- Mijaín, Cuba (2025), es uno de los cuatro documentales cubanos que participan en la vigésima edición del Festival Internacional del Cine Pobre de Gibara 2026, con fecha del 14 al 18 de julio
Cuando el árbitro pitó el final del combate por la medalla de oro, en los 130 kilogramos de la lucha grecorromana, en las olimpiadas de París, nos inundó tanto el orgullo del triunfo de Mijaín López que olvidamos, por ese instante, que no habría más Mijaín López, tal y como lo conocemos, sobre un colchón y derribando moles.
Mijaín, el documental, tiene ese virtuosismo de expandir la épica de López. Su valor radica ahí, en devolvernos lo que pensábamos que había acabado cuando el árbitro alzó los brazos del Gigante de Herradura en señal de victoria.
Tal vez sin ser totalmente conscientes, nos hacía falta ver de nuevo a Mijaín, sin el temor de la derrota, sin la pena de haberle hecho responsable de levantar en peso a un país, con la seguridad plena de que traería un pedazo de Eiffel colgando en el cuello.
Pero incluso, sabiendo cómo acababa la historia, el documental logra ponernos en tensión una vez más, vuelve a asustarnos la pelea con el entonces campeón mundial y nos regresa a nuestra lucha frente al televisor durante aquel agosto de 2024.
El filme de Rolando Almirante, Ángel Alderete y Héctor Villar empieza, precisamente, con una de las imágenes más tristes y felices y heroicas del olimpismo: Mijaín dejando sus zapatillas en el colchón de París.
Lo habitual, es asistir a la decadencia de los atletas, a la agonía del retiro. Con López había sucedido algo especialmente raro. A los 41 años, Mijaín seguía en la cúspide de su carrera, seguía invencible y seguía produciendo gestas.
París 2024 lo convirtió en el único deportista del mundo con cinco títulos bajo los cinco aros en una misma prueba individual.
Por esos días, los medios de prensa influyentes compartieron la noticia, asediaron con entrevistas a López, intentaron descifrar sus destrezas, verificaron los récords y lo comenzaron a comparar “con tal y más cual” deportista.
En las primeras semanas de agosto de 2024 se dijo de todo acerca de Mijaín. No existía nada nuevo que contar sobre el niño que nació en un pueblito pinareño no identificado en ningún mapa y que, muchos años más tarde, pudiera subirse a lo más alto de una escultura visitada anualmente por 70 millones de personas.
Sin embargo, Almirante, Alderete y Villar tuvieron el atrevimiento de realizar un documental.
Un documental deportivo huyendo del deporte, saltándose los clichés y esquivando el sensacionalismo que tanto disgustaba al entrenador Raúl Trujillo.
“Este no es un documental sobre deportes. Evidentemente, el deporte es un personaje. Con ver los giros te das cuenta de que va mucho a la antropología de la familia, a los sentimientos del héroe, a los resortes que lo mueven como deportista, transitando por los sacrificios tremendos y una fe muy grande”, dice Almirante.
Retrata, por supuesto, los momentos esenciales de la cita parisina, antes, durante y después. Usa los tiempos en favor de una narración conmovedora.
Pero, al mismo tiempo, encuentra valores objetivos. Explica la cotidianidad del luchador desde las voces de especialistas de la salud, el entrenador y otros deportistas.
“Cuando empezábamos el guion final hubo muchas aproximaciones a cómo contar la historia. Decidimos utilizar una estructura dramática que te permite armar tu relato, basado no solo en un hecho noticiable, sino en un hecho Patria”, dice Almirante.
Momentos previos a la pelea por el oro, Yasmani Acosta dice que es un privilegio competir con Mijaín López, que hay que aprovecharlo ahora. Acosta representó a Chile, pero es hijo de Cuba.
En otro tiempo histórico, tal vez hubiera sido campeón olímpico. Sin embargo, prefiere haber coincidido con López y el costo de las derrotas.
La pieza de Almirante, Alderete y Villar capta esas esencias, junto a la manera tan espontánea, por instantes ñoña y por instantes fuerte, de Leonor Núñez, la madre de Mijaín. Observa el comportamiento de la familia de Trujillo y conserva la gracia de la gente de Herradura.
“Me acudía todos los días el temor de no hacer un documental a la altura. Afortunadamente nos fuimos superando, aunque todo el tiempo fue un reto. Poco a poco, Mijaín fue abriendo su corazón y nos fue dando pistas de a dónde tenía que tocar”, cuenta Almirante.
La película tiene un carácter bastante íntimo. Desnuda por completo esa imagen exclusivamente ruda que acompaña siempre a la figura de López. Lo viste de un heroísmo auténtico. Su trascendencia no está en volver a enseñarnos la fuerza de Mijaín, sino en la muestra de humildad de un hombre de 130 kilos que reposará junto a dioses griegos.
Y eso emociona. Almirante revela que Mijaín lloró con el documental. Ni esa mole ni nosotros pudimos contenernos. Quizás nunca antes habíamos experimentado ver a un hombre teniéndolo casi todo y simplemente queriendo volver a donde no existe casi nada. O viceversa.
“Esta casa es un país”, dice Mijaín. La casa es la casa donde creció. Una casa en el campo, sin más lujos que las medallas suyas y las de sus hermanos, con olor a las recetas de su madre y los regaños de Don Bartolo López, el hombre al que fue dedicado el último oro.
Mijaín, durante seis minutos, fue un país. Mijaín, durante 80 minutos, también lo fue.
Tomado de Invasor