La primera impresión que produce Geometría y pez en la exposición de Darién Morejón del municipio de Venezuela, es de extrañeza calculada. No es un pez lo que uno mira, o sí, pero visto desde dentro de un libro de matemáticas. La pieza, ejecutada en madera de caoba y terminada en un negro lacado que borra cualquier veta, suspende en el aire una figura que el espectador reconoce de inmediato y al mismo tiempo no puede terminar de descifrar. Esa tensión entre lo conocido y lo irreductible no es accidental: es, probablemente, el terreno más honesto que la obra ocupa.
Pérez Díaz trabaja aquí con una sintaxis estrictamente geométrica. Triángulos, elipses, círculos y líneas paralelas son los únicos elementos que componen la figura. La cabeza es un triángulo con una apertura circular que opera como ojo; las aletas dorsal y pectoral repiten el triángulo en distintas escalas; la cola se resuelve con dos formas curvas en C que se oponen simétricamente. No hay una línea que no responda a esa lógica. El resultado recuerda las geometrías del constructivismo soviético o ciertas ilustraciones de Rodchenko, aunque sería injusto encerrar la pieza en esa filiación. La intención parece menos programática y más lúdica: como si el artista quisiera probar hasta dónde puede empujar la abstracción antes de que el pez deje de ser un pez.
El material, paradójicamente, trabaja contra la forma. La caoba es una madera caliente, con veta rica y personalidad propia; pintarla de negro es una decisión que silencia su origen orgánico para convertirla en algo que parece metal o acrílico. Eso no es un descuido, es una apuesta. El artista le pide a la madera que renuncie a su naturaleza para sostener una idea, y la madera, inmóvil y oscura, lo acepta. Hay algo casi violento en eso, aunque el resultado sea formalmente elegante. La pregunta que queda en el aire es si esa tensión entre el material y su negación funciona como discurso o simplemente como decisión estética. Probablemente las dos cosas a la vez.
El interior de la figura merece atención aparte. El cuerpo del pez no es sólido: una elipse atraviesa su centro y dentro de ella una serie de líneas paralelas diagonales —unas orientadas hacia arriba, otras hacia abajo, formando una estructura en chevron— construye lo que el ojo lee como espinas o costillas. En el centro exacto, un triángulo apunta hacia la cabeza como una flecha o como un corazón estilizado. Esa sección tiene algo de radiografía, de corte anatómico, de diagrama técnico. Si la silueta exterior sugiere un ser vivo, el interior lo desmonta en partes. El pez está diseccionado. Y esa disección no resulta fría: hay algo genuinamente poético en ver los huesos convertidos en ángulos rectos.
En el contexto de la plástica avileña —y cubana en general—, una obra como esta llama la atención precisamente porque no busca el gesto expresionista ni la figuración anecdótica que domina buena parte de la producción local. Pérez Díaz apuesta por el pensamiento formal, por la construcción como método, por la idea de que un pez puede ser completamente geométrico sin dejar de ser reconocible. El pez, además, no es un símbolo inocente en la cultura cubana: tiene peso en la cotidianidad, en la gastronomía de supervivencia, en el imaginario costero de una isla. Que esa referencia sea tramada con figuras propias de la ingeniería o el diseño gráfico crea un cruce interesante entre lo popular y lo conceptual, entre lo que se come y lo que se piensa.
Geometría y pez es una pieza con criterio formal claro y ejecución limpia. Sus puntos más fuertes son la coherencia del vocabulario visual y la resolución técnica de los calados, que exigen precisión y dominio real del material. Si hay algo que la obra deja sin resolver, es la profundidad conceptual: la propuesta se sostiene bien en lo formal, pero el diálogo entre geometría y naturaleza, entre lo construido y lo vivo, podría ser llevado más lejos. La pieza es inteligente, aunque todavía se mantiene cerca de la superficie de sus propias preguntas. Eso no es una condena. Muchas obras notables funcionan exactamente así, como ejercicios de lenguaje más que como declaraciones filosóficas. En ese registro, Geometría y pez cumple con generosidad. Y en un panorama donde la artesanía decorativa a menudo se confunde con el arte, esa honestidad formal ya es, de por sí, una posición.