El curso lectivo 2025-2026 llega a su fin en Cuba de manera inédita. Sin las tradicionales pruebas finales en la mayoría de los niveles ni la discusión exhaustiva de trabajos integrales, las aulas cierran sus puertas antes de lo previsto. ¿Las causas? La aguda crisis económica, las crecientes carencias de recursos y el asedio, sobre todo energético, del gobierno de Estados Unidos, quien no descarta incluso una agresión militar para forzar un cambio de régimen.

En Primero de Enero —como en el resto de la Isla— acontece un cierre anticipado y escalonado, pues se adelantó el fin del curso, realizándose entre el 15 y el 30 de junio de 2026, tal como lo dispuso el Ministerio de Educación.

Como parte de las medidas excepcionales se suprimieron los exámenes de ingreso a la Educación Superior, usando como único criterio el índice académico. Se priorizaron los grados terminales (sexto, noveno y duodécimo) y se flexibilizó el proceso evaluativo sin renunciar al rigor.

En este escenario, la escuela —espacio tradicional de socialización y evaluación— ha finalizado antes de lo habitual. En medio de la atipicidad resurgen las esencias. Las familias enfrentan ahora un rol determinante: velar porque sus hijos no pierdan el hilo del conocimiento ni alberguen desmotivaciones.

Ante la ausencia total de combustible, las limitaciones logísticas y el recrudecimiento del bloqueo estadounidense, el impacto directo sobre el sistema educacional resulta evidente. El desgaste humano y la precaria alimentación que desprenden los hogares cubanos también impactan en la asistencia tanto de docentes como de alumnos a las aulas.

De igual modo, la persecución atroz y multifacética de la Administración Trump le añade tropiezos a la llegada de los libros correspondientes al perfeccionamiento de la educación a manos del maestro y del estudiante, mientras que las afectaciones congestionan además el suministro de víveres en procesos cruciales como la transportación y la cocción. Humanamente los costos resultan incalculables.

Pero esa capacidad de resistencia, de creatividad innata, es el sostén para que el cubano se mantenga en pie. En la educación hubo adecuaciones en el calendario escolar, se redujo la presencialidad y afloraron sistemas evaluativos más flexibles. Abundaron las afectaciones, pero no los imposibles.

El curso escolar dejó su huella como otro período más que exhibe la voluntad y sensibilidad extraordinaria de una buena parte de la ciudadanía.Cuando hizo falta se compartió la merienda, el libro, el consejo. Afloraron, otra vez, las esencias.

A pesar del contexto —tan costoso en el plano de la subjetividad— maestros, alumnos y familias preservan la añorada congregación de fin de curso. Esa fiesta —como suele decírsele desde la primera infancia hasta al menos la secundaria— consolida las esencias del estudiante cubano, basadas como es sabido en la fraternidad, el disfrute colectivo, la exposición de anécdotas que hicieron amenos los días precedentes en el aula.

El rigor evaluativo de la última etapa no fue el mismo; por tanto, la conformidad con lo aprendido por los niños y adolescentes no debe bastar. La importancia de la escuela y del aprendizaje de las materias del programa docente no pueden parar en el regazo del olvido. Tras el cierre actual son vitales las pinceladas educativas y el repaso de ciertos contenidos o habilidades, como la lectura.

Ha sido notorio el análisis casuístico de la situación actual en la Isla, donde también se sumerge el proceso docente educativo. Resulta perceptible el esfuerzo colectivo. Vale la reiteración. Para llegar a feliz término hubo sacrificio en demasía. Desde la perspectiva del maestro, amén de las vicisitudes del hogar, el compromiso con el aula, marchó en primer orden.

Influyó, claro, el fuerte desamparo a deshora que provoca la ausencia de electricidad; pero el programa de clases, las actividades experimentales, las tareas extra clases, la educación física y el vínculo con la exploración y campismo y los huertos escolares formaron parte del día a día de los pioneros.

Ningún agente causal frenó el paso del curso escolar en Primero de Enero. Manos entrelazadas vencieron el día a día sin que faltara cada proceso enmarcado en la sonrisa del niño. Aunque la mano imperial apretó (y aprieta) la garganta de la cotidianidad cubana ؅—incluído el sistema educacional— el 4 de abril la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) concretó su cumpleaños una vez más con la certeza histórica desde la inocencia y el carisma de la infancia.

Tampoco detuvieron la marcha los pequeños de la banda rítmica de los Círculos infantiles, ni se laceró el crecimiento profesional de la agrupación Los Hijos del Monte, grupo de niños que desde el Consejo Popular Pedro Ballester garantizan la continuidad de las tradiciones haitianas en Primero de Enero.

Finalizan las clases, pero toma auge la etapa estival. El verano que comienza no puede reducirse, por ejemplo, a que los niños coqueteen demasiado con las nuevas tecnologías ni pasen horas interminables frente a teléfonos y pantallas.

Resulta imprescindible motivarlos a repasar las materias esenciales, incluso vinculadas a escenas de la cotidianidad, afianzar nociones básicas de Matemática, y sobre todo, socializar en tiempo real. El verano debe ser también sinónimo de integrarse a las actividades que desde la escuela y la comunidad se organicen: círculos de interés, juegos dirigidos, concursos de conocimientos o sencillos encuentros deportivos. Todo ello ayuda a mantener viva la relación del niño con el aprendizaje y con los demás.

No se trata de suplir la rigurosidad del sistema docente, sino de no perder de vista que cada concepto asimilado, cada problema resuelto y cada libro leído construyan los cimientos de su futuro. Las complejidades económicas no pueden convertirse en excusa para abandonar la enseñanza, que puede moldearse también desde la casa.

Urge hacerle entender a los más jóvenes que, pese a las amenazas externas y al desabastecimiento interno, el saber sigue siendo el principal escudo para enfrentar la adversidad. Pero también hay que explicarles, sin dramatismos, la importancia que tiene la escuela en la formación del ser humano: allí no solo se descifran materias, pues se forjan valores, se aprende a convivir, a debatir, a respetar criterios distintos.

En las circunstancias actuales, ahora que se materializa el cierre del período lectivo, la tarea de maestros y padres es hoy más autóctona que nunca: convertir la sala en biblioteca y la conversación en clase.

El verano es una oportunidad para demostrar que aprender no es un acto mecánico ni una obligación escolar, sino una actitud ante la vida. Porque un país que garantiza el aprendizaje de sus niños, aunque sea con dificultades, está sembrando la esperanza de un porvenir mejor.

 

Pese a las adversidades, el sistema educacional cubano trabajó para garantizar la continuidad de estudios de los adolescentes y jóvenes. Estas (y otras) esencias reflejan cómo el curso escolar 2025-2026 en Cuba se desarrolló en un contexto de extrema presión externa, pero también de creatividad, solidaridad y firmeza en la defensa del derecho universal a la educación.

Tomado de Invasor

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