Frente a una obra sin título, el espectador —y también el crítico— tropieza dos veces: primero con la pieza, después con el vacío que el artista dejó a propósito en la cartela. «Sin título» no es una ausencia inocente. Es una decisión, y como toda decisión en el arte visual, admite lectura. He visto la fórmula repetirse en salones provinciales de Ciego de Ávila hasta perder su rareza: tallas en madera, ensamblajes, óleos que llegan al montaje sin nombre, como si bautizarlos fuera una tarea que el artista prefirió delegar en quien mira.
La explicación más simple —y la que casi nadie acepta como suficiente— es que titular cuesta trabajo. Un cuadro se resuelve en el taller, entre pinceles y decisiones de color; el título exige otro esfuerzo, más cercano a la escritura que a la pintura, y no todos los artistas visuales se sienten cómodos ahí. Conozco escultores capaces de pasar semanas resolviendo un plano en metal reciclado y quedarse mudos frente a la pregunta de cómo llamar la pieza. No es pereza. Es que nombrar obliga a fijar un sentido, y hay quien prefiere no cerrar esa puerta todavía.
Ahí aparece una segunda hipótesis, más interesante: «Sin título» como estrategia deliberada de apertura. El nombre orienta la mirada, siempre lo hace, así que quitarlo devuelve al espectador la responsabilidad de completar la obra. He escuchado a varios artistas defender esa renuncia casi con orgullo, como si titular fuera, en el fondo, subestimar al público.
Conviene desconfiar un poco de esa lectura generosa, sin embargo. Existe también la variante defensiva: el artista que no titula porque teme que el título lo delate. La crítica social se cuela en la obra por necesidad, y en Cuba eso pesa distinto que en otras partes. «Sin título» puede funcionar como repliegue táctico. Nombrar una pieza que incomoda es firmar dos veces la incomodidad; dejarla sin título deja la puerta entreabierta para que el propio artista, si hace falta, diga después que nunca quiso decir eso.
Hay una tercera posibilidad, menos dramática, que tiene que ver con el ritmo de producción. Un artista que expone con frecuencia —y en la escena avileña varios lo hacen— no siempre llega al montaje con tiempo para pensar el nombre de cada pieza nueva. «Sin título» se vuelve entonces un comodín de última hora, una solución de imprenta más que una declaración estética. La sala tiende a leer esto como filosofía cuando a veces es solo que el catálogo cerraba esa tarde.
Lo que me parece cierto, después de ver la fórmula repetirse en tantos salones, es que probablemente conviven varias respuestas en la misma exposición, incluso en el mismo artista según el día. Un escultor puede dejar sin nombre la pieza que más lo expone y titular sin dudar la que resolvió como puro ejercicio técnico. El silencio del título no es uniforme: cambia de función según lo que la obra arriesga.
Si algo debería hacer el crítico frente a un «Sin título» es resistir la tentación de rellenar ese vacío con su propia interpretación disfrazada de objetividad. El gesto del artista —pereza, estrategia, o simple urgencia de imprenta— merece quedar registrado como lo que es: una pregunta abierta que el reseñista no tiene por qué responder en su lugar. A veces el silencio se explica solo.