La difícil situación de la producción de piensos en Cuba, vital para la crianza animal y la producción de carne y huevos, ha sido un lastre persistente para la economía nacional y la alimentación del pueblo.

Como refleja el ejemplo de la fábrica de pienso Leopoldo Reyes en San Cristóbal, la dependencia de materias primas importadas, principalmente maíz y soya, limita severamente la capacidad productiva, encarece los costos y compromete la estabilidad.

Frente a este desafío, la noticia del impulso estatal a los cultivos de maíz y soya transgénicos desarrollados por el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología (CIGB) representa un paso estratégico de alto valor. No es una medida aislada, sino parte de una política consciente para sustituir importaciones, garantizar el alimento animal y avanzar hacia la soberanía alimentaria, como ha señalado el Ministerio de la Agricultura en su sitio web.

LA CIENCIA CUBANA COMO BASE DE LA SOLUCIÓN

Lo más destacable de esta estrategia es que se sustenta en el talento y la capacidad científica nacional. Desde 2020, el CIGB ha trabajado en la creación de variedades transgénicas de maíz y soya diseñadas específicamente para las condiciones de Cuba: resistentes a plagas, tolerantes a herbicidas y adaptadas al clima.

El híbrido de maíz h-Ame15 y las variedades de soya desarrolladas no son un experimento, sino productos con licencias comerciales y sanitarias para su uso en la alimentación humana y animal, lo que garantiza su seguridad.

Los resultados en el terreno, aunque aún en fase de expansión, son alentadores. En Sancti Spíritus, se han logrado rendimientos de hasta cinco toneladas por hectárea, y productores en cooperativas como Seguidores de Vilma destacan que el potencial productivo duplica al del maíz tradicional, además de su resistencia.

Por otra parte, en Villa Clara, la alianza entre la Sociedad Mercantil Porcino, el CIGB y la Universidad Central Marta Abreu muestra el camino de la integración entre la empresa estatal, la ciencia y la academia.

El proyecto trasciende lo local. La producción de semillas originales en el CIGB para su multiplicación en varias provincias, y la aspiración de la UBPC Emilio Hernández en Artemisa de convertirse en una base productiva nacional de estas semillas –con inversiones en tecnología y energía fotovoltaica– apuntan hacia la creación de un sistema semillero soberano. Esto es crucial para romper otra dependencia externa.

RETOS Y DISCIPLINA

Los propios especialistas y directivos involucrados son realistas al señalar los obstáculos: la falta de insumos, limitaciones financieras, altos costos de cosecha y secado, y la necesidad de una estricta disciplina tecnológica para lograr los rendimientos esperados.

La noticia de que en Sancti Spíritus se liberaron 720 hectáreas, pero solo se plantaron 382 es un claro indicador de que entre el potencial y la realidad material hay una brecha que cerrar.

En un contexto de crisis económica y de un recrudecido bloqueo económico, financiero y comercial que obstaculiza las importaciones, Cuba no puede darse el lujo de desaprovechar sus propias capacidades científicas.

Los cultivos transgénicos de maíz y soya, fruto de la biotecnología cubana, no son la única solución, pero constituyen una vía estratégica y necesaria.

Su éxito dependerá de la prioridad que se le otorgue a nivel nacional, la asignación eficiente de recursos y la capacidad de organizar la producción a gran escala con la misma rigurosidad con la que se investigó en el laboratorio.

Tomado de Granma

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