Coordinada desde Bolivia por la Lic. Paola Andreyna Herrera H., esta colección publicada en 2026 agrupa a autores de dieciocho países —Bolivia, Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, España, Grecia, México, Panamá, Perú, Puerto Rico, Ucrania, Uruguay y Venezuela— bajo una consigna temática clara: dar nombre a lo que suele silenciarse. El dolor social, la exclusión, la pobreza, la violencia doméstica, el abandono de los ancianos, la vulneración de la infancia. Su presentación lo dice sin rodeos: «Cada relato y cada poema es un testimonio, una denuncia, un susurro o un grito que se levanta contra el olvido.»

El resultado es inevitablemente heterogéneo —como ocurre con casi toda antología de convocatoria abierta— pero esa misma heterogeneidad es parte de su propósito. No se trata de seleccionar a los mejores, sino de reunir voces. El criterio no es la excelencia estilística sino la urgencia testimonial. Quien entre a este libro esperando una antología de poética depurada saldrá desorientado. Quien entre buscando un mapa literario de la angustia social latinoamericana y global encontrará materiales de genuino interés, algunos de notable factura.

Cuba ocupa las páginas 76 a 85 con cuatro piezas de autores distintos, tres de ellos miembros del taller literario El rincón de los Cronopios que lidera el escritor Luis Pacheco Granado. Lo llamativo no es solo la calidad individual de los textos —que en promedio supera a la de varias otras secciones nacionales— sino la coherencia involuntaria del conjunto.

Los cuatro registros son tan diferentes entre sí que juntos trazan algo parecido a un perfil complejo de la realidad cubana contemporánea: la memoria campesina desplazada, la maquinaria del poder institucional, la voz infantil y la moral de la pobreza urbana.

«Julia», de Amalia C. Cordero Martínez

Es el texto más logrado de la sección y uno de los más sólidos de toda la antología. Se trata de un retrato biográfico de una mujer nonagenaria —Julia— construido casi enteramente desde la escucha. La narradora no interpreta ni comenta: se sienta al lado de Julia y deja que fluya la voz de la anciana. Y esa voz entrega imágenes de alta densidad: el zunzún como metáfora de la energía regenerada, el galán de noche que perfumaba más allá de la portería, las alforzas finas de la guayabera, el secreto del arroz con maíz —un poquito de azúcar para fijar el sabor— que Julia pide que no se divulgue.

Lo que el texto trabaja por debajo de esa superficie costumbrista es la historia de un despojo. La frase «aquella vida la perdimos cuando llegó el plan agrícola grande» no necesita apellidos ni fechas; basta para invocar la colectivización rural de la Revolución y el éxodo hacia el pueblo. La Julia que recoge latas de cerveza para aplastarlas y venderlas, que teme la falta de medicamentos en la farmacia y los precios altos de los «particulares», que ve los sauces ahogarse entre malezas donde antes florecían —esa Julia no es una figura folclórica. Es un registro de pérdida histórica cifrado en una biografía individual. Cordero Martínez tiene el buen juicio de no explicarlo. Lo deja resonar en las propias palabras de Julia.

Si «Julia» trabaja con el lirismo de la memoria, «Crónica del silencioso» de Osmel Iglesia trabaja con la frialdad del mecanismo. Un coronel del ejército, oliendo a ron caro, llega a un punto de control de la autopista y necesita transporte a una ciudad cercana. Los policías paran un ómnibus interprovincial, eligen a un pasajero que viaja solo, lo bajan, le ponen esposas bajo cargo de sedición —»para que no se atreviera a hablar»— y ceden el asiento al oficial. Cuando llega un patrullero buscando un sospechoso, el hombre esposado en el calabozo sirve de solución conveniente: se lo entregan sin nombre, sin proceso, sin ningún escrúpulo.

El texto no tiene protagonista moral. Nadie protesta, nadie duda, nadie siente culpa. El mecanismo funciona porque cada actor ejecuta su parte sin contemplar el conjunto. Eso es lo que lo hace perturbador: no el abuso en sí, sino la normalidad con que opera. El título lo dice todo: «del silencioso» no describe al detenido —que en realidad es el único que podría gritar— sino al sistema entero, que procede sin necesitar palabras. Iglesia Aguilera escribe con una precisión casi documental que recuerda ciertos cuentos de Senel Paz o de Eduardo Heras León, aunque con menos ornamento y más sequedad.

