Desde la orilla de Playa Pilar, en Cayo Guillermo, el vecino islote se dibuja como una promesa cercana sobre el azul, ilusión que el mar se encarga de desmentir con delicadeza. El trayecto en catamarán, sin embargo, no es una espera, sino el primer capítulo de la aventura.
Media hora se esfuma entre el susurro de las velas hinchadas por el viento y el hechizo de un mar que muta de zafiro a turquesa, de esmeralda a un cristal tan diáfano que convierte el fondo en una pecera infinita.
Peces plateados dibujan destellos bajo el casco y la barrera de coral asoma como un jardín sumergido y anuncian que este es un reino donde lo extraordinario empieza bajo la superficie.
La silueta de Cayo Media Luna crece en el horizonte, no con la soberbia de una isla, sino con la íntima modestia de un secreto bien guardado. Es solo una pincelada de tierra de menos de 14 hectáreas; su verdadera grandeza no se mide en extensión, sino en historias.
Literalmente del agua emerge el primer suceso: los restos oxidados de un naufragio de 1920. Con la marea baja, el barco fantasma revela sus costillas de metal, cañones mudos y anclas devoradas por el coral; con la pleamar, resulta un susurro marrón rojizo bajo las olas, un museo submarino donde el tiempo y el océano han firmado una tregua silenciosa.
Pisar su arena es seguir los pasos —reales y literarios— de Ernest Hemingway. En este sitio, a bordo de su legendario yate Pilar, el escritor además de pescar, apreciaba la inmensidad del mar y, según se dice, hasta la sombra de submarinos enemigos.
Recorrer el lugar es sentir el eco de esa obsesión por los confines salvajes, donde la naturaleza constituye el único personaje principal.
El islote se descubre a ritmo pausado. Es un segmento de tierra alargado y coronado por pinos que susurran con el viento y albergan un coro de aves.
En sus playas bordeadas por aguas calmadas, el buceo con esnórquel es una inmersión en un mundo vibrante. En la arena, una población de macaos traza senderos, mientras cangrejos rojos escenifican una fuga ante el caminante. Es un santuario de vida en miniatura.
Pero el islote no es solo naturaleza en estado puro. Es también ejemplo de turismo consciente. En medio de la vegetación, un ranchón ofrece una pausa gastronómica con los sabores del Caribe con energías limpias que respetan el frágil ecosistema.
Este es el lugar perfecto para degustar un pescado fresco, con los pies en la arena, sabiendo que el paraíso se disfruta sin alterar su esencia.
Regresar al catamarán, con el sol declinando, es cargar un tesoro de sensaciones: la sal en la piel, el recuerdo de los peces danzando en el arrecife, la imagen del barco náufrago durmiendo su sueño de coral y la certeza de haber estado, por unas horas, en el mismo refugio azul que fascinó al autor de El viejo y el mar.
Cayo Media Luna no es un destino que los espera al norte de la central provincia de Ciego de Ávila; deviene una experiencia que se graba en la memoria con la fuerza clara y profunda de sus aguas.
Tomado de ACN


