rasgada y su habilidad terapéutica con las manos que me liberó de la sacrolumbalgia que me tenía casi inmovilizado.
De su libro creo que nunca hablamos. Ni del anterior, Casimba para elefantes (2001). En estos días hice justicia y me leí de un golpe el que ya estaba cumpliendo 14 años con una razón de vida de 500 ejemplares, Memoria…
Son trece cuentos que van desde el humor sórdido hasta la cubanía más atroz. Editado por la experimentada en libros narrativos Carmen Hernández Pena, consigue atrapar al lector desde el primer discurso y uno ya sabe a qué tipo de cuentos se va a enfrentar. Y se deja llevar o cierra y se dedica a otras cosas.
De estos trece cuentos, uno me llamó poderosamente la atención. Ocupa el lugar tercero, como del espíritu santo y no sé si fue esa la intención, pero tiene como un misterio por resolver que tendrá tantas caras como quiera el que lo lea. Y quiero detenerme en ello.
El cuento arranca con una trampa de género que el lector solo descubre al final: tres llamadas telefónicas en la madrugada —1:47, 2:06 y 3:51 de la mañana— donde alguien busca a un tal Pepe que, según el protagonista, no existe en esa casa. La estructura es la de un chiste de tres tiempos, ese viejo mecanismo de la repetición con variación que tanto sirvió a los cuentistas clásicos: la primera llamada se cuelga con disgusto, la segunda con un regaño que raya en la grosería («¡Marque bien, carajo!»), y la tercera, agotado, el hombre decide invertir el juego y hacerse pasar por el Pepe que tanto le buscan. Ahí está el primer acierto del relato: la economía. No hay una sola línea de relleno antes de que la trampa se cierre.
Lo que parecía una anécdota de vecindario sobre equivocaciones telefónicas se revela, en la página siguiente, como otra cosa completamente distinta. La voz que responde «¿Así que fue por eso?» no pertenece a un bromista nocturno sino a una autoridad —el texto la describe con un «metal de voz» que somete al protagonista al tono de «un escolar sorprendido en falta»— y lo que estaba en juego no era una identidad confundida, sino una sentencia de muerte. Cuando esa misma voz, ya colgado el protagonista, le ordena a su secretaria Angelita «suspende el envío del infarto al 820155», el cuento cambia de género sin avisar: de la comedia costumbrista salta a lo fantástico burocrático, esa tradición que convierte a la muerte en un trámite con expedientes, números de envío y empleados que pueden equivocarse de destinatario.
El giro funciona porque está sembrado con cuidado y no como recurso de última hora. La disculpa final del protagonista —»Iban a dejárselo, pero con este problema de hipertensión que tengo, cuando me despiertan de pronto no puedo controlar mi ira»— no es solo un gesto de cortesía cansada: es la prueba que la oficina de arriba estaba evaluando. El infarto no llegó porque el hombre, sin saberlo, pasó un examen de carácter en el peor momento posible de su vida, a las tres y media de la mañana, medio dormido y de mal humor. Ahí reside la ironía central: lo que iba a matarlo era exactamente lo que estuvo a punto de evitar que se salvara.
El título cobra entonces todo su peso. «Suspensión de sentencia» no es solo la metáfora de un indulto judicial aplicado a la muerte; es también, literalmente, la suspensión que sufre el lector, que no sabe hasta el final qué clase de relato está leyendo. El autor —cuyo nombre no figura en las páginas fotografiadas— construye el cuento como una sentencia gramatical con final pospuesto, y descarga el peso semántico completo en las dos últimas líneas de diálogo. Es una apuesta arriesgada porque exige que todo lo anterior funcione en dos registros a la vez, el cómico y el ominoso, sin que el lector note la doble lectura hasta que ya es tarde para releer con otros ojos.
El cierre, sin embargo, opta por el desenlace contemplativo en lugar del shock: el protagonista mira el reloj, suelta el teléfono, se levanta de la cama y decide no convertir el episodio en pesadilla sino sentirse «con más salud que cuando era un muchacho». Esa decisión narrativa —quitarle dramatismo al hallazgo de que estuvo a punto de morir— es coherente con el tono general del relato, que prefiere la ironía contenida a la truculencia. Pero también deja una pregunta sin resolver: ¿el protagonista entiende lo que pasó, o el cuento le niega esa revelación al lector implícito dentro de la historia, dejándolo solo a nosotros, los lectores reales, con la clave completa? Esa ambigüedad podría leerse como descuido o como una elección deliberada del autor para que la ironía recaiga únicamente sobre el lector externo.
En el conjunto, el cuento se sostiene por el oficio en el manejo del diálogo —cada llamada tiene su propio tono, su propia velocidad de irritación— y por una idea de fondo que no necesita grandes explicaciones para funcionar: la burocracia de la muerte como espejo de la burocracia terrenal, con sus errores de envío, sus empleados regañados y sus jefes que conceden indultos por capricho o por compasión. Es un relato breve, bien calculado, que pertenece a esa línea de la literatura fantástica cubana donde lo sobrenatural no irrumpe con estruendo sino que se cuela, casi sin que se note, por la línea telefónica de una noche cualquiera de insomnio.