Hace casi 19 años, un joven Lionel Messi fue fotografiado junto a un bebé como parte de una campaña benéfica. Quiso el destino que esa criatura, llamada Lamine Yamal, de una forma absurdamente increíble se convirtiera en la mayor promesa del fútbol actual y enfrentara al astro argentino en una final de Copa del Mundo.

Nunca se vieron las caras en un terreno de juego hasta ayer, en el máximo escenario del mayor deporte que se haya jugado, y uno creería que solo en películas pueden suceder cosas así, mas fuimos testigos de lo contrario.

Ajena a esa historia corría la trama del héroe inesperado, no por falta de calidad, sino por sobra de críticas, que en España es mucho que decir. Ferrán Torres hace semanas susurraba “que sea gol, que sea gol” cuando marcó el quinto tanto de La Roja frente a Arabia Saudita, pero vio con frustración cómo fue anulado por fuera de juego.

Del otro lado, una Argentina que llegó bajo la guía de su capitán por tercera vez a esa instancia en las últimas cuatro citas planetarias con menos solvencia que su rival, pero con una garra y un empuje que los colocaba como aspirantes a lograr la supremacía.

Los ibéricos lo sabían y por eso salieron con todo desde el inicio. No tardó mucho para que Lamine tuviera la primera gran oportunidad en el ataque, pero Emiliano Martínez, el Dibu, detuvo la finalización de la joven joya española.

Mikel Oyarzabal y Marc Cucurella también tuvieron cerca la oportunidad de inaugurar el marcador, pero la dicha no les acompañó.

Si de suerte se trata, a la albiceleste le faltó cuando Lisandro Martínez, cerca de terminar el primer tiempo, pidió el cambio por molestias físicas y al seleccionador argentino, Lionel Scaloni, no le quedó más remedio que hacer la sustitución tempranera.

Para ese momento ya era manifiesta la superioridad de España, pero de alguna forma persistió el cero a cero cuando el partido se fue al descanso.

En el segundo, los sudamericanos buscaron revertir la situación con sustituciones, una de ellas obligada por otra lesión, esta vez de Cristian Romero, por lo que Argentina se quedó sin sus dos defensas centrales titulares desde temprano y sin posibilidad de buscar opciones ofensivas.

Mientras tanto, el implacable dominio español seguía. Ya acumulaban una buena cantidad de remates, varios de ellos a puerta, mientras que su rival no tenía ninguno y apenas había amenazado.

La opción que le quedaba a los tricampeones era seguir aguantando embates y esperar a que surgiera alguna oportunidad en ataque que pudieran aprovechar, pero el colmo llegó cuando Enzo Fernández, quien tenía una tarjeta amarilla, le hizo una falta desmedida a Pau Cubarsí en el 82’ que mereció la segunda amonestación y dejó a los suyos con un hombre de menos.

Noventa minutos, sin embargo, no fueron suficientes, en gran parte gracias al Dibu Martínez, quien no paraba de hacer atajadas asombrosas. En ese momento España acumulaba 15 remates, mientras que Argentina permanecía con cero.

Fue entonces preciso jugar la prórroga, cuyo primer tiempo no fue diferente a lo visto en todo el partido. Ahí La Roja atacó y logró marcar, pero la acción fue invalidada por una falta previa. El segundo traería el momento decisivo.

Al 106’ Nico Williams bajó de cabeza un centro y le dejó el balón servido a Ferrán Torres, quien definió con un disparo a la parte alta de la portería para marcar el gol más importante de la historia reciente de España y poner el uno a cero que quedó para la posteridad.

Tuvo una dosis de justicia el hecho de que la anotación de la victoria fuera de un hombre cuestionado hasta el cansancio, persistente como pocos y con un hambre de fútbol que él mismo llama mentalidad de tiburón.

El héroe inesperado de la segunda estrella sobre el escudo de la selección, aunque no el único, pues pocos equipos han dominado un mundial con tanta comodidad como lo hizo España desde el inicio hasta una final donde tuvo veinte disparos contra solo dos de su oponente.

Fue también este el mundial de Messi, de Mbappé, de Haaland, de las despedidas de Cristiano, Modriç y Neymar Jr, de la multitud noruega remando, del colorido de las calles mexicanas, de los estadios repletos, del sorprendente Cabo Verde de Vozinha, y ahora solo queda esperar cuatro años para volver a ver algo similar.

Tomado de Invasor

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