• José Hernández y Lidianelys Moyano nunca imaginaron que sus vidas se cruzarían desde el primer día de clases en la Universidad de Ciencias Médicas de Ciego de Ávila, donde cursaron la licenciatura en Enfermería. Dos décadas después, comparten el amor de pareja y la misma profesión.

 

A las siete de la mañana, el sol todavía no termina de trepar por la fachada del hospital, pero dentro de la Terapia Intensiva ya es de día. Los monitores cardiacos marcan el compás de la vida con un pitido exacto, y el aire, filtrado y frío, huele a alcohol y a entrega. Aquí, donde el tiempo se mide en respiraciones y la jerarquía la impone la urgencia, José Hernández no es solo el jefe de enfermeros. Es el ancla.

Con la bata impecable y la mirada de quien ha visto demasiado, José recorre las camas. No habla alto, no hace falta. Su presencia es un pacto de silencio y seguridad. A su lado, casi como una sombra sincronizada, Lidia ajusta las dosis de un sedante y anota signos vitales con una caligrafía firme.

Veinte años atrás, cuando sus manos temblaban al tomar la presión por primera vez en la escuela de enfermería, jamás imaginaron que sus vidas quedarían atadas por algo más fuerte que un juramento hipocrático.

Se conocieron en los pasillos de la facultad, entre libros de fisiología y prácticas en maniquíes. Él, el callado que siempre acertaba en los diagnósticos; ella, la meticulosa que no soltaba un caso hasta entenderlo. El amor no fue un relámpago, sino un goteo constante, como el de un suero: lento, vital, inevitable. Hoy, ese amor tiene el rostro de una niña que los espera en casa con la pregunta de siempre: «¿Qué vieron hoy?».

Pero la pregunta que muchos se hacen al verlos trabajar codo a codo es otra: ¿cómo hacen para no llevar a casa el peso de la muerte, la tensión de la jerarquía laboral —jefe y subordinada— y la urgencia de salvar vidas, sin que el matrimonio se resienta?

 

«Tiene que ver con la comunicación», dice José, sin apartar los ojos del electrocardiograma de un paciente. «Aquí las órdenes son claras y el respeto al protocolo es sagrado. Pero cuando cruzamos la puerta de casa, el protocolo lo escribimos nosotros. Si ella tiene una observación sobre mi trabajo como jefe, me la dice en la oficina. Si yo tengo un reclamo, también. En casa, somos José y Lidia. Punto».

Lidia asiente, mientras prepara una jeringa. «No es fácil. A veces, en medio de una urgencia, él tiene que tomar decisiones que yo no comparto del todo. Pero aprendimos que la discusión profesional termina en el ascensor. Si no hiciéramos eso, el estrés nos comería vivos. El amor no es entenderlo todo, es saber cuándo callar y cuándo abrazar».

Esa disciplina, esa casi coreografía de la convivencia, les ha permitido sortear la peor de las tormentas: la pandemia, los apagones, la escasez de insumos, el cansancio de guardias de 24 horas. En la Cuba de hoy, donde tantas parejas se resquebrajan por la presión, ellos han hecho de la UCI su segundo hogar y del hogar su primera terapia.

De ese amor nació su hija, una muchacha que ya habla con la seguridad de quien ha crecido oyendo términos médicos en la mesa. A ella le repiten una y otra vez la misma lección: «Ser enfermero en Cuba no es un trabajo, es una misión».

Y ellos, José y Lidia, han cumplido la suya. No solo con los pacientes que agonizan y vuelven a la vida bajo sus manos, sino con la promesa que se hicieron en un aula abarrotada, cuando el futuro era incierto y el presente, un sueño.

Hoy, al terminar la guardia, el sol de la tarde se cuela por los ventanales del hospital. José apaga el monitor de un paciente que ha logrado estabilizarse y mira a Lidia. Sin palabras, con ese código que solo ellos entienden, se dicen todo. Ella le pasa el maletín, él le toca el hombro. Cruzan la puerta de la UCI y dejan atrás el ruido de las alarmas.

Afuera, el barrio los recibe con el bullicio de siempre. Caminan hacia la casa, donde su hija los espera, y José sonríe. Aunque el mundo se desmorone, aunque el hospital exija más de lo que tienen, él sabe que su lugar está aquí, en esta isla, al lado de Lidia.

Porque si salvar vidas es su oficio, amarse en medio del caos es su mayor victoria. Y en eso, como en todo, no hay jefe ni subordinada. Solo dos enfermeros que, después de veinte años, siguen eligiendo el mismo turno: el de la vida compartida.

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