En el Gran Humedal del Norte de Ciego de Ávila (GHNCA), declarado Sitio Ramsar en el año 2002 por sus valores de relevancia internacional, entre manglares y ciénagas que se extienden por más de 226 000 hectáreas, se encuentra el sistema lagunar formado por los embalses naturales reconocidos como La Leche y La Redonda, propuesto para convertirse en Refugio de Vida Silvestre, categoría de área protegida que garantizaría su conservación para las futuras generaciones.

El Decreto Ley número 84 del año 2023 “Del Sistema Nacional de Áreas Protegidas” reconoce que el Refugio de Vida Silvestre “tiene como objetivo principal conservar, restaurar, mantener y proteger especies, poblaciones, comunidades y hábitats de la flora y la fauna”.

Para la incorporación a esa categoría de manejo se valoran aspectos relacionados con la presencia de especies autóctonas relevantes, endémicas o amenazadas, o sitios clave para mantener procesos ecológicos en el ciclo de vida de las mismas.

En otros casos, el resguardo como área protegida de ese tipo está motivado por la recuperación de hábitats, especies, poblaciones o sitios claves, mediante manejos activos de forma factible y revertir impactos negativos.

La laguna de la Leche, con 66,5 kilómetros cuadrados de extensión y capacidad para almacenar 130 millones de metros cúbicos de agua, es el mayor lago natural de Cuba. Pero, lo que la hace verdaderamente singular, es su condición de albufera —laguna costera separada del mar por una barrera—, única de este tipo en el país

Sus aguas que, en algunos puntos no superan los dos metros de profundidad, deben su característico color blanquecino a los depósitos de sulfato de calcio y yeso que descansan en su fondo. No en vano los lugareños la bautizaron con un nombre tan evocador.

A pocos kilómetros, la laguna La Redonda completa el sistema. Ambas vierten sus aguas a la cuenca subterránea del norte de Ciego de Ávila y, desde allí, hacia la bahía de Los Perros, formando parte de la red hidrológica más extensa de la provincia: la Cuenca La Yana.

Quien recorra las orillas de esas lagunas se encontrará con un espectáculo de vegetación exuberante. El bosque de mangle, con árboles de nueve a 16 metros de altura, se alza sobre suelos turbosos en la interfaz entre la tierra y el agua. El mangle rojo (Rhizophora mangle), el mangle prieto (Avicennia germinans) y el patabán (Laguncularia racemosa) son sus principales protagonistas.

Hacia el suroeste de la Laguna de La Leche, el paisaje cambia. Allí se extiende el bosque de ciénaga, un ecosistema que se inunda temporalmente según la época del año. El ocuje (Callophyllum antillanum), el bagá (Annona glabra) y la imponente palma hediendo (Copernicia gigas) dominan ese entorno, donde las epífitas —orquídeas de los géneros Oncidium y Encyclia, y tillandsias— cuelgan de las ramas como adornos naturales.

Los herbazales de ciénaga, con su cortadera (Cladium jamaicense) y sus juncos, completan un mosaico vegetal que alberga 47 especies de plantas vasculares. De ellas, más de la mitad tienen valor maderable, el 41% son ornamentales y un 34% se utilizan en la medicina tradicional.

Sin embargo, no todo es vegetación nativa. La presencia de especies introducidas como la casuarina (Casuarina equisetifolia) —un árbol de origen australiano— recuerda que este ecosistema también enfrenta amenazas. Al igual que el pez gato (Claria gariepinus), representa un problema que los especialistas han identificado en la zona.

Si hay un grupo que hace de este lugar un paraíso, se trata el de las aves. Ciento dos especies han sido registradas en la Laguna de La Leche y sus inmediaciones, aunque el documento oficial de la propuesta reporta solo 86 para esa área, contempladas 29 migratorias (25 llegan en invierno y cuatro en verano). El resto son residentes permanentes o transeúntes.

