- Orlando Concepción González y el Premio Omar Valdés 2026
En la historia del Premio Omar Valdés —la distinción más alta que la Asociación de Artistas Escénicos de la Uneac otorga a las artes escénicas cubanas desde 1994— hay una lógica silenciosa: el reconocimiento rara vez llega antes de que el tiempo lo haga indiscutible. El lauro lleva el nombre de uno de los grandes actores de teatro, cine y televisión de la Isla, y se entrega a figuras por sus notables aportes a esta manifestación artística.
Este año, el 23 de abril de 2026, en una ceremonia en la que el Conjunto Folclórico Nacional puso la música al silencio solemne de la sala, la Uneac entregó la distinción a ocho personalidades de la cultura cubana , entre ellas a un hombre de Morón que lleva cuatro décadas convirtiendo el barro, las calles y las comunidades olvidadas de Cuba en escenario.
Su nombre es Orlando Concepción González. Y el suyo es uno de esos casos en que el premio no descubre a un artista: lo confirma. En la presente edición de la IV jornada internacional Danzar en casa, le fue entregado este lauro de manos de Marilyn Galbey.
Concepción nació en Morón, Ciego de Ávila, en 1966. Graduado como Instructor de Arte, recibe el premio tras cuatro décadas de labor ininterrumpida al frente de su compañía teatral, que celebra precisamente sus 40 años de fundada.
La simultaneidad no es casual: el Premio Omar Valdés 2026 llega en el mismo año en que D’Morón Teatro cumple cuatro décadas, como si la institución cultural hubiera esperado el momento exacto en que el número redondo volviera imposible cualquier omisión.
La compañía fue fundada el 28 de mayo de 1986 bajo la dirección de Orlando Concepción, con el propósito de revitalizar la tradición teatral en la región avileña.
Ese propósito fundacional —revitalizar, no simplemente hacer— dice mucho de lo que el proyecto ha sido desde el principio: no un grupo que llena calendarios, sino una apuesta deliberada por el tejido cultural de una provincia que el mapa nacional tiende a señalar más por su laguna y su gallo de bronce que por sus creadores escénicos.
El Periódico Invasor, voz histórica de la cultura avileña, lleva años documentando esa apuesta con una consistencia que habla tanto del proyecto como del medio. En 2020, el propio diario describía así lo que Concepción había construido: «Al Orlando Concepción del 2020, que ya tiene tres décadas de vida artística y varios premios, que ‘hace hablar a las piedras’ según sus actores, no le quedan chiquitos los zapatos de aquel recién graduado veinteañero que fue, enternecido en el sueño de fundar un grupo de teatro.»
La frase, tomada de un perfil extenso publicado por el mismo periódico, condensa con precisión periodística lo que resulta difícil describir con crítica especializada: la rareza de quien crece a la misma velocidad que su obra, sin que ninguno de los dos se quede atrás. Esa nota del Invasor es también un documento de lo que el teatro de provincia puede significar cuando quien lo dirige entiende que el escenario no termina en el telón.
La trayectoria de D’Morón Teatro tiene un eje vertebral que va de la sala al barro y del barro a la comunidad. En 2009, la compañía estrenó en el parque Agramonte de Morón Medea de barro, una adaptación de la tragedia de Eurípides por Concepción, con diseños de Luis Ricardo Faura, Liuba Rojas Alpízar y los hermanos Ríos Fariñas. La obra se presentó en varias provincias del país y en los festivales de La Habana, Camagüey y la Jornada de Teatro Callejero de Matanzas.
Por su novedad, originalidad e impacto social, mereció el Premio Nacional de Diseño Rubén Vigón 2010 en la categoría de espectáculo de calle. La elección de la tragedia griega más violenta y más matriarcal como vehículo para el teatro callejero cubano no fue un capricho de vanguardia: fue la demostración de que Concepción entiende la dramaturgia como lo que él mismo ha definido, en sus propias palabras recogidas por Invasor: «la ciencia que estudia las características del drama» y «la base de cualquier proceso escénico» , sin la cual cualquier puesta tiene el suelo de arena. La Medea llegaría a presentarse 112 veces en la Isla.
Para una compañía de provincia, en un país con los problemas logísticos que atraviesa Cuba, esa cifra es algo más que un número: es una imagen de resistencia.
Pero si hay un proyecto que separa definitivamente a Concepción de los directores que hacen buen teatro y a los que se detiene ahí, ese proyecto es Crecidos por la Cultura. Esta iniciativa, nacida desde la entraña comunitaria, llevó el arte a las zonas más vulnerables de la provincia. Los actores de D’Morón Teatro se instalaron en comunidades rurales, compartieron el pan y la palabra, y ofrecieron espectáculos que hablaban de identidad y de sueños.
El proyecto se ha presentado de manera permanente en el Complejo Cultural Comunitario Reguero —su sede permanente en Morón— y en los poblados Miraflores Nuevo, Ciudad de la Juventud y Las 20, entre otros territorios avileños.
Concepción lleva el proyecto a comunidades apartadas de Primero de Enero, municipio que lo eligió como candidato a diputado a la Asamblea Nacional, donde actuaron principalmente en las noches, retroalimentándose del quehacer diario de la gente.
Lo que Crecidos por la Cultura propone es una subversión radical de la lógica habitual entre arte e institución: en vez de esperar que el público llegue al teatro, el teatro va donde vive la gente que nunca ha pisado una sala. Y lo hace sin condescendencia, sin el paternalismo que suele acechar a los proyectos de arte comunitario cuando el artista se siente misionero. En Morón, el teatro llega como vecino.
La trayectoria de Concepción se distingue por una constancia que le ha valido el reconocimiento como Vanguardia Nacional durante diez años consecutivos, una rareza en el panorama artístico cubano.
Su compromiso social le valió ser designado presidente de la Comisión Provincial de Trabajo Comunitario de la Uneac, y su labor fue reconocida con el Premio Nacional de Cultura Comunitaria y la Medalla Raúl Gómez García.
El Premio Omar Valdés 2026 se inscribe, entonces, no como una sorpresa sino como la culminación visible de un trabajo que los medios oficiales cubanos —desde Granma hasta Radio Rebelde, desde la Agencia Cubana de Noticias hasta el Periódico Invasor— han ido registrando durante décadas con una coherencia inusual.
La ceremonia del 23 de abril contó, según Granma, con la presencia de Yuris Nórido, vicepresidente de la Uneac; la artista visual Lesbia Vent Dumois, Premio Nacional de Artes Plásticas; la directora Lizt Alfonso y el Premio Nacional de Danza, Santiago Alfonso. (Granma) Que el teatro de una ciudad del centro de Cuba —donde el gallo de bronce custodia una laguna y la cultura se hace con lo que hay— haya encontrado su lugar en esa sala junto a los nombres más altos de la escena nacional cubana, no es solo el mérito de Orlando Concepción.
Es también la prueba de que el teatro de provincia, cuando tiene la honestidad y la tenacidad suficientes para no imitar a nadie, puede terminar siendo el más necesario de todos.