Cuando la tierra de Caracas se partió con la furia de dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 —el peor desastre natural en más de un siglo—, el mundo miró atónito las cifras: 1.943 vidas perdidas, 10.571 heridos, 15 866 damnificados y 855 edificios reducidos a escombros. Pero entre el polvo y el duelo, algo blanco comenzó a moverse. No eran ángeles. Eran médicos cubanos.
A más de 400 kilómetros de la zona cero, en el estado de Trujillo, el doctor Andy García Pedroso sintió el temblor. No corrió a resguardarse. Su primer impulso, ese que nace del alma y no del instinto, fue tomar el teléfono para saber de sus compañeros en el epicentro. Luego, sin dudarlo, ofreció su mano, su ciencia y su corazón. “Estoy listo para donde me necesiten”, dijo con la humildad de quien no busca aplausos, sino heridas que sanar. Andy es uno de los 148 avileños que hoy prestan servicio en Venezuela.
Es uno de esos jóvenes que Martí soñó cuando escribió que “patria es humanidad”. Y hoy, como tantos otros, encarna ese precepto sin banderas ni colores partidarios, solo con la ética de una bata blanca.
El colaborador cubano no pregunta a quién salva. No indaga credo, filiación política ni origen. Solo necesita saber una cosa: cómo preservar la vida que late frente a él. Ese es el mandato de la escuela médica cubana, el mismo que ha llevado a miles de batas blancas a los rincones más olvidados del planeta: Haití, Pakistán, África y la propia Venezuela, que hoy llora y agradece.

En las calles, los venezolanos miran a esos cubanos con otros ojos. No como extranjeros, sino como hermanos. Como esos que llegan en la madrugada más oscura con una linterna y un vendaje, y se quedan hasta que el sol vuelve a salir. Los médicos cubanos que aún permanecen en esa tierra, muchos de los cuales han entregado su vida entera por otras vidas, son hoy el símbolo de una generación que no concibe el descanso cuando hay dolor. Ellos, como Andy, han hecho de la vocación un destino.
Cuba, esa isla pequeña pero de alma gigante, ha extendido su diestra sin pedir nada a cambio. No por soberbia ni por propaganda, sino porque ese es el mandato martiano: “Ser cultos para ser libres”, y ser libres para servir. En esa libertad de servir, sin exclusiones ni chovinismos, reside la verdadera grandeza de estos hombres y mujeres. No vienen a imponer ideas. Vienen a ofrecer lo único que hoy, más que nunca, necesita el mundo: amor en estado puro.
El terremoto de Caracas pasará a la historia como una de las mayores tragedias de Sudamérica. Pero también como el momento en que, entre el polvo y el llanto, un ejército de batas blancas cubanas escribió con sus manos la página más hermosa de la solidaridad. Andy García Pedroso sigue en Trujillo, firme. Sus compañeros, en cada puesto, incansables. Porque mientras haya una vida que salvar, allí estarán. Y el mundo, que tanto necesita amor, puede estar seguro: Cuba ha venido a ofrecer su corazón.
Tomado de Invasor