En la ciudad de Morón, la Asociación de Pedagogos de Cuba en Ciego de Ávila ha perpetrado un acto de justicia poética: conceder, a título póstumo, la distinción de Joya de la Pedagogía Avileña a los profesores Estenia Luisa Estrada Gutiérrez y Rogelio Castillo Pérez.
Lejos del ruido de las grandes celebraciones, la distinción llegó a sus hogares con la solemnidad de lo auténtico. En un acto que trasladó la academia a la intimidad del barrio, una comitiva integrada por profesionales del sector de la Educación, la Asociación de Combatientes, dirigentes de organizaciones de masas y vecinos, colocó la placa acreditativa en las viviendas de sus familiares, convirtiendo el vedado de la comunidad en un altar laico a la memoria. No se habló de estadísticas ni de informes; se habló de vidas volcadas en un frasco de tinta y pizarra.
La primera de estas joyas es Estenia Luisa Estrada Gutiérrez, una mujer que hizo de la ternura una metodología. Consagrada durante décadas a la Educación Especial en la escuela Raúl Gómez García de Morón, Estenia no fue una simple maestra; fue una «descubridora» de potencialidades donde otros solo veían límites.
En el silencio de un aula, con niños que enfrentaban discapacidades, Estenia construía puentes. La Asociación de Pedagogos exaltó en su ceremonia póstuma su constancia y dedicación, valores que no siempre son medibles en exámenes, pero que se palpaban en la sonrisa de un niño que lograba pronunciar una palabra nueva o en la mirada de alivio de una familia que encontraba en ella un sostén. Ella representa esa estirpe de educadores que entienden la enseñanza como un acto de amor profundo y paciente, una labor silenciosa que rara vez ocupa titulares, pero que sostiene el alma de una comunidad.
Junto a ella, la figura de Rogelio Castillo Pérez emerge con la fuerza del testimonio vivo que ahora trasciende. Su historia, recuperada por la memoria oficial, es la crónica de un hombre que, sin la vocación inicial, hizo del magisterio su trinchera definitiva.
Nacido en el poblado de Falla, en el municipio avileño de Chambas, Rogelio soñaba con ser laboratorista clínico. Sin embargo, la necesidad de maestros para asumir los nuevos programas del Ministerio de Educación en los años 70 lo llevó a dar un paso al frente sin titubeos. Rogelio fue un hombre de múltiples trincheras: metodólogo de Historia y Educación Ciudadana, director de escuela, y un internacionalista convencido que entre 1981 y 1983 llevó el conocimiento hasta la Comarca Calderón, en el departamento de Zelaya Central, Nicaragua. Durante 19 años, también puso su empeño gremial al servicio de sus colegas como Secretario General del Sindicato de la Educación y, posteriormente, en la CTC de Morón.
La entrega de esta distinción no fue un acto burocrático. En el caso de Estenia y Rogelio, la emoción se desbordó cuando los participantes y familiares se trasladaron hasta el cementerio de la localidad para colocar ofrendas florales ante sus restos. Allí, entre canciones y poemas, se evocaron sus méritos irrevocables, en un diálogo entre el pasado glorioso y el presente que les rinde pleitesía.
Al final, la condición de Joya de la Pedagogía no es un adorno. Es un espejo donde debe mirarse la sociedad. Porque mientras existan escuelas, siempre harán falta maestros como Estenia Luisa Estrada, que transformaban la discapacidad en posibilidad, y como Rogelio Castillo, que convirtió 48 años de trabajo en un solo, enorme e indeleble acto de amor por Cuba y su futuro.