Hay una tentación fácil frente a este cuadro nocturno de mi buen amigo Darling Abstengo Ríos, con luna llena y una barca solitaria: caer en el cliché romántico, en la postal de calendario. Esta obra la esquiva por poco, y ese «por poco» es justamente lo interesante.

Una obra a lo tradicional en cuanto a técnica; colmada del cubanismo más acérrimo porque no solo trabaja con la imagografía insular, sino que, además, toca el tema de la emigración, el desamparo, desarraigo, el abandono; así también nos devuelve al mar que nos alimenta, impulsa, nos ahoga.

Y la Isla, fantasmal, casi parte de ese océano, como que asume los desafueros de una madre al mirarnos desde la cercanía más tácita, sin saber nosotros si con aceptación o simple desgano al no poder hacer algo más para salvarnos. Y nos despide, así en silencio, resignada.

La composición reduce el paisaje a tres franjas —nube, luna, mar— y en la más baja de ellas, casi como una firma involuntaria, coloca al único elemento humano; una figura menuda con sombrero, remando. No hay más personajes, no hay más relato que ese. El pintor apuesta todo a la economía, y esa apuesta funciona.

«Cuando sale la luna / se pierden las campanas / y aparecen las sendas / impenetrables.»

Ahí está el primer acierto formal: la senda impenetrable de Lorca se vuelve, en el lienzo, un camino de luz que el astro traza sobre el agua, curvo, casi una guadaña reflejada de la nube que pesa arriba. El fondo, contenido, cuadra bien porque la pintura no ilustra el poema línea por línea (no hay campanas, no hay pueblo), sino que traduce su clima: un mundo que se cierra sobre sí mismo apenas sale la luna. Lo que se pierde en la superficie textual del poema —la referencia auditiva, las campanas que dejan de oírse— se gana en la superficie pictórica como silencio visual: el negro profundo que rodea al bote no tiene ni una estrella, ni un horizonte de tierra. La ausencia está bien pensada.

Pero está la isla de Cuba, en su más absoluta ausencia.

El título tomado del fragmento, sin embargo, plantea un problema que el propio cuadro no resuelve del todo. «La luna asoma» nombra el fenómeno central, sí, pero deja fuera la pieza que más trabajo pictórico concentra: la nube. Alargada, fibrosa, ocupando casi un tercio superior del formato, la nube compite con la luna en protagonismo y en factura —está resuelta con más matices de gris que el resto del cuadro— y el título no da cuenta de ella. Un espectador que llegue solo con el rótulo puede perderse el verdadero centro de gravedad compositivo, que no es el astro sino esa masa nubosa que amenaza con tragárselo.

Por otro lado, pareciera que el poema al pie del cuadro, está demostrando que estamos ante una ilustración, no ante una obra independiente y soberana como la bandera cubana. Y así debió ser siempre. Quizás hacer referencia a Lorca en el título; quizás no hacerle referencia, no lo sé. Lo que sí me parece es que le sobra la coletilla del verso, ahí tan abajo, como saliéndose de esta foto que subo a la página.

«Cuando sale la luna, / el mar cubre la tierra / y el corazón se siente / isla en el infinito.»

En la técnica, el pintor trabaja en escala de grises con una disciplina que vale la pena señalar: los blancos están reservados casi por completo al disco lunar y a su estela sobre el agua, lo que concentra toda la luz de la pieza en dos puntos y deja el resto del lienzo en una gama de negros y grises que exige control de valores, no de color. Ese control se sostiene mejor en el cielo —la textura de la nube, con sus bordes deshilachados, tiene una factura cuidadosa— que en el mar, donde el oleaje se resuelve con un patrón algo repetitivo, casi decorativo, que le resta la variación tonal que sí tiene la parte superior del cuadro. La figura del pescador, en cambio, está bien resuelta: apenas una silueta, sin rasgos, y sin embargo suficiente para cargar toda la soledad que el poema pide.

Lo que pudiera también sobrar, si hay que ser exigente, es la previsibilidad de la escena en sí. El recurso de la barca diminuta contra la inmensidad nocturna tiene largo recorrido en la pintura marina, y esta obra no propone una vuelta de tuerca sobre ese lugar común más allá de la cita literaria que la sostiene. Lo que se gana, en cambio, es la coherencia: cada decisión técnica —la paleta reducida, el foco lumínico único, la escala minúscula de la figura humana— empuja en la misma dirección temática, y eso no es poco. La isla que se siente el corazón, dice Lorca, y ese aislamiento sí queda logrado, incluso donde el cuadro se permite ser previsible.

Es un trabajo técnicamente sólido en su franja lumínica principal, con una relación forma-contenido bien pensada frente al texto que lo acompaña, aunque el título elegido deje sin nombrar a la verdadera protagonista de la composición. Entre la luna que asoma y la nube que la enmarca, el cuadro termina hablando más de esta última de lo que su propio rótulo admite.

Darling, como todo graduado de academia, hace gala de su ingenio. Y lo hace con maestría rotunda. Más toda obra es perfectible. Si lo sabrá él que ha sido jurado y participado en tantos salones como lunas he visto en mi medio siglo de existencia.

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