
Este cuento nos llega en la página 141 de Nuevamente Lunes (2004), antología preparada por el escritor Félix Sánchez y que reúne la cuentística del territorio avileño desde Reynaldo González hasta las voces más nuevas del patio. No es una posición cualquiera dentro del volumen: casi al cierre, después de décadas de tradición narrativa acumulada, el texto de Vidal funciona algo parecido a un balance. Ediciones Ávila apostó aquí por mostrar la narrativa breve como un espacio donde conviven generaciones sin que ninguna aplauda a la otra, y «Eterno» confirma esa apuesta. Que la autora comparta páginas con Jorge Luis Arzola e Ibrahim Doblado sin que su texto quede opacado dice algo de su escritura antes de que la analicemos.
El cuento es, formalmente, un microrrelato. Un solo párrafo, sin diálogo, sin nombre propio, sin división interna. Vidal dispone de unas pocas líneas para construir un personaje, una tensión y una resolución paradójica, y lo hace. El texto tiene volumen, densidad, algo que pesa más de lo que miden sus palabras. Eso no es fácil en ningún género, pero dentro del microrrelato cubano —que tiende a premiar el giro ingenioso sobre la hondura emocional— es casi una declaración de principios.
La historia gira sobre un ser eterno que quiere ser humano. No por curiosidad romántica ni por nostalgia de algo que nunca tuvo: por agotamiento. Conoce su pasado, su presente y su futuro, y esa omnisciencia es su condena. Lo que lo asfixia no es la oscuridad sino la transparencia total. El cielo «quedaba vencido bajo sus pies», nos dice el texto, pero eso no le importa. Dominar el tiempo y el espacio no equivale a estar vivo. Vidal invierte aquí el topos clásico del mortal que anhela la eternidad: en su cuento, es el eterno quien envidia lo perecedero, porque solo lo perecedero permite el deseo verdadero, la sorpresa, el sentido de algo que aún no se sabe.
El tejado es el lugar donde todo ocurre, y no es elección casual. Ni adentro ni afuera, ni en tierra firme ni en el cielo abierto, es literalmente el umbral entre la vida ordinaria de los que duermen abajo y el vacío que espera arriba. El protagonista no está en ningún sitio: está entre. Ese espacio liminal no solo expresa su condición ontológica, la convierte en imagen. La escritura de Vidal trabaja aquí con una economía visual precisa: no describe, sitúa. Y en ese gesto de situar ya está todo.
Dos imágenes gobiernan el registro estilístico del cuento: el caminar en zigzag del inicio y el tambalearse como borracho del final. Ambas remiten a un mismo desequilibrio, pero desde ángulos distintos. El zigzag sugiere búsqueda sin dirección fija, una indecisión que sin embargo se mueve. El borracho es más violento: implica que el exceso de algo —aquí el exceso de conocimiento, la sobredosis de eternidad— produce el mismo efecto que la intoxicación. No saber adónde ir y saber demasiado dan el mismo resultado en el cuerpo. Vidal une los extremos de lo humano y lo divino bajo una misma imagen corporal sin grandilocuencia, casi de pasada, y eso es exactamente lo que la hace funcionar.
«Tejado tras tejado»: con esa frase terminal el cuento se abre a una dimensión cíclica que le cambia el signo completo. No hay desenlace, hay un fragmento de un movimiento que existía antes del texto y continuará después. La mención de la fe en ese tramo final es quizás la decisión más arriesgada del relato, y la más certera: un ser eterno que camina con fe hacia algo que sabe que nunca logrará. La fe, reservada normalmente a quien no sabe, se convierte en el único recurso del que todo lo sabe. Hay una paradoja teológica de fondo que el microrrelato no resuelve, y hace bien. Algunos textos son mejores cuando se niegan a cerrar.
Leidy Vidal muestra en «Eterno» una madurez que contrasta con la brevedad del texto. Su voz se distingue dentro de la narrativa avileña por la austeridad formal y por una inclinación hacia lo especulativo que no necesita lo sobrenatural para inquietar: le basta con desplazar la conciencia, con colocarla donde no debería estar. Eso la acerca a ciertas vertientes del cuento fantástico latinoamericano que trabajan desde la extrañeza ontológica más que desde el acontecimiento extraordinario. «Eterno» es un texto pequeño que no se comporta como tal, y en Nuevamente Lunes resulta una de las piezas más difíciles de olvidar.