Desde que era muchacho discutía largas horas con mis amigos sobre la diferencia entre un artista y un intérprete, entre un artista y un creador. Los criterios siempre variaron, pero el mío se mantuvo intacto. Al cabo de los años, sigo pensando que la diferencia es mínima, pero hay diferencias. No se trata de una frontera rígida ni de una jerarquía moral, sino de una distinción funcional, casi orgánica, que atraviesa la historia del arte y se vuelve especialmente visible en las artes escénicas.

Desde una perspectiva académica, la diferencia fundamental radica en el origen frente a la mediación. El artista-creador —compositor, dramaturgo, coreógrafo, artista visual— es quien genera el núcleo conceptual y estructural de la obra. Su trabajo establece un marco, una arquitectura de sentido: la partitura, el texto, la coreografía, el concepto. Ese gesto inaugural define las posibilidades del acontecimiento artístico. El intérprete, en cambio, es quien encarna ese marco y lo traduce en una experiencia sensible, concreta, situada en un tiempo y un espacio específicos. No inventa el plano original, pero lo vuelve vivo.

Esta distinción no implica pasividad por parte del intérprete. Desde el punto de vista cognitivo y neurocientífico, el creador suele operar en registros de abstracción, imaginación y proyección; el intérprete, por su parte, activa complejas redes de control ejecutivo, memoria procedural, percepción fina y empatía emocional en tiempo real. Interpretar no es copiar: es decidir, ajustar, arriesgar. Cada ejecución es una toma de posición frente a la obra.

La teoría del arte ha reflexionado largamente sobre esta relación. Nelson Goodman propuso la diferencia entre artes alográficas y autográficas. En las primeras —como la música o el teatro— la obra es una estructura abstracta que necesita ser realizada para existir plenamente. Una sinfonía no suena hasta que alguien la interpreta. Aquí la separación entre creador e intérprete es clara, pero también inevitablemente colaborativa. En las artes autográficas —como la pintura o la escultura— la obra es un objeto único, inseparable de la mano que la produce. No hay, en sentido estricto, un intérprete distinto del artista.

Sin embargo, incluso en las artes alográficas, el intérprete no es un simple transmisor neutro. Dos músicos tocando la misma partitura producen experiencias radicalmente distintas. La obra-tipo permanece, pero cada interpretación es una obra-instancia irrepetible. En ese sentido, el intérprete es coautor del acontecimiento artístico, aunque no del texto original.

Más que una dicotomía, lo que existe es un espectro de agencia creativa. En un extremo, el intérprete busca la máxima fidelidad a un texto preexistente, como ocurre en ciertas tradiciones de la música clásica. En el otro, el intérprete genera material nuevo a partir de consignas mínimas, como en la danza contemporánea o la performance. Entre ambos polos se despliegan múltiples formas de colaboración: actores que construyen personajes más allá del texto, directores de orquesta que redefinen el pulso y el carácter de una obra, performers que se convierten ellos mismos en el centro conceptual de la pieza.

Hay casos en los que la distinción prácticamente se disuelve. El jazz es paradigmático: el intérprete improvisa, compone y ejecuta simultáneamente, creando obras efímeras en tiempo real. El teatro devised, el actor-creador, el bailarín-coreógrafo o el músico-compositor encarnan figuras híbridas donde la creación y la interpretación son momentos de un mismo proceso. Beethoven escribiendo para su propio virtuosismo o un coreógrafo creando sobre su propio cuerpo son ejemplos claros de esta fusión.

Desde una perspectiva sociológica, el estatus del creador ha sido históricamente superior al del intérprete, asociado al mito del genio y a la idea de autoría original. El intérprete fue visto durante siglos como un ejecutante, un artesano refinado. Sin embargo, el siglo XX transformó radicalmente esta percepción. Grandes intérpretes —directores, cantantes, bailarines— pasaron a ser reconocidos como artistas plenos, capaces de imprimir una identidad tan poderosa que redefine la obra misma. En muchos casos, el público asiste tanto por la obra como por quien la interpreta.

Esta evolución nos conduce a una conclusión inevitable: la obra de arte, en muchas disciplinas, no existe de manera completa ni en la idea pura del creador ni en la destreza aislada del intérprete. Existe en el espacio de tensión y diálogo entre ambos. El artista establece el marco; el intérprete lo habita, lo pone en riesgo, lo actualiza. Uno inventa la posibilidad; el otro la vuelve presencia.

Quizás por eso sigo pensando que la diferencia es mínima, aunque real. No porque ambos roles sean idénticos, sino porque se necesitan de forma tan profunda que separarlos del todo empobrece la experiencia artística. En el arte contemporáneo, cada vez más, el intérprete deja de ser un medio transparente y se afirma como un artista en su propio derecho, recordándonos que toda obra viva es, en última instancia, un acto compartido.

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