- Una mirada al auge de los eventos de cultura asiática en Morón
En Morón, un municipio de apenas 60 mil habitantes donde las ofertas de esparcimiento suelen oscilar entre la trova y el son, el evento de cultura asiática funcionó como un exutorio generacional. Los jóvenes no solo buscan entretenimiento; buscan pertenecer a una comunidad global sin tener que subirse a un avión.
Aquí encuentran un espacio de nicho donde la estética no es dictada por el catálogo de la emisora y la televisión local, sino por algoritmos globales (TikTok, Crunchyroll, Spotify Coreano). Es un acto de soberanía cultural digital frente a la oferta analógica local. No obstante, esta soberanía es, a menudo, superficial. Se consume el anime sin entender el shinto, se baila K-pop sin distinguir el contexto sociopolítico coreano. Se celebra la «vibra asiática» como un producto estético desechable.
¿Qué busca la juventud que no encuentra en la cultura local? Aquí radica la herida más profunda. La cultura oficial del municipio —a menudo congelada en un discurso patrimonialista— ha fallado en conectar con la intimidad de la juventud moronense.
Mientras la Casa de Cultura ofrece talleres de punto cubano (necesarios, pero anclados en la nostalgia), el manga ofrece historias donde el héroe adolescente supera sus miedos. Los jóvenes de Morón buscan esa épica personal que el arte institucional rara vez les provee.
Los cosplayers locales no esperaron a que les trajeran telas importadas. Reciclaron sábanas, usaron pegamento industrial y cartón. Ese espíritu autogestivo y contractual contrasta con el modelo piramidal de la cultura cubana, donde «el público espera sentado a que la compañía profesional actúe».
El dilema de la identidad: ¿Está esto alejado de nuestra cultura? Sí y no. Está alejado en su iconografía superficial. No hay raíces históricas que vinculen a un joven avileño con el honor samurái. Cuando un moronense imita el saludo japonés, está actuando, no recordando. Pero no está alejado en su esencia práctica. Cuba es un país de sincretismo. Así como la olla arrocera china se adaptó para hacer congris, la cultura asiática se está cubanizando a marchas forzadas.
El verdadero deber no es de los organizadores del evento asiático, sino de las instituciones culturales del municipio. ¿Por qué un joven de Morón prefiere memorizar 150 capítulos de *One Piece* antes que acercarse a la literatura de la Biblioteca Provincial?
La respuesta es cruel: la cultura local dejó de interpelarlo. La narrativa del campesino heroico o el obrero azucarero le es lejana en un municipio terciarizado. El espacio cultural local se convirtió en un museo de sí mismo, y el joven, en un turista dentro de su propia ciudad.
Ante este fenómeno, ¿qué hacer? Pues ni satanizarlo ni abrazarlo ingenuamente. Que la cultura local se ponga al día: no se trata de competir con el anime, sino de preguntarse ¿por qué no existe un taller de fanzines de la historia del barrio? ¿Por qué la música urbana experimental no tiene espacio junto a la estudiantina?
Que los eventos asiáticos profundicen: que no se queden en la feria de manualidades. Inviten a sinólogos cubanos, hablen de las crisis económicas en Japón, conecten la diáspora china en Cuba con este fenómeno. Solo así pasaremos del cosplay al conocimiento.
Al final, el patio del Moronero no era Asia. Era Cuba reflejada en un espejo deformante, intentando reconocerse a sí misma a través de un rostro ajeno. Y eso, guste o no, también es cultura.