Quienes lo vieron recorrer los parques fotovoltaicos y la bioeléctrica del central Ciro Redondo guardan una imagen del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés Menéndez, con paso firme y edad avanzada, subía a los generadores a varios metros de altura para constatar que la obra saliera adelante.

La imagen de aquel de aquel hombre que, para llegar a la meta, no dudó en cruzar una tabla muy fina que hacía de puente, tras una torrencial lluvia.

Al otro lado, con una sonrisa jocosa que desmentía cualquier gesto de cansancio, se volvió hacia uno de los presentes, un compañero «pasadito de libras», y le soltó: «Todavía tengo equilibrio, va que no la cruzas tú». La anécdota corrió y quedó como testimonio de ese humor llano y cercano que el vice primer ministro reservaba para los sitios donde se gestaba la energía del país.

Ramiro no solo supervisaba desde la altura. Se ensuciaba las manos en la obra. Allí mismo, en la bioeléctrica, tomó entre las suyas una de esas carretillas de ruedas grandes que manejaba uno de los obreros del gigante asiático. Sin mediar palabra, la condujo unos metros, como si quisiera demostrar que, a sus más de 90 años, su cuerpo seguía respondiendo al llamado de la faena.

Ese era el Ramiro que recorrió Ciego de Ávila chequeando los parques solares y la primera bioeléctrica del central que lleva el nombre de su columna en la Sierra.

Allí, frente a la escultura de Ciro Redondo —expedicionario del Granma, asaltante del Moncada, ese inseparable amigo de la Sierra Maestra con quien compartió el hambre, el frío y las balas—, se detuvo en seco. No dio órdenes, no preguntó por megavatios. Con la gravedad de quien sabe que ciertos momentos no admiten prisas, hizo un minuto de silencio.

Los obreros, los técnicos, los funcionarios, los periodistas que lo acompañaban, contuvieron el aliento. Nadie osó interrumpir ese diálogo mudo entre un veterano y la efigie de su compañero de juventud.

Cuando alzó la mirada, su voz no fue la del dirigente, sino la del amigo sobreviviente que guarda en la memoria los rasgos exactos del que ya no está. Con el mayor respeto, con esa honestidad que solo permite el cariño verdadero, comentó en voz baja, casi para sí: «La escultura no se parece mucho al Ciro Redondo que conocí».

Fue una confidencia; fue el instante en que el tiempo se quebró y Ramiro dejó de ser el vice primer ministro para ser aquel joven que había visto la sonrisa real de Ciro en las noches de la manigua. Ese gesto —el minuto de silencio, la frase dicha al viento— reveló más que cualquier discurso: le recordó a todos que los amigos son de carne, hueso y memoria; y que Ramiro, a sus más de noventa años, seguía llevando a Ciro Redondo vivo dentro de sí.

Su constante preocupación por la generación eléctrica era el apremio de ver, en cada megavatio, una batalla contra el apagón y en cada obra terminada, una victoria de pueblo.

Hoy, los avileños, junto a las máximas autoridades del territorio, lo recuerdan como el comandante que se plantó frente a los problemas energéticos con la misma determinación con la que asaltó el Cuartel Moncada o desembarcó del Granma.

Ese es el Ramiro que conocimos a su paso por Ciego de Ávila. El que cruzaba tablones, manejaba carretillas y, con su ejemplo, demostraba que la Revolución se hace también con ingenio creador y con sudor.

Tomado de Granma 

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