Hoy, por fin, se decidirá el octavo pasajero del tren de la postemporada después de un descarrilamiento fatal. Lo lamentable es que se veía venir que la locomotora de la 64 Serie Nacional sufriría el lamentable y penoso accidente.
No hace falta un trabajo pericial para determinar la responsabilidad, es únicamente de la Dirección Nacional de Béisbol. Ya habíamos advertido de la carencia de una estructura organizativa que fuera capaz de prever cualquier percance, y lo que terminó por sacar de la línea a la temporada fueron los partidos a recuperar por disímiles causas, aun cuando pesó muchísimo el clima y los sellados por oscuridad.
Cincuenta juegos alcanzaron la categoría de pendientes, aunque menos los que involucraron a equipos con posibilidades de incluirse en la etapa de los play off. Sin embargo, estos debieron encontrar una ruta alternativa dentro del propio calendario. Tal vez en ese cause no cupieran todos, pero al menos la mitad podría salir por ahí.
Para eso era necesario, desde el propio Congresillo Técnico de la campaña, asentarlo en el reglamento. Se hubiera evitado los siempre incómodos estados de ánimo de equipos que no tenían nada que perder y mucho menos que ganar, ante otro, Villa Clara, lleno de aspiraciones.
Lo que pasó esta semana entre Azucareros y Toros de Camagüey es bochornoso, no hay otro adjetivo si se trata de algo tan sagrado para Cuba como la pelota. Los agramontinos llegaron con 17 peloteros, y de ellos solo cuatro lanzadores, lo que ha desatado un sentimiento de frustración, por demás nacional, porque en esta tierra el béisbol se disfruta, más allá de las franelas que defienden los aficionados.
No pudieron hacerles frente a los anaranjados, y otra vez fue puesta out la directiva de la pelota en el país, pues como máxima responsable tiene que exigir y hacer cumplir que los equipos asuman sus compromisos con la nómina completa, al margen de que puedan existir imponderables, pero no 23 como ocurrió con Camagüey.
Del lado de la caballerosidad deportiva, y en defensa del juego limpio, las autoridades camagüeyanas tampoco podían permitir, al margen del resultado final, tamaño desatino.
De no saber de los esfuerzos y el empeño de horas de quienes tienen la misión de garantizar el torneo más importante del movimiento deportivo cubano, da la impresión de que a nadie le importa la pelota. Eso es lo que provoca la falta de previsión, exigencia, organización, y en consecuencia de orden, causantes de los problemas por los que atraviesa el béisbol, y ya no le cabe uno más, la copa está llena.
Es cierto que Villa Clara se ha beneficiado de esta situación, pero coincido con muchos colegas de que no tiene la culpa de nada; también que ese equipo ha jugado con la presión de no perder en nueve salidas y eso, aunque sea ante el más débil de los rivales, tensa muchísimo porque obliga a ganar cada día, como si fuera el último.
Varias son las causas por las cuales llegamos al noveno inning, con las bases llenas, sin outs y bateando Omar Linares. La principal, la adjudicada a la Dirección Nacional; pero no se puede olvidar que si Pinar del Río, ahora a la espera del último capítulo, está a punto de quedarse fuera de la postemporada, se debió a que no pudo ganarle tres juegos de cinco al propio Villa Clara; incluso, si aún es aspirante es porque ganó un duelo fuera del terreno, cuando se le confiscó a Cienfuegos el choque que le ganó el pasado 20 de diciembre, y que le daría a los Elefantes, 40 triunfos, lo que los hubiera dejado en el nervio que ahora viven los Vegueros. Pero, los también aguerridos pinareños tampoco tienen la culpa.
Habrá que esperar lo que sucederá hoy en la última presentación anaranjada, frente a Ciego de Ávila, que le ha jugado con todo: cayó el 27 de diciembre 6-5, perdió un día después 5-3, venció el 29 pasado 3-2, y cedió el 4 de enero 7-6. Si consuma su noveno triunfo consecutivo, Villa Clara estará en la postemporada, de lo contrario sería Pinar del Río. Pero pase lo que pase, el mal ya está hecho.
Tomado de Granma