El Centro de Ingeniería Ambiental y Biodiversidad de Ciego de Ávila (CIBA-CA) arribó a su aniversario 34, como un referente indiscutible de la ciencia cubana, con una trayectoria que, desde sus orígenes en los años más duros del Período Especial, ha sabido evolucionar y diversificarse para responder a los desafíos ambientales y productivos del país.

Corría el año 1992 cuando, en medio de las apremiantes carencias de aquella etapa crítica, un grupo de jóvenes científicos avileños, con el respaldo de la máxima dirección del Partido en el territorio y la Academia de Ciencias de Cuba, decidió apostar por el conocimiento como vía para sortear las dificultades. El 17 de julio de ese año nació el Centro de Investigaciones de Bioalimentos (CIBA), con una misión clara y necesaria: encontrar alternativas para la alimentación animal a partir de fuentes adicionales, reduciendo a la vez la contaminación ambiental.

Aquella semilla, plantada con vocación de servicio y audacia científica, no ha dejado de crecer.

Tres décadas y cuatro años después comenzó a investigar el mejoramiento biotecnológico de sustratos lignocelulósicos de la industria azucarera —con tecnologías como la torula y la biomasa proteica casera para la producción porcina— ha ampliado su espectro hasta convertirse en un polo multidisciplinario.

Su evolución no ha sido azarosa, sino el fruto de una visión estratégica que le ha permitido transitar desde la producción animal hacia la gestión ambiental integral, sin perder nunca su esencia transformadora.

En sus primeros años, el CIBA sentó las bases de lo que sería su sello distintivo: la integración de sistemas sostenibles. Proyectos como la incorporación de ovinos en plantaciones de frutales o la siembra de leguminosas como abono verde demostraron que era posible armonizar la producción con la conservación de los suelos. Esa capacidad para mirar más allá de lo inmediato le valió el reconocimiento de la FAO.

Pero el centro no se detuvo. En el período de 1998 a 2003, la mirada se extendió hacia la digestión anaerobia y el biogás, con la construcción de una planta demostrativa en la destilería Nauyú en colaboración con una empresa alemana.

La agricultura urbana y suburbana, la transferencia tecnológica al campesinado y la creación de espacios de divulgación evidenciaron su compromiso con la socialización del conocimiento y la capacitación popular.

La segunda década del siglo XXI trajo consigo nuevos horizontes. El CIBA incursionó en el control de especies exóticas invasoras en ecosistemas vulnerables, en la gestión de cuencas hidrográficas y en la implementación de Sistemas de Gestión Ambiental en el sector empresarial.

Fue entonces cuando su objeto social comenzó a inclinar el péndulo hacia la temática ambiental, enriqueciendo su cartera de servicios con diagnósticos ambientales, estudios de peligro, vulnerabilidad y riesgo, y la elaboración de documentación para licencias ambientales.

El año 2020 marcó un hito en su redimensionamiento. El centro reorientó su estrategia científica hacia las prioridades nacionales, alineándose con la Tarea Vida Cuba y el enfrentamiento al cambio climático.

Nació así el CIBA-CA como Centro de Ingeniería Ambiental y Biodiversidad, una denominación que sintetiza su identidad actual: ingeniería para resolver problemas concretos, ambientalismo para proteger los ecosistemas y biodiversidad como eje transversal de toda su obra.

Hoy, sus líneas de investigación se despliegan en dos grandes vertientes. En el ámbito ambiental, el centro trabaja en la protección de recursos hídricos, la rehabilitación de dunas costeras en las playas de Jardines del Rey, el manejo de especies exóticas invasoras y el desarrollo de energías renovables a partir del aprovechamiento de residuales.

En producción animal, mantiene su liderazgo en la evaluación de alternativas alimenticias para cerdos, ovinos y caprinos, el rescate del cerdo criollo cubano como raza autóctona y la producción de abonos orgánicos.

La diversidad de su quehacer —que abarca desde estudios de peligro por intensas lluvias y sequía hasta la repoblación de manglares y la asesoría a empresas turísticas— no es más que el reflejo de una vocación que ha sabido leer los tiempos y anticiparse a las necesidades del territorio y del país.

 

Y lo ha hecho sin perder la capacidad de autofinanciarse, demostrando que la ciencia cubana puede ser sostenible económicamente sin renunciar a la excelencia.

En estas 34 primaveras, el CIBA-CA ha formado recursos humanos de alto nivel, ha construido alianzas con universidades y otros centros científicos, y ha tejido una red de vínculos con los sectores productivos que lo convierten en un actor indispensable para el desarrollo de Ciego de Ávila.

Su historia es la historia de una institución que, nacida en la adversidad, supo convertir los obstáculos en oportunidades y las carencias en estímulos para la innovación.

Hoy, cuando el mundo entero busca respuestas para un desarrollo verdaderamente sostenible, el CIBA-CA celebra su aniversario con la certeza de que el camino recorrido es apenas el comienzo. Porque su mayor fortaleza no está en los logros alcanzados, sino en la capacidad —demostrada a lo largo de más de tres décadas— para reinventarse, ampliar sus fronteras y seguir siendo, desde el centro de Cuba, un faro de ciencia comprometida con la vida.

Tomado del perfil de Facebook del Ciba

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