«Reflexiones», de Roberto Delgado Mejias

Un narrador de corta edad reflexiona sobre las injusticias de la infancia: no poder comer anoncillos, tener que dormir la siesta, llevar los zapatos que dice mamá, no poder pintarse el pelo. El tono es decididamente cómico. La pieza funciona como monólogo interior de un niño cuya mente es, según él mismo declara, «un arroz con mango». La secuencia sobre los meteoritos —donde el niño se pregunta sobre qué país estaba la luna cuando los meteoritos la impactaron— tiene genuina gracia filosófica. El texto termina con el niño cayendo dormido en medio de la resistencia: «dor….mir….psssstzzzzzzzzzzzzzz.»

En el contexto de la antología, «Reflexiones» cumple una función de alivio tonal que no debe subestimarse. Dentro de la sección cubana específicamente, recuerda que la voz infantil —tema central del volumen— puede ser también fuente de humor y no solo de victimización. Delgado Mejias no cae en el patetismo que acecha a otros textos del libro cuando abordan la niñez. Prefiere la inteligencia lateral del niño que no entiende que los meteoritos chocaron «en la luna», no sobre ningún país terrestre.

«Una sorpresa inolvidable», de Víctor Manuel Ramos Fernández. El más tradicional de los cuatro en cuanto a forma y sensibilidad. Un narrador en primera persona relata su encuentro con un mendigo que carga una estatuilla de San Lázaro, y cómo ese hombre, en sucesivos encuentros, termina comprándoles los boletos de tren cuando el narrador se queda sin cambio. La pieza pertenece a la tradición costumbrista del retrato moral: el pobre digno, el gesto inesperado, la lección sobre la humildad. La prosa es más ornamental que la de los otros tres textos —»un monumento a la humildad», «un gigante moral»— y eso le resta tensión. Pero la imagen del mendigo en el andén moviendo las manos mientras el tren arranca tiene algo auténtico que los adjetivos no logran borrar del todo. Ramos Fernández conoce bien el paisaje que describe: el fogón con la cafetera, la taza de leche caliente, la Estación de Ferrocarril de Morón. El San Lázaro es un detalle de precisión religiosa cubana que ancla el relato en una iconografía específica.

Hay antologías donde la representación nacional es meramente protocolar: un par de textos elegidos por disponibilidad más que por rigor. La sección cubana de VOCES no cae en esa trampa. Los cuatro textos abordan franjas de la realidad cubana que no se superponen: la anciana campesina desplazada por la colectivización, el ciudadano anónimo atrapado en el engranaje policial, el niño de ciudad con sus guerras domésticas, el hombre empobrecido de la calle. La suma produce algo más que la parte: una imagen estratificada de lo que significa vivir en Cuba hoy, sin que ninguno de los textos lo declare explícitamente.

Hay que señalar lo que la antología no resuelve del todo. El nivel de edición es desigual: algunos textos —de otras secciones nacionales, sobre todo— llegan con erratas y con problemas de composición que una revisión más cuidadosa habría corregido. La presentación general, aunque sincera en su impulso, incurre en el tipo de prosa declarativa —»la literatura como puente», «voces dispuestas a narrar»— que tiende a debilitar lo que los propios textos hacen mejor con menos palabras.

En cuanto a la sección cubana específicamente: cuatro textos son pocos para la densidad literaria de la tradición cubana, y hubiera sido interesante incluir al menos una voz poética —la poesía cubana contemporánea tiene mucho que decir sobre los temas del volumen. La ausencia de mujeres entre los autores cubanos es también llamativa, dado que la coordinadora del libro es mujer y que la voz femenina es protagonista en muchas otras secciones.

No obstante, Voces, es un proyecto literario que merece leerse como lo que es: un ejercicio colectivo de testimonio, no un canon. Dentro de ese marcome atrevo a decir que la sección cubana es de las más consistentes del volumen. «Julia» sola justifica la presencia cubana en cualquier selección seria; «Crónica del silencioso» tiene la frialdad y la precisión de los mejores cuentos de denuncia sin caer en el panfleto. Los otros dos textos completan el cuadro con desigual fortuna, pero con legitimidad temática. En conjunto, los cuatro autores cubanos hacen algo que no todos los participantes de la antología logran: convertir la queja en literatura.

Por Vasily MP

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