•  Por estos días se exhibió en el cine Acapulco, este documental de 13 min, que no olvida a sus protagonistas.

En estos días que Olvidados se exhibe en la primera Muestra y Concurso de cine nacional, en La Habana, se me ocurre esta reseña sobre el mismo. Creo que esta obra amerita dedicarle tiempo y solucionar los problemas sociales que denuncia.

Desde la primera imagen, Olvidados no se presenta como un documental que quiera explicar, sino como uno que decide acompañar. Las cámaras de Frank Aparicio y David Oliver de Armas entran con cuidado en espacios donde el tiempo parece detenido: casillas ferroviarias, casas marcadas por el uso, calles que conocen más silencios que promesas. No hay música que subraye la emoción ni una voz que guíe al espectador; lo que hay es una invitación a mirar despacio, a escuchar sin prisa, a quedarse.

Las personas de Él Way, en el municipio de Morón, y que tienen voz propia en Olvidados no lo hacen desde el reclamo estridente, sino desde la memoria y la experiencia cotidiana. Sus testimonios fluyen con una naturalidad que desarma cualquier distancia entre quien mira y quien cuenta. En esos rostros, en esas pausas, se revela una dignidad que el documental sabe respetar: la cámara no invade, no corrige, no interrumpe. Observa, y al observar, deja que la vida se diga a sí misma.

El entorno funciona como un personaje más. Las viviendas, los caminos, los objetos gastados por los años dialogan con las palabras de quienes los habitan. Son imágenes que no buscan embellecer la precariedad, sino mostrar cómo el abandono se normaliza hasta volverse paisaje. A veces, la repetición de estos planos puede parecer insistente, pero también refuerza una idea central: el olvido no es un accidente, es una condición sostenida en el tiempo.

Ellos, los olvidados, viven en esas casillas a la orilla de la vía férrea porque no tuvieron más remedio. Y porque hubo una promesa que se durmió en el olvido y no los rescató. Ellos, los olvidados, tramaron sus sueños y si futuro sobre un coloso de hierro que pareciera sepultarlos en el tiempo.

Presentado en disímiles eventos y espacios cinematográficos, este material sigue siendo la cara incómoda de una moneda con la que unos pocos prefieren no encontrarse. Porque está ardiente, porque es un testimonio de la desolación y de la inamovilidad social, de la no respuesta. Narrativamente, el documental elige no conducir al espectador de la mano. No hay una estructura dramática evidente ni conclusiones cerradas. Esta decisión, aunque coherente con su espíritu observacional, deja la sensación de que algunas historias merecían mayor desarrollo o diálogo entre sí. Falta, quizás, un hilo que conecte más claramente las voces individuales con una reflexión colectiva más amplia.

Aun así, Olvidados logra algo esencial: humanizar sin romantizar. Su fuerza no está en denunciar a gritos, sino en mostrar cómo el olvido se vive en lo cotidiano, en lo aparentemente pequeño. Es un documental que no busca respuestas rápidas, sino preguntas incómodas, y que recuerda que detrás de cada cifra, de cada política ausente, hay personas que siguen esperando ser miradas.

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