«Muerte me llama» de Raúl Doblado del Rosario, publidado en el volumen poético Casa del viento (Ed. Ávila, 2007) es un poema que se acomoda en el fondo del alma y renueva las ansias de vida. Quizás porque detrás de un poeta hay un ser humano que palpita, y un sueño que acumula calendarios.
Lo cierto es que desde el mismo proemio de este libro, redactado por la escritora y quien estuviera a cargo de la edición del mismo, Carmen Hernández Peña, se reseña a este literato como un hombre bueno que fue herido y fue incapaz de herir, hasta donde la también ensayista conoce. Y la bondad se desborda en cada verso, en la poética de Raúl Doblado.
Pero siempre hay uno o dos poemas que destacan. Y ahora este, es el que me desvela a casi 20 años de la publicación del ejemplar hermoso que no debería reposar solo en anaqueles, entre columnas y columnatas de polvo, sino, también, en el subsuelo del ser humano. No para que duerma un sueño más profundo, sino para que abone el suelo de la fantasía, el amor, y esa patria solitaria y servil que todos tenemos dentro.
He aquí mis palabras por este texto.
En diez versos de factura libre pero sostenida tensión interna, Raúl Doblado del Rosario enfrenta el tema de la muerte no desde la resignación ni el patetismo, sino desde una postura de resistencia activa y casi física. El poema instala desde su título una situación dramática: la muerte interpela al sujeto lírico, y este responde con toda la vitalidad de que es capaz.
La imagen inaugural del poema —»Al extremo violento de la cuerda / ella tira de mí»— establece de inmediato una metáfora espacial y corporal de gran eficacia: la muerte y el yo poético están unidos por una cuerda en tensión, como en un juego de fuerza donde cada extremo pugna por imponerse.
El adjetivo «violento» no califica a la muerte directamente, sino al extremo de la cuerda, lo que sugiere que la violencia es inherente a esa zona límite entre la vida y su fin. Es un comienzo in medias res que sacude al lector y lo sitúa de inmediato en el centro del conflicto.
Frente a la tracción de la muerte, el poema despliega los contrapesos que anclan al sujeto a la vida: la tierra, la raíz, el hijo, el ave, el canto. Esta enumeración no es casual ni decorativa; cada elemento representa un vínculo concreto con el mundo de los vivos, una razón de permanencia.
La tierra que «acoge la raíz» introduce además una imagen paradójica, pues la tierra es también el destino final del cuerpo; sin embargo, aquí funciona como sustento y no como sepultura, lo que revela la complejidad semántica con que trabaja Doblado del Rosario.
El verso central del poema —»pero yo, limalla entre dos polos»— constituye quizás la imagen más original y filosóficamente densa de todo el texto. La limalla, ese residuo metálico que queda entre dos fuerzas que frotan o cortan, define al sujeto como un ser atrapado entre la vida y la muerte, reducido aparentemente a fragmento y desecho.
Sin embargo, el poeta no acepta ese destino: «me resisto a un destino de limalla» es la declaración que invierte el significado y convierte la conciencia de la propia fragilidad en punto de partida para la rebeldía.
El cierre del poema opera con la misma lógica ascendente que caracterizaba a uno de los poemas iniciales del volumen en cuestión, «Ser»: el sujeto «levanta la cabeza al cielo puro» y se apresta a saltar sobre las fibras de la cuerda que lo amenaza. El gesto de elevar la mirada hacia el cielo funciona como un acto de dignidad y de reorientación vital, mientras que la acción de saltar sobre las fibras implica no solo resistir sino superar activamente el destino que la muerte le impone. El poema no promete victoria, pero sí voluntad irreductible.

En conjunto, «Muerte me llama» dialoga de manera profunda con ese poema, «Ser», conformando en Casa del viento una poética coherente de la resistencia existencial. Si en «Ser» el poeta enumeraba las condiciones para ser invulnerable, aquí las pone a prueba frente al desafío más radical. Doblado del Rosario demuestra una vez más que su escritura no evade los grandes temas, sino que los afronta con imágenes precisas, tensión sostenida y una convicción que convierte cada poema en un acto de afirmación vital.
