- Cuba aspira a un diálogo sobre la base del respeto a las diferencias y a la soberanía
La noticia no es un bombazo, es apenas un susurro incómodo, Cuba reconoció, por boca de su vicecanciller, Carlos Fernández de Cossío, que no hay avances en los contactos con Estados Unidos.
Eso dijo, con una franqueza que duele, el funcionario cubano: no pueden identificarse avances, la diplomacia, cuando es seria, se mide en hechos, pero Washington no negocia: impone.
Cada semana, denunció Fernández de Cossío, llegan nuevas medidas coercitivas unilaterales, la guerra económica continúa, y el bloqueo, ese castigo colectivo que la comunidad mundial llama crimen y genocidio, sigue ahí, intacto, mordiendo la vida cotidiana del cubano.
Castigo que se aprecia en la vida del pueblo, en los precios de los alimentos, en los apagones de 30 horas, en el agua que no llega a las llaves de la casa, en la falta de medicamentos esenciales. Todo esto se une a la ambición de los que medran con la escasez.
Por eso el reconocimiento cubano tiene un valor doble: por un lado, desmiente cualquier ilusión de acercamiento; por otro, denuncia, porque es difícil dialogar con quien, mientras se sienta a la mesa, esgrime un garrote en la mano. No se puede construir confianza con quien amenaza, eso no es diplomacia, es una coreografía vacía.
Mientras tanto, el presidente Trump, y su sombra alargada, califican a Cuba de «Estado fallido» y prometen buscar «un cambio fundamental» en la Isla.
Suena grandilocuente, suena a campaña, pero la pregunta es simple: ¿cambio fundamental para quién? ¿Para los señores de horca y cuchillo que sueñan con regresar como conquistadores? ¿Para los apellidos «ilustres» que desean recuperar sus privilegios?
El diálogo sin resultados también desenmascara, muestra quién pone las condiciones y quién las sufre, evidencia que el problema no es la falta de comunicación. Estados Unidos no quiere negociar; quiere rendir. Cuba no puede rendirse; resiste.
La Isla tiene sus propias asignaturas pendientes: transformaciones económicas y sociales que aún no todo el mundo comprende, que hay que explicar una y otra vez; una burocracia que es pesada, muy pesada y se sienta a veces sobre el bloqueo. Claro, una cosa no borra la otra, la burocracia no crea los grandes males, pero los agrava todos, los grandes y los pequeños.
Nunca se ha visto una fe mayor, los cubanos resisten el cerco porque no han dejado de creer, porque el sistema es suyo, es su obra, construida con orgullo, con trabajo, con felicidad, pero también con lágrimas y mucho sudor.
A pesar del asalto a la conciencia, de la siembra constante de la duda, de los traspiés que provoca la tremenda presión, de las incomprensiones, de las divergencias, Cuba resiste. Eso sí, nadie puede desconocer que, desde que nacimos al mundo como nación, nos propusimos alcanzar toda la justicia posible, y nos atrevimos a alcanzar hasta la que parecía imposible.
Ese ha sido el motor de generaciones y generaciones, el alma vital que, junto a la conquista de la independencia y la soberanía, ha movido a un pueblo a alcanzar toda la justicia para todos. Por eso no debe extrañar que preservarla sea hoy la máxima preocupación de los cubanos.
La noticia, entonces, no es solo un parte diplomático, es un recordatorio: el diálogo sigue atrapado en un laberinto sin salida. La frase del vicecanciller cubano retumba con una claridad incómoda: no hay avance, pero la pelota está en la cancha de Washington, en un partido donde nunca ellos han jugado con reglas justas.
Nosotros si conocemos bien las nuestras.
Tomado de Granma