Cada vez que la sede de la Uneac en Ciego de Ávila se llena de girasoles, bombillas colgadas y olor a incienso, el público sabe que ha vuelto Ágape. La peña que conducen la solista Oristela Pérez Betanzos y el trovador Héctor Luis de Posada cumple, sesión tras sesión, algo que pocos espacios culturales de la provincia logran sostener: convertir la canción en gesto solidario.
Recordemos aquella edición que confirma este hecho ante los daños del huracán Melissa. Los anfitriones convirtieron el escenario en un abrazo simbólico para los damnificados, y el público, numeroso esa noche, respondió ovacionando a cada artista que se atrevió a decir, desde una canción, una palabra de consuelo.
Ágape no nació de la nada. En Ciego de Ávila la trova sobrevive a fuerza de peñas que aparecen, sostienen un público fiel durante meses o años, y después desaparecen: así pasó con PM Records, en el antiguo Museo Provincial; con Trovadrugada y su horario de medianoche; con la propia Trovándote+ cuando perdió estabilidad en su sede. Héctor Luis de Posada conoce ese ciclo de cerca: antes de Ágape sostuvo, también en la Uneac, una peña mensual llamada Música y Razón. Que Ágape lleve ya un tiempo considerable sesionando con regularidad, desde aquel primer jueves 16 de octubre, no es un dato menor en una ciudad donde la canción de autor depende casi siempre del empeño personal de quienes la organizan, sin presupuesto y sin cobrar un centavo.
La escenografía de Ágape tiene su propia gramática: girasoles, incienso, bombillas, cordeles, fotografías antiguas de Silvio Rodríguez y la bandera cubana rodeándolo todo. Nada de eso es casual. El repertorio se escoge con cuidado, igual que el vestuario de quienes suben al escenario. Hay una estética de vanguardia, sí, pero con un detalle que nunca se pierde: la cubania.
En ese escenario han brillado voces como las de Luis Miguel Lago, Estrella Vergara, Dianet de Santa Escolástica y el dúo Renacer. María Caridad Borroto siempre consigue demostrar por qué es una de las intérpretes más sólidas de la plaza: al cantar “Dos gardenias” con un dejo gitano y una profundidad que no se aprende, se tiene, nos rompe el alma y aúna sentimientos encontrados. Ese nivel artístico, sostenido función tras función, es lo que distingue a Ágape de una simple tertulia de aficionados.
El peso de esta peña no se mide solo por sus sesiones habituales. Cuando el Festival Piña Colada llegó este año a su vigésima tercera edición, en medio de apagones y de una crisis de combustible que obligó a recortar casi a la mitad la cantidad de unidades artísticas respecto al año anterior, fue precisamente Ágape la encargada de abrir el evento, el jueves 2 de abril, en el patio de la Uneac. Que un festival con varios días de programación decida arrancar con esta peña dice mucho de cuánto pesa ya en el calendario cultural de la provincia.
Hay algo que el público y los propios organizadores repiten cada vez que termina una sesión: esta peña merece cuidado institucional. No es una frase hecha. Ágape sostiene, casi en solitario, una parte del patrimonio sonoro que en Ciego de Ávila corre el riesgo real de perderse, como ya pasó con tantos otros espacios trovadorescos de la ciudad. Mientras Oristela y Héctor Luis sigan preparando con esmero cada repertorio, y mientras las instituciones de cultura entiendan que proteger esto no es un gasto sino una inversión, Ágape seguirá siendo lo que ya es: el lugar donde la canción, todavía, salva.