- Julio César Matamoros tenía 25 años, el uniforme impecable y el polvo de Angola en su memoria de combatiente internacionalista. No imaginó que estaría unos minutos frente a quien calificó como “el hombre más grande del mundo”
El aire en Cayo Coco, aquel 12 de noviembre de 1993, olía a pintura fresca, a marisma nueva y a futuro. Sobre la pasarela del recién estrenado Hotel Guitart, el primero que osaba desafiar el aislamiento de la cayería norte de Cuba, se movía un joven de 25 años llamado Julio César Matamoros.
Vestía su uniforme impecable, heredado de la Escuela de Hotelería de Morón, con la seriedad de quien cumple una encomienda importante. Se había preparado para recibir una comitiva de alto nivel, pero ignoraba quién podría ser.
Lo que no sabía Matamoros es que, en una anterior visita, Fidel se había comprometido con los constructores a regresar para la inauguración de ese milagro de concreto y esperanza … El Comandante había dado su palabra, y allí estaba, haciendo honor a ella.
Entre el grupo de protocolo estaba Matamoros, estudiante aplicado, combatiente internacionalista en Angola y fiel empedernido lector de la historia de Cuba.
Había leído sobre hombres grandes, sobre gestas y momentos culminantes… Pero nada en sus lecturas pudo prepararlo para el vértigo silencioso de la materialización de la historia.
Tampoco imaginó que aquel 12 de noviembre de 1993, a las 4:30 de la tarde, tendría frente a él, no a una figura de los libros, sino al “hombre más grande del mundo”, caminando hacia él con esa calma tectónica que le era propia.
—¡Qué tal militante! —saludó el Comandante en Jefe, tendiéndole la mano. La voz, grave y directa, disolvió de un golpe la distancia monumental. Y entonces comenzaron los doce minutos, al compás de la lluvia. No fueron de discurso, sino de conversación.
El joven hotelero, bajo la mirada escrutadora y a la vez curiosísima de Fidel, habló de sus estudios en Morón, de la ciencia de servir. Fidel, con un hilván de preguntas precisas, llevó el tema al sur de África, a Angola, al internacionalismo.
“Esa es la mejor escuela”, dijo Fidel, mientras el joven asentía. Hablaron, por último, de la obra misma que los rodeaba. “Ha quedado bonito”, comentó Fidel, pero no como un elogio decorativo, sino como la confirmación de un proyecto cumplido, como la primera joya de un jardín que empezaba a florecer en los islotes de la región central de Cuba.
Matamoros, que había estudiado a pie juntillas cuestiones referidas al hotel, “por si me preguntaba”, repetía para sí: “El hotel lo componen 23 módulos habitacionales, donde abren sus puertas 458 habitaciones con categoría de Cinco Estrellas. Posee cuatro restaurantes especializados, 11 bares, una sala para fiestas, una piscina con agua dulce y otra salada, un pequeño lago, galería comercial y la carpeta central, que semeja un ayuntamiento”.
Se los había aprendido así, de carretilla, pero no tuvo necesidad de explicarle al Comandante. Ya otros le habían ofrecido esos datos.
Fue así como se materializó la promesa de Fidel a los constructores y el hecho de detenerse ante un joven graduado de hotelería y turismo, combatiente en Angola, sellaba otro pacto: el de la confianza en las nuevas generaciones para custodiar y hacer fructificar la obra.
Aquellos minutos, tejidos entre el saludo de “militante” y las preguntas, se grabaron a fuego en su memoria como una conversación entre un estratega y un soldado de la nueva batalla: la de construir, desde la excelencia y el servicio, la prosperidad del turismo en el destino Jardines del Rey.
Matamoros comprendió, en ese breve lapso, que la grandeza del hombre que tenía delante residía precisamente en eso: en la capacidad de hacer sentir a un joven cualquiera que su estudio, su sacrificio y su trabajo en un rincón olvidado del mapa, eran eslabones esenciales en la gran obra de la Revolución.
Tomado de Invasor