Ciego de Ávila ya no es esa ciudad limpia que enorgullecía a sus habitantes y asombraba a los visitantes. El panorama actual es desolador: microvertederos en cada esquina, proliferación de roedores y mosquitos, y un riesgo sanitario que ya cobra factura con la transmisión activa de arbovirosis en varios municipios.
La situación es compleja y no admite justificaciones simplistas. La crisis económica, el bloqueo y la falta de combustible son realidades innegables, pero también lo es la inoperancia de las estructuras encargadas del saneamiento.
La empresa Comunales, unidad presupuestada que debía garantizar la recogida de desechos, sufrió una hemorragia de personal cuando los salarios —apenas 3500 pesos mensuales— se volvieron insostenibles frente al costo de vida. A mediados de 2024, apenas funcionaban seis de los 14 tractores con carretas del municipio cabecera por falta de baterías, piezas y combustible.
La respuesta llegó con Costávila, un proyecto de desarrollo local (PDL) que comenzó a operar en enero de 2026 con 176 trabajadores y una premisa clara: pagar salarios dignos —hasta 15 000 pesos— y multiplicar la eficiencia.
En su primera semana, extrajo 2362 metros cúbicos de basura y eliminó 56 grandes vertederos, demostrando que con organización y voluntad se pueden lograr resultados tangibles.
Sin embargo, Costávila no es una varita mágica. El proyecto enfrenta las mismas limitaciones materiales que sus predecesores y, aunque su enfoque innovador y su énfasis en la participación comunitaria son esperanzadores, la solución no puede recaer únicamente en un PDL.
La higiene comunal exige una estrategia integral que combine la eficiencia operativa con un cambio cultural profundo, pues persiste, lamentablemente, la indisciplina social y, en algunos casos, la indolencia de la población.
A ello se suma que en muchos lugares no hay dónde depositar los desechos sólidos, y los contenedores existentes se desbordan con frecuencia.
Con esta situación, Ciego de Ávila no podrá recuperar su esplendor. El deseo de vivir en una ciudad limpia y reluciente, como la que fue antaño, requiere del compromiso de todos. Porque la higiene comunal no es un lujo, sino un derecho y una responsabilidad compartida.