- En un hospital de Ciego de Ávila sostienen la vida de los pequeños con una tasa de supervivencia superior al 98 por ciento. Y el secreto no está solo en los monitores ni en los fármacos
Sabía que amamantar era importante. Crecí escuchando a los mayores decir que “el pecho es lo mejor”, vi a mi hermana lactar a mis sobrinos con esa mezcla de cansancio y devoción. Pero no sabía que existía una semana mundial dedicada a esto. Que, del 1 al 7 de agosto, en cada rincón del planeta, organizaciones, gobiernos y familias se detienen para recordar algo que parece tan instintivo.
Esta Semana Mundial, coordinada por la Alianza Mundial pro Lactancia Materna (WABA), no se proyecta internacionalmente como una efeméride más. Es un grito organizado para que la leche humana deje de ser un acto privado y se convierta en una prioridad de la salud pública.
Este 2026, el lema fue contundente: “Para un comienzo sostenible en la vida: fortalecer lo que funciona”. Y vaya que funciona. La ciencia lo repite hasta el cansancio: es la intervención más eficaz para reducir la mortalidad infantil, protege contra infecciones, potencia el coeficiente intelectual y, de paso, disminuye el riesgo de cáncer de mama y ovario en las madres.
Sin embargo, en América Latina y el Caribe, menos de la mitad de los bebés menores de seis meses reciben lactancia exclusiva. La triple carga de malnutrición —desnutrición, sobrepeso y deficiencia de micronutrientes— tiene en esta brecha uno de sus principales culpables.
Pero las estadísticas frías en nuestro archipiélago no se amamantan. Para entender la verdadera dimensión de esta jornada global, fui a buscarla donde la vida pesa en gramos y se mide en latidos: la sala de neonatología del Hospital General docente Dr. Antonio Luaces Iraola, en Ciego de Ávila.
A pesar de equipos que piden recambio y las carencias propias de un sistema de salud bloqueado, allí sostienen la vida de los pequeños con una tasa de supervivencia superior al 98 por ciento. Y el secreto, me dicen, no está solo en los monitores ni en los fármacos. Está en el pecho de la madre.
La doctora Midiala Cervantes Mederos, especialista en pediatría y neonatología, máster en atención integral al niño, entró por primera vez a esta sala hace 31 años. Lleva décadas viendo cómo el preciado líquido opera casi como un milagro biológico en los prematuros.
“Los niños menores de 1500 gramos tienen un sistema intestinal e inmunológico inmaduro. La leche de su madre es la mejor medicina: estéril, a temperatura exacta, con caseína, lipasa, lactoferrina, células vivas, macrófagos, linfocitos, y un 87 por ciento de agua. Es una vacuna viva”, explica con la pasión de quien ha visto a cientos de esos bebés pasar del borde al crecimiento.
Hace años implementaron el programa de cuidados centrados en el desarrollo y la familia, y en su corazón está el método canguro. No solo madre canguro, sino también padre canguro. La doctora Cervantes lo relata con una precisión clínica:
“El padre entra, se pone el tórax desnudo, carga a su bebé en posición vertical, pancita con pancita, y ocurre algo espectacular. El monitor que antes marcaba desaturación, taquicardia o bradicardia, empieza a normalizarse. El niño siente los latidos calmados de su papá, su respiración pausada, y su hemodinamia se estabiliza. Eso lo prepara para la lactancia”.
Dos horas de ese contacto piel con piel no solo suben la saturación de oxígeno, sino que estimulan la secreción láctea de la madre, que espera lista para poner al bebé al pecho.
Entonces el incremento de peso supera los 40 gramos diarios —frente a los 20 o 30 habituales— porque el niño que está tranquilo y confiado, engorda. La hipotermia y el estrés son enemigos del crecimiento; el regazo del padre, su mejor aliado.

“Nosotros no somos el ecosistema del niño”, sentencia la doctora. “Su ecosistema es su mamá y su papá, no la incubadora ni el médico. Cuando lo devolvemos a ese ecosistema, la lactancia se vuelve exitosa”
Para los prematuros extremos, aquellos que aún no pueden succionar porque su edad gestacional está por debajo de las 32-33 semanas, la alimentación trófica —esa pequeña dosis de leche por sonda nasogástrica u orogástrica— no busca nutrir, sino “despertar” el intestino.
