Un 25 de noviembre más, en estos tiempos convulsos, la figura de Fidel Castro se revela inevitable. La historia del deporte cubano lleva el sello indeleble de Fidel, visionario que transformó la actividad física de privilegio elitista en derecho popular y herramienta de soberanía nacional. Su revolución deportiva, cimentada en valores humanistas y solidarios, elevó a una pequeña isla caribeña al podio olímpico mundial.
Al triunfar la Revolución en 1959, Cuba heredó un panorama desolador: instalaciones precarias, profesionalismo mercantilizado y acceso restringido a élites. La respuesta fue radical y contundente. En 1961 decretó la abolición del profesionalismo, eliminando los contratos rentados y reconceptualizando el deporte como bien social.
Ese mismo año creó el INDER, instituto que centralizó políticas para masificar la práctica deportiva, fusionando educación física, alto rendimiento y recreación popular. «Construiremos miles de campos en toda la República», había prometido en 1959. Y cumplió: Escuelas de Iniciación Deportiva (EIDE), academias provinciales y centros terapéuticos surgieron desde La Habana hasta las más recónditas zonas rurales.
Fidel diseñó un modelo piramidal único, inspirado en el bloque socialista pero con identidad cubana. Los Juegos Escolares Nacionales escrutaban talentos en cada rincón del país. Niños campesinos como Teófilo Stevenson o Ana Fidelia Quirot fueron descubiertos aquí. Los atletas recibían educación académica junto a entrenamiento especializado. «El deporte es fuente de voluntad, constancia, vigor físico y agilidad mental», enfatizaba.
Con entrenadores de Europa del Este (URSS, RDA) moldeando técnicas, Cuba comenzó a exportar sus propias metodologías a América Latina.
El cenit llegó en Barcelona 1992. Tras ausentarse en Los Ángeles 1984 y Seúl 1988 por boicots políticos, Cuba irrumpió con furia redentora: 14 oros, 6 platas, 11 bronces – quinto lugar mundial -, superando a potencias económicas como Alemania.
Todavía hoy asombra semejante hazaña. El mando y la visión de Fidel fueron fundamentales.
Fidel edificó un sistema sin paralelo en el Tercer Mundo, donde el deporte fue vehículo de movilidad social, orgullo nacional e internacionalismo. Su «cultura deportiva humanista» priorizó el acceso universal y la solidaridad.
Hoy, mientras Cuba lucha por mantener su legado ante limitaciones económicas, las palabras del colega Joel García resuenan como advertencia: «La historia del deporte cubano no cabe en un post o un reportaje. Ojalá volvamos a ella con ganas».
En ese equilibrio entre memoria y futuro, entre soberanía y apertura, se juega el próximo round del milagro que Fidel un día forjó.