El reverendo Jesse Louis Jackson, la última gran figura de pie del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos y el primer afroamericano en liderar una campaña por la presidencia del país, falleció este martes a los 84 años, cerrando un capítulo fundamental en la lucha por la justicia social del siglo XX.
La noticia, confirmada por su entorno a través de un comunicado difundido en redes sociales, señala que Jackson «falleció el martes por la mañana, rodeado de su familia». Con él se apaga la voz de un hombre que supo convertir el púlpito en una trinchera para defender valores fundamentales del ser humano.
Nacido en 1941 en el sur segregado de Greenville, Carolina del Sur, Jackson se formó en la crudeza de las leyes discriminatorias que marcaban la vida en EE. UU. Ordenado ministro bautista, su destino quedó sellado cuando se convirtió en un estrecho colaborador del doctor Martin Luther King Jr.
Cuando una bala asesina segó la vida de su mentor, el 4 de abril de 1968, lejos de amilanarse, Jackson fundó Operation push (People United to Save Humanity) en 1971, y más tarde la National Rainbow Coalition, organizaciones que fusionó en 1996 para crear la Rainbow push Coalition, una maquinaria incansable en la defensa de los derechos civiles, económicos y la justicia social.
Jackson irrumpió en la arena política nacional con dos candidaturas a la nominación presidencial por el Partido Demócrata, en 1984 y 1988. Aunque no logró la candidatura, sus campañas fueron históricas.
Su discurso en la Convención Nacional Demócrata de 1988, en el cual proclamó que «América no es una manta tejida con un solo hilo, un solo color, una sola tela», sigue siendo una de las piezas de oratoria política más recordadas del país.
Más allá de las fronteras estadounidenses, Jackson ejerció una intensa labor diplomática no oficial. En 1984 se reunió en La Habana con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.
Tras ese encuentro, fueron liberados 48 prisioneros, personas que habían sido juzgadas y condenadas por acciones en contra de la Revolución Cubana. A su regreso, Jackson instó a la administración Reagan a retomar el diálogo: «La política de ostracismo no funciona», sentenció.
Ese vínculo con la Isla lo mantuvo siempre vivo; fue un crítico permanente del bloqueo económico impuesto por Estados Unidos contra Cuba, calificándolo como una «política de guerra fría obsoleta» y una «vergüenza histórica» que aislaba a Washington en la región.
Por ello, no es casualidad que desde la Mayor de las Antillas se haya escuchado el sentido pesar del pueblo y el Gobierno cubanos: «Cuba no olvidará su amistad». Jesse Jackson jamás defraudó a quienes creyeron en él, deja un legado imborrable, su fe en un mundo más justo.
Tomado de Granma