También favorece la motilidad, la secreción de hormonas, previene la colestasis y la enterocolitis necrotizante. Es como un entrenamiento suave para que el sistema digestivo aprenda a funcionar.
Mientras buscaba la sala de maternidad para ver cómo capacitan a las madres recién paridas, la jefa de servicio de neonatología, doctora Yastra Nolazco Pérez, detalla el otro frente de batalla: las madres adolescentes. En los últimos años, el índice de natalidad en ese grupo ha crecido, y muchos de esos bebés nacen pretérmino o con bajo peso.
“Cuando las recibimos nos damos a la tarea de explicarles, con paciencia y pedagogía, cómo iniciar y mantener la lactancia. Nuestras enfermeras, cada tres horas, les enseñan la manipulación del bebé y la técnica de amamantamiento”.

“Cuando se prepara el alta del niño , con el área de salud seguimos insistiendo en que ese es su pilar de crecimiento”, explica la pediatra Marilyn del Solar. No son charlas de una hora; son capacitaciones breves, parte de un acompañamiento que empieza con el dolor del parto y se extiende hasta la casa, una vez fuera de la institución.
Es ahí, en casa, donde la voz de una madre lactante les pone carne y alma a estos datos. Delicia Morales Leyva aceptó compartir su experiencia, y no endulza ni una palabra.
֧“Lactar me ha ayudado a comprender, a admirar y a querer aún más a la mía y a todas las madres. Es hermoso, reconfortante, indescriptible, pero también es sacrificado, doloroso, estresante y agobiante”, confiesa con una honestidad que desmonta cualquier romanticismo vacío.
Su testimonio describe el inicio: “La lactancia empieza después de haber pasado el dolor más grande de tu vida, el parto, sea natural o cesárea. Ahí estás, con una mano canalizada, con el suero, apenas puedes moverte, y ya tienes que poner al bebé al pecho para que no le dé hipoglucemia. Se te activa el modo alerta, que no se te quita nunca”.
Habla de las grietas, de los pechos en carne viva, del miedo a ir al baño por la sutura, de la cesárea que duele hasta para toser. “Tienes que hacer de tripas corazón y darle el pecho, aunque te arda, porque si no, viene la mastitis, la fiebre, la infección”.
También habla de ese instante en que el niño se queda dormido sobre su pecho, del calorcito, del olor, de las manitas que la tocan. “Ahí estableces un vínculo emocional hermoso. La lactancia te obliga a tener pausa. Todo lo demás espera. No puedes apresurarte, porque en ese momento la prioridad es el niño”.
Y añade algo clave: “Tienes que estar en calma, porque tus emociones se le transmiten a través de la leche”. También se cuida en la alimentación, y aunque pasa horas sentada dando la teta, lo hace con gusto, porque ha aprendido a priorizar.
Delicia respeta a quienes no pueden amamantar por problemas de producción, pero alza la voz contra la decisión estética o la presión social de dar puré o fórmula antes de tiempo.
“No se deben quemar etapas. Un niño en desarrollo no tolera lo mismo. He visto niñas de cinco y seis meses con lactancia exclusiva, preciosas, fuertes, saludables. No hace falta adelantarse. Si la producción te lo permite, llegar a los seis meses es posible”.
Sus palabras contradicen a quienes opinan “eso es bobería de médicos”: “Antes no era igual, el acceso a los alimentos para una dieta saludable no es el mismo. Ahora es más complicado. Yo prefiero la leche materna a libre demanda hasta los seis meses y después complementaria hasta los dos años”.
Cierro este viaje investigando sobre la leche materna con la sensación de haber asistido a una clase magistral sobre la vida. La lactancia es una cadena que empieza en una decisión política global, pasa por el colchón de una incubadora, se enreda incluso en el pecho desnudo de un padre, se sostiene con la paciencia de una enfermera y se materializa en el sacrificio cotidiano de una madre.
Fortalecer lo que funciona, como dice el lema de la campaña en 2026, es exactamente eso: no dejar que esta cadena se rompa. Cada gota de leche en cualquier hospital de Cuba o del mundo, alimenta y sostiene el futuro. Y ese futuro, aunque pese menos de mil quinientos gramos, merece todo el apoyo que podamos brindarle.
Tomado de Invasor