• La XXXI edición del Salón Provincial de Plástica Infantil, inaugurada el 28 de enero de 2026, reúne obras de niños y adolescentes de diversos municipios de la provincia avileña

Más de 60 obras de imaginería infantil nos regresan a un José Martí en el 173 aniversario de su natalicio en la galería Raúl Martínez de Ciego de Ávila. Varias son sus actitudes y representaciones. Por un momento es un padre amoroso y suficiente; en otros, la figura retórica, el héroe, Apóstol, escritor y poeta; en otras, la representación de sus obras más queridas. Es inevitable no asombrarse por la manera tan especial y bella con que nuestros infantes abducen a Martí y lo devuelven tras los rastros de crayolas, pintura, lápices de colores, papeles rasgados y collage.

Y en este universo infantil destaca la pieza de evocadora composición donde la silueta de un adulto —presumiblemente Martí— sostiene las manos de dos infantes bajo la sombra protectora de palmas reales, mientras la bandera cubana ondea majestuosa en un cielo de colores pastel. Las flores que enmarcan la escena, pintadas con delicados tonos de azul y naranja, parecen rendir tributo a la ternura de la visión infantil sobre la patria y sus próceres.

Otra obra de notable complejidad simbólica, fue ejecutada por la joven artista Maura Ballester Reyes, de 11 años, natural del municipio Ciego de Ávila. Su técnica mixta reúne elementos que hablan del universo martiano: una rosa blanca —emblema de su poesía—, mariposas que evocan la transformación y la libertad, un libro abierto que remite a su legado literario, y la inconfundible silueta del Apóstol surgiendo como presencia tutelar entre palmeras y un águila que custodia la escena. La niña logra condensar en un solo plano la dimensión épica y la intimidad del pensador, demostrando que la comprensión de Martí trasciende edades cuando se aborda desde la sinceridad del sentimiento.

«Meñique», obra de Mauricio López Hechavarría, de 9 años, también del municipio cabecera destaca por su formato vertical para narrar una historia de aventura: un niño con sombrero rojo desciende por una ladera montañosa, como si recorriera los paisajes de la Sierra Maestra o los versos de «La Edad de Oro». Los pinos geométricos y el pueblo diminuto en el valle sugieren la mirada desde la altura de los ideales, mientras el personaje principal, con su gesto animado, parece invitar al espectador a compartir el camino. Es Martí como compañero de juegos, como el adulto que nunca olvida la infancia y que escribe para los niños con el respeto de quien sabe que en ellos reside el futuro.

Llama la atención una escena costera donde Martí aparece sentado bajo una palma, en actitud de escritor, mientras una figura femenina de largo vestido anaranjado camina hacia el horizonte. La obra, realizada por Ashly Escalante García, de 6 años, juega con la dualidad del personaje histórico y los personajes de su imaginación literaria, quizás evocando a la madre, a la patria o a alguna de las musas que poblaron sus versos. La sencillez del trazo infantil no resta profundidad a la escena; por el contrario, la dota de una frescura que permite ver a Martí sin la solemnidad de los monumentos, acercándolo a la dimensión cotidiana de la playa, el sol y la conversación.

La diversidad temática del salón también queda demostrada en la obra de Melany Velásquez Marrero, de 12 años, del municipio Primero de Enero, quien representó a Martí leyendo «La Edad de Oro» —su propia obra— en un entorno de explosión cromática que sugiere la vitalidad de su pensamiento. Los rayos de colores que irradian desde detrás de la figura y las flores que brotan a sus pies convierten al intelectual en una especie de sol que alimenta el crecimiento espiritual de las nuevas generaciones. La técnica de lápiz de color sobre papel permite apreciar la madurez cromática de la adolescente, capaz de construir volumen y atmósfera sin renunciar a la expresividad propia de la edad.

El salón no se limita a los retratos del héroe. También encontramos escenas de la vida cotidiana que Martí habría celebrado: una playa con madre e hija recolectando conchas, un padre con su niña en un prado florido, paisajes marinos donde los peces parecen bailar al compás de los versos. Todo ello configura un mosaico de la cubanidad vista desde la inocencia, donde el legado martiano se filtra no como doctrina sino como atmósfera, como manera de mirar el mundo con amor y compromiso.

La exposición, organizada por el Centro Provincial de Artes Plásticas y el Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, se erige así en un testimonio viviente de que la memoria histórica, cuando se siembra en edad temprana, florece con los colores más inesperados y hermosos.

 

Por Vasily MP

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