La corúa de mar (Nannopterum auritum), el pelícano pardo (Pelecanus occidentalis) y la marbella (Anhinga anhinga) son algunos de los habitantes más abundantes. Pero también hay rarezas en el área, como el carpintero escapulario (Colaptes auratus) y el halcón de palomas (Falco columbarius).

Una docena de especies de aves presentes en la laguna las reconocen con alguna categoría de amenaza en Cuba. La cotorra (Amazona leucocephala) y la grulla cubana (Antigone canadensis nesiotes) figuran en el Apéndice I de CITES, el máximo nivel de protección internacional. El catey (Psittacara euops), el gavilán de monte (Buteo jamaicensis) y el sijú platanero (Glaucidium siju) aparecen en el Apéndice II.

Los reptiles también están representados. El cocodrilo americano (Crocodylus acutus), calificado como vulnerable, habita estas aguas. Los majaes —el bobo (Tropidophis melanurus) y el de Santa María (Chilabothrus angulifer)— completan una lista de especies que necesitan protección.

Entre los mamíferos, la jutía conga (Capromys pilorides) resulta quizás la más emblemática. Ese roedor endémico, el más grande de Cuba, ha sido parte de la historia de la Isla desde tiempos de los indios y hoy es un atractivo para el turismo científico y la fotocaza.

A pesar de su riqueza natural, el sistema lagunar no está exento de peligros. La propuesta de área protegida identifica seis amenazas principales que justifican su declaración como Refugio de Vida Silvestre.

La primera es la introducción de especies exóticas. El pez gato, depredador voraz, compite con las especies nativas, mientras que la casuarina altera la vegetación autóctona. Otra amenaza consiste en el deficiente tratamiento de las aguas residuales que llegan desde la ciudad de Morón, a pocos kilómetros de distancia.

Completan el cuadro: la pesca furtiva, la tala indiscriminada de especies como el ocuje, la palma real y la caoba, y la captura ilegal de jutías, majaes y aves canoras (canto grato y melodioso) para el mascotismo.

A esto se suman los incendios, provocados muchas veces por cazadores y pescadores furtivos, o simplemente por fumadores que transitan por los viales.

El área propuesta no es un espacio vacío. En su zona de amortiguamiento se encuentra la comunidad de El Embarcadero, donde viven 944 personas distribuidas en 430 viviendas. La economía local gira en torno a la acuicultura, la pesca, el turismo de naturaleza y la gastronomía.

La administración del futuro Refugio de Vida Silvestre estaría a cargo de la avileña Empresa Provincial Flora y Fauna, con un equipo de 50 trabajadores —11 mujeres y 39 hombres—, que incluye personal técnico, de vigilancia y apoyo.

Establece la propuesta un régimen de regulaciones y prohibiciones que busca equilibrar la conservación con el uso sostenible de los recursos. Cualquier actividad económica dentro del área requerirá una licencia ambiental, según lo establece el Decreto Ley 201/1999.

Las embarcaciones autorizadas deberán desconectar sus bombas de achique, mientras naveguen dentro del refugio, y los residuos sólidos deberán permanecer a bordo. Queda prohibido verter basura, aguas de sentina o cualquier residual sin tratar. Tampoco se permite la recolección de flora, fauna, rocas o fósiles sin los permisos correspondientes.

La propuesta de convertir el sistema lagunar La Leche-La Redonda en Refugio de Vida Silvestre no es un capricho, sino una necesidad. Con su singular albufera, sus bosques de mangle de hasta 16 metros de altura, su rica avifauna y sus especies amenazadas, este rincón del norte avileño merece ser protegido.

Los avales de instituciones como los Ministerios de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, y de la Agricultura, entre otros, acompañan esta iniciativa que, de materializarse, pondría a buen resguardo un área significativa, localizada dentro de uno de los humedales más valiosos de Cuba. La propuesta es acertada, no solo por lo que existe en el lugar, sino por lo que podría perderse si no se actúa a tiempo para protegerlo.

Tomado de Invasor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *