La exposición personal «Hablando de Premios» del artista moronense Pedro Quiñones Triana construye un universo visual donde el yute, la tela y el collage se fusionan en narrativas que oscilan entre lo folklórico y lo surrealista, entre la tradición artesanal y el arte contemporáneo.
Lo que inmediatamente distingue el trabajo de Quiñones Triana es su obsesión textural. El yute —fibra áspera, rural, asociada históricamente al empaque y lo utilitario— se convierte aquí en lienzo privilegiado. Esta elección no es inocente: el artista establece un diálogo con la materialidad de la Cuba rural, con la arpillera de los campesinos, con la rusticidad que resiste la pulcritud académica.
Sobre esta base, superpone recortes de tela en colores saturados —azules eléctricos, rojos intensos, amarillos solares— que vibran con una energía casi barroca.
La técnica de aplicación y bordado revela una mano que entiende el oficio. Los puntos de hilván no solo unen, sino que contornean, definen formas, crean ritmos visuales que recuerdan tanto al patchwork norteamericano como a los collares de collares del arte popular caribeño. Hay algo de Nick Cave en sus Soundsuits, algo de Faith Ringgold en sus story quilts, pero también algo profundamente local: la tradición del collage cubano que va desde Wifredo Lam hasta los artistas de la plástica afrocubana contemporánea.
El repertorio figurativo de Quiñones es exuberante y simbólico. El pavo real —presente en varias obras— funciona como emblema de vanidad y belleza, pero también como metáfora de la ostentación que el título de la exposición ironiza («Hablando de Premios»). La ave despliega su plumaje en círculos concéntricos que evocan mandalas o rosetones, creando una geometría orgánica que contiene el caos de la naturaleza.
Las figuras humanas —mujeres con flores en el cabello, rostros fragmentados, cuerpos que se confunden con el entorno vegetal— dialogan con la tradición de la flora tropical en el arte latinoamericano. Hay eco de Amelia Peláez en la cerámica, de Cundo Bermúdez en el color plano, pero también de las Vírgenes de la Caridad del arte popular cubano. Una obra particularmente lograda presenta un rostro femenino cuyo cabello se metamorfosea en un jardín exuberante, mientras una calavera —alusión ineludible a la tradición mexicana del Día de Muertos— emerge entre las flores. Es una vanitas tropical, un memento mori en colores vivos.
Este artista de la Uneac opera en un registro que podríamos llamar surrealismo vernáculo. Un gallo coronando una figura humana, un cuerpo que se funde con una sandalia gigante, manos con ojos en las palmas, serpientes que se entrelazan con frutas: estas imágenes no responden a la lógica onírica europea, sino a una lógica del sincretismo propia del Caribe. Es el mundo donde lo humano, lo animal y lo vegetal comparten territorio, donde los límites entre lo vivo y lo inerte son permeables.
La obra con la sandalia-silla-florero es paradigmática: un objeto cotidiano —la alpargata, el chinchorro— se transforma en arquitectura, en mobiliario, en naturaleza. Es una poética del reciclaje que va más allá de lo ecológico para adentrarse en lo antropológico: en Cuba, todo se reusa, todo se transforma, todo adquiere nuevas vidas.
Si bien la fuerza de Quiñones Triana reside en su originalidad material, la exposición no está exenta de riesgos. La repetición de fórmulas —el yute como base, el recorte de tela, el bordado de contorno— puede generar, en una muestra extensa, cierta homogeneidad visual.
Algunas obras parecen variaciones de un mismo tema más que investigaciones formales distintas. El desafío para el artista será complicar su propio lenguaje, introducir discontinuidades que eviten la decorativización de su discurso.
Asimismo, la relación con el premio —el título de la exposición— queda algo velada. ¿Es una ironía sobre el sistema de reconocimientos artísticos? ¿Una celebración? ¿Una reflexión sobre el valor simbólico de la recompensa? La obra no responde explícitamente, lo cual puede leerse como ambigüedad productiva o como falta de articulación conceptual, según la generosidad del espectador.
En una entrevista que le realizara para el periódico Invasor, Pedro me respondió acerca de sus estadísticas personales sobre su participación en concursos y salones: “Se ha presentado en 119 Eventos competitivos y ha participado en 116. Lo rechazaron en tres, ¿motivos? En el primer Raúl Martínez, “por falta de calidad”, no recuerda el año; en la Feria Nacional de Artesanía CA. Santos Cerpa, no se consideró su obra por “exceso de calidad para el Evento”; en otro Raúl Martínez, se retira por voluntad propia, fue la última vez que vino como presidenta del Jurado, Virginia Alberdy. Exposiciones de artes visuales en total: Colectivas 263. Personales 40. Para un total de 303.
Ha obtenido un total de premios de jurado 30; menciones 26; reconocimientos 19; premios colaterales 9; para un resultado final de calidad de un 72 por ciento. Pero, ¡ojo!, esto no está actualizado. Si no son récords son muy buenos averages, ¿no crees?”
«Hablando de Premios» consolida a Pedro Quiñones Triana como una voz singular en el panorama del arte cubano contemporáneo. Su aporte radica en haber desarrollado un vocabulario plástico autónomo —el collage textil— capaz de dialogar con tradiciones múltiples sin perder especificidad. Es arte que sabe de raíces y de supervivencia, de belleza fabricada con poco, de la capacidad del Caribe para transformar lo humilde en lo extraordinario.
En tiempos donde el arte digital y lo inmaterial dominan las tendencias globales, Quiñones Triana apuesta por lo táctil, lo laborioso, lo hecho a mano. Y en esa apuesta reside, quizás, el premio más genuino: la construcción de un mundo visual inconfundiblemente